Cuando la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes de Naciones Unidas nos está diciendo que el consumo de marihuana aumentó en toda América del Sur pero muy especialmente en Uruguay, donde en 10 años se sextuplicó, está claro que estamos en problemas. Si a ello le agregamos que el consumo alcanza al 9,3% de la población adulta, más preocupación nace.
A esto se añade que el consumo de cocaína avanza también en la región y en Uruguay más que en el promedio. Y que la pasta base sigue presente, aunque con fluctuaciones hacia arriba y hacia abajo. El informe no menciona las drogas químicas, que tantos casos trágicos han producido en ciertas fiestas y que, por lo menos en la conversación del ambiente, parece seguir creciendo.
Por supuesto, la Junta condena a aquellos países que, como Uruguay, han liberalizado la producción de marihuana, ya con 6.234 autocultivadores y 38 clubes de membrecía. Considera que se están violando los compromisos internacionales y eso es indiscutible. Pero también lo es que la liberalización viene avanzando y Estados Unidos, incorporada ahora California a una lista que ya registraba seis estados, va haciendo punta en la materia.
Más allá del debate legal, nos preocupa particularmente, como lo hemos dicho una y otra vez, la ignorancia que prevalece sobre los daños psíquicos y psicofísicos del consumo habitual de marihuana, especialmente cuando este comienza en la adolescencia. Es una comprobación científica incuestionable que afecta la memoria, la atención, la predisposición a depresiones y esquizofrenia y aun la capacidad cognitiva. En su momento, el propio presidente Tabaré Vázquez añadió hasta un factor cancerígeno.
O sea que, al día de hoy, lo que está claro es que el consumo ha aumentado, que el narcotráfico continúa como siempre y que a nivel de la sociedad se ha producido una banalización generalizada del cannabis. Los riesgos no están instalados en la conciencia pública, como sí lo están en el caso del alcohol y del tabaco (al que tanto le ha dedicado el Presidente). Quien fume tabaco sabe a lo que se expone y la caja de cigarrillos le impide distraerse. En la marihuana es al revés. Es simpática, juvenil, progresista… Nadie advierte de los riesgos y, en cambio, oímos hablar todos los días de sus propiedades terapéuticas, de una especie de "curalotodo", como los que pululaban en el 900. Por cierto, no hay duda de que con base en el cannabis se pueden producir medicamentos, como también ocurrió con el opio, con la marcela y tantos otros vegetales. Pero siempre dentro de un tratamiento científico, debidamente habilitado por la autoridad sanitaria, como lo ha hecho México, donde se exige esa autorización y una receta médica.
Todo indica que esas demoras en la instalación de la tercera vía de distribución (las farmacias) responde a varios factores: el modo de envasado, el costo de producción de los plantadores habilitados por el Instituto de Regulación y Control del Cannabis (IRCCA) y la resistencia notoria de los farmacéuticos, que no se resignan a que sus establecimientos, símbolos de salud, se transformen en proveedoras de drogas. El Presidente está claro que tampoco pierde ocasión de mostrar sus reticencias.
Por su parte, el narcotráfico no da signos de debilidad. Los procedimientos de incautación crecen, revelando la vitalidad del comercio ilícito. La propia ley sólo regula la marihuana, no las demás drogas, y los menores (que son la mayoría de los iniciados) únicamente acceden al mercado negro. Es más, con el aumento del consumo, ni aun con las farmacias proveyendo, da la impresión de que se reduciría el narcotráfico.
¿No sería el momento de repensar el tema? ¿No sería lógico que la comisión parlamentaria que trató el tema, a la luz de la experiencia, estudiara los resultados, escuchara opiniones médicas, realmente evaluara la situación sanitaria y aun policial?
El paso dado con los clubes y el autocultivo, todavía no suficientemente evaluado, ya ha sido importante en cuanto a la liberalización. Pero lanzarse a las farmacias, sin una campaña previa, muy intensa y persistente, que mostrará los daños del consumo, es una irresponsabilidad. Una juventud tan llena de riesgos, tan tentada por satisfacciones rápidas, tan insegura sobre sus expectativas de trabajo, no puede dejarse librada a la buena de Dios, sin la conciencia de lo que está viviendo.
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