
Voté a Macri, lo hice convencido que la democracia era en este momento más importante que la pertenencia ideológica. Más aún, como peronista, sentía hace tiempo que debíamos heredar al último Perón, al de la convocatoria a la unidad nacional. De ese gobierno fui diputado nacional, viví los enfrentamientos entre el sueño de una democracia definitiva y los que nos acusaban de reformistas imaginando que el poder estaba en la boca del fusil.
Sufrimos una atroz dictadura con sus horribles consecuencias. Me duele más que nada lo poco que aprendimos, los absurdos debates contra Perón que sin duda nos legó la sociedad más integrada del continente. Desde ya que hubo errores, pero aquella integración social es hoy un sueño de pasado glorioso que difícilmente puedan erosionar. De aquel pasado hay que elegir lo mejor, y si hasta el 55 hubo justicia social pero limitación a la libertad, tomemos la sabiduría del final y sepamos asumir el resto.
Digo esto porque asoman antiperonistas agresivos que para mi gusto se contagiaron del sectarismo del kirchnerismo derrotado. Sectarios hay en todos lados, los hay ateos y creyentes, peronistas y gorilas; en fin, son gente que necesita la seguridad de sus ideas imaginando el error de las ajenas. Pobreza mental, que de eso se trata.
Siempre reitero la frase de Albert Camus, "debería existir el partido de los que no están seguros de tener razón, sería el mío". Mientras los miembros de ese partido, del de los que dudamos, seamos absoluta minoría, la democracia estará en crisis. Las verdades absolutas son un mal innecesario, y sus portadores los enfermos de una inseguridad excesiva que suelen convertir en soberbia. Quiero que a Macri le vaya bien, y a veces siento que él no coincide con mi deseo. Y soy consciente que apoyo la democracia con un gobierno que es demasiado de derecha para mi gusto. Cuidado, eso no implica que los Kirchner hayan sido de izquierda, fueron responsables de la privatización y destrucción de YPF, al lado de la cual lo del Correo es un quiosco de barrio.
Después de votar a Macri y ser convocado para ocupar un lugar en el Gobierno, asumí mi obligación de participar de la construcción de una opción política, y fue entonces que me acerqué a trabajar con Sergio Massa. Quiero marcar que su equipo fue para mí decisivo, desde Daniel Arroyo a Aldo Pignaneli, Roberto, Marcos Lavagna y Jorge Sarguini, desde Graciela Camaño a tantos otros con los que coincido en el intento de recuperar un pensamiento nacional con políticas de Estado. Y construir una fuerza que supere la enfermedad del personalismo. Hubo Alfonsinismo, Menemismo y Kirchnerismo, ¿no será hora de instalar el nombre de una estructura política por encima del apellido de su circunstancial conductor?
Quiero apoyar al Frente Renovador sin caer en el massismo. Hasta ahora, las fuerzas políticas las gestamos los que pensamos y luego la invasión de obsecuentes las convierte en una caterva de aplaudidores. Y el grupo que acompaña a Massa es, en lo esencial, el que nos sacó de la destrucción que habían armado los desatinos liberales de Menem y sus antiperonistas militantes. Ese grupo es el que abandonaron los Kirchner, en especial Cristina, cayendo en manos de un absurdo ministro de origen marxista y de destino extraviado. El peronismo, como buena parte del radicalismo, defiende una economía nacional, eso que ni Menem ni los Kirchner respetaron (Menem por corrupción existencial y los Kirchner por extravío emocional).
Quiero además aclarar que el acercamiento con Margarita Stolbizer me parece esencial, pienso que el radicalismo como el peronismo generaron cuadros que necesitamos construir juntos un espacio político que supere la limitación de nuestros propios orígenes.
Es obvio que en las esa nueva relación política no existe ni remotamente el verticalismo; necesitamos recuperar la riqueza de las diferencias que sirven al grupo, como aquel peronismo donde cada uno forjaba su propio espacio. Y digo que lo más importante de Sergio Massa se expresa en los que logró convocar para encarar el desafío de pensar la política más allá de la coyuntura.
Me hubiera gustado poder apoyar con más fuerza al gobierno, pero mi formación política me enoja con tantos gerentes y economistas que imaginan a las inversiones como las responsables del destino colectivo. Creo en la política, es ese pensamiento superior que convoca al desafío de definir el rumbo de la sociedad y luego desarrollar inversiones que las sustenten, pero Macri no para de ayudar a los empresarios, a esos cuyas ganancias no tienen limite, a esos que en la desmesura de su codicia son responsables del desarrollo de la miseria.
Necesitamos construir un frente de centro-izquierda, una opción que en democracia recupere los derechos de los ciudadanos por encima de los intereses de los inversores. Cristina necesitaba enemigos, Macri inversores, intento colaborar en un grupo que debata ideas. Parece inocente pero resulta imprescindible.
Necesitamos una fuerza política organizada, capaz de convocar cuadros políticos y no obsecuentes. el mañana debemos forjarlo cada uno con su esfuerzo. Y entre todos.
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