Una semana en la que ardió la ciudad

Un mar de fondo social agitado por la inflación, el desempleo y la pobreza alimenta y engrosa la protesta callejera, la ocupación irrefrenable del espacio público

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El pavimento quema. Marzo corrió entre paros y piquetes, entre el fastidio y la exasperación.

"El paro nacional no es contra nada ni contra nadie, es un desahogo que tiene el trabajador". La frase del líder cegetista Carlos Acuña no pudo ser más esclarecedora. No quieren bardo. Llegaron hasta aquí corridos por izquierda. Literalmente, a los empujones.

"Nos quedamos todos en casa, tomando mate", agregó para refrendar la decisión de que no habrá discurso ni movilización alguna. "Hay una sobreactuación de la calle, no se puede estar todo el día, a toda hora, protestando". Se curan en salud.

Las últimas de las apariciones del triunvirato terminaron con la izquierda y el kirchnerismo duro corriéndolo de la plaza.

Desbordada por los acontecimientos, la CGT va a un paro nacional a regañadientes. Los triunviros, no sabiendo bien dónde ponerse en medio del tembladeral, hacen lugar a los apremios ululantes de los que sí o sí quieren volver. Paralizan el país y ofrecen una jornada catártica para propios y extraños. El Gobierno, a "reflexionar" y el resto del mundo, a "relajar".

Bastante más clara la tiene el secretario general de Conadu, Carlos de Feo, quien, frente a la masiva marcha de los docentes, dijo sin lugar a interpretaciones erróneas: "Queremos que al Gobierno le vaya mal". No fue un traspié en su discurso. La frase tan descarnada y sentida fue antecedida por otra que la refrenda: "No queremos que al Gobierno le vaya bien". Más claro, agua.

Un mar de fondo social agitado por la inflación, el desempleo y la pobreza alimenta y engrosa la protesta callejera, la ocupación irrefrenable del espacio público.

No son sólo los del club del helicóptero los que sueñan con que el Gobierno fracase, los que corean en las redes con fervor militante el "vamos a volver"; también está la gente que desespera frente al alza de los precios, el miedo a perder el empleo, el fantasma de la pobreza que acecha y fatiga.

"Ustedes no ven la realidad" les cruzó, con esa maravillosa impunidad que dan los años, la señora de los almuerzos. El Presidente se atragantó en la mesa tendida en su propia casa.

Puede que no vean la realidad, o que vean sólo una parte, o que la vean pero no la sientan. Hay muchas versiones de lo real. Ninguna es del todo excluyente. Llevados a ver la vida en blanco y negro, a refugiarnos en el relato, buscamos simplificar, sintetizar, reducir. Como en "Hansel y Gretel": de un lado, los buenos y del otro, los malos. "¿De qué lado de la mesa de Mirtha estás?" es la pregunta del momento.

Que el ex ministro K y el jefe de gabinete terminen forcejeando en pleno Parlamento de la falda de la digna dama que tiende el mantel habla de la pobreza estructural en la que ha caído la "conversación" pública.

No sumó precisamente Jaime Durán Barba cuando calificó a Mirtha de "piquetera". No hizo más que sacar gente a la calle. Las columnas mirthistas vienen marchando. Una sublime contribución al disparate colectivo.

Se agradece que un jefe de Estado se preste a una entrevista sin resguardos y que una conductora pregunte con desenfado y sin temores. Cuando la libertad fluye, la verdad se acerca, queda al alcance de la mano. La polarización es riesgosa: fogonearla es jugar con fuego.

Con un Partido Justicialista (PJ) desarticulado, convertido en un sello de goma, sin un líder que despunte y con varios de los que pretender serlo deshilachados, apostar desde el oficialismo a un revival de CFK es un acto de cinismo político. Meter a todos los peronistas en la misma bolsa, también.

El PJ no solamente carece de quién lo lidere, tampoco tiene para poner sobre la mesa un proyecto económico alternativo. Esa es su máxima debilidad: no tienen a nadie ni nada nuevo para proponer. Sin conducción partidaria respetable, queda un hueco en la calle que ocupan las organizaciones sociales, los sindicatos desbordados por sus bases y todo aquel que no tiene dónde ponerse.

Sólo el voto popular definirá liderazgos. Sólo apostando fichas en octubre quedará claro quién se queda y quién se va. En el entretanto arde la ciudad.