La política se encuentra desacreditada frente a su incapacidad y el desconcierto para cumplir con la función que tiene asignada. La ciudadanía está desencantada, lo que no significa que esté desinteresa por el bien público, por la cosa pública y mucho menos por la configuración de su futuro: lo cual constituye el papel central de la política.
Hannah Arendt, previendo este conflicto, hace más de medio siglo se preguntó: "¿Tiene la política algún sentido?". No formuló tal pregunta para justificar el sinsentido de la política, sino para que pensemos qué tarea le incumbe que no puedan hacer otras funciones sociales.
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Los enemigos de la política no son quienes practican la antipolítica y se aprovechan de sus carencias para presentarse como la única solución, con simplismo populista, sino que los enemigos de la política son los malos políticos.
Creo que se tienen que tomar medidas muy serias para recuperar la confianza en la política. En nuestro país y en el mundo esto podrá lograrse si se atienden problemas muy severos como la corrupción y la impunidad. La respuesta a estos problemas debe venir de la política.
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La política debe detener su repliegue y abordar los problemas que impidan el fracaso de su papel y su razón de ser (buscar que las cosas sean de otra manera, buscar alternativas, hacer de los problemas algo productivo y aceptar las contingencias).
Se necesitan acciones gubernamentales para legitimarse políticamente. Y estas se obtienen actuando con el ejemplo.
La impunidad es la partera de nuestras desgracias. La corrupción es la consecuencia de un sistema que hay que desactivar, que permite incumplir y faltarles el respeto a la Constitución y al sistema jurídico, cuando se trata de investigar al poder.
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La nueva Argentina no soporta más impunidad. Estamos bajo mínimos. Debemos llevar adelante cambios individuales, colectivos e institucionales para generar anticuerpos como sociedad que nos permitan restablecer la normalidad institucional y recuperar la cordura cívica.
Durante más de una década se nos cauterizó la conciencia y se justificaron la corrupción y el saqueo organizado de las arcas públicas. Fue un momento del país, muy reciente aún, en el cual se logró que los jueces no puedan castigar a los corruptos y acabaran en algunos casos uniéndose a los culpables. Fue duro dar testimonio ante la falsedad y la corrupción organizada montada desde el Gobierno. Años de unidad obligada y confrontaciones escenificadas que sólo trajeron angustia a muchos argentinos. Se trabajó en la división, la disgregación desgarradora de la violencia, la corrupción y la impunidad.
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Hoy es menester investigar y juzgar lo ocurrido. Pero no para buscar venganza o premio. Ni siquiera para señalar o buscar culpables, dado que la culpa es un concepto más bien religioso, sino para que rindan cuentas los responsables. Cívicamente debemos hablar de los responsables de la corrupción.
Un sistema jurídico, decía Hans Kelsen, está vigente cuando sus normas jurídicas se aplican y están vigentes. ¿Cómo se mide esto? Pues, por porcentajes. Si un 70% del sistema jurídico se aplica regularmente, podríamos decir, más allá de no ser su total, que este se encuentra vigente.
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En nuestro país, frente a los delitos del poder, el cumplimiento de la ley penal y los preceptos constitucionales que rigen a la nación, podríamos decir penosamente, siguiendo este razonamiento, que nuestro sistema jurídico no está vigente. Es imprescindible que desde la política comprendamos que la falta de respuesta de la justicia frente a la corrupción no sólo consagra la impunidad, sino que afecta el rendimiento del sistema democrático y su vitalidad.
He sostenido que la persecución institucional de la corrupción debe darse de manera permanente para lograr así el perfeccionamiento del sistema.
En ese orden, la grave complejidad política, económica e institucional que recibió el país el presidente Mauricio Macri no debe ser óbice ni obstáculo para que se le exijan respuestas en todos los planos, y sobre todo transparencia. Esto no es un dato menor, pues la falta de transparencia dañará más al presidente Macri que a la ex Presidente, dado que esta no se mostraba siquiera como honesta, ni lo hace en sus defensas actuales ante la Justicia.
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La ex Presidente sólo busca generar la sensación de empardamiento de la corrupción y tratar este tema como si fuera un partido de tenis. Sus apariciones apuntan a ridiculizar las investigaciones y banalizarlas.
Como el lenguaje de la sociedad es visual, la ex Presidente arma un espectáculo visual. Su trabajo consiste en aprovecharse de los inevitables problemas que deberá sortear el Gobierno y fueran procrastinados y diferidos por ella adrede. Sabe que el Gobierno debe asegurar una estabilidad política que aún hoy no tiene. Por ello será candidata y apuntará a agregarle a su capacidad de daño un aceptable desempeño electoral y fueros.
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Por lo expuesto, el Gobierno debe tener especial énfasis en estudiar, dimensionar y evaluar la cuestión política de sus iniciativas, porque quedará a merced de un trabajo subterráneo, de hostilidad y asedio, de los que intentan volver como vencedores, para lograr que la opinión pública llegue a la conclusión de que, en definitiva, quienes tuvieron un poder absoluto, discrecional y sin controles no eran más malos que los otros.
Es notable cómo pasamos de un extremo al otro. Durante años se criticó el abuso de poder, la desmesura, la falta de explicación de los asuntos de interés público; hoy se critica la falta de imposición y firmeza como muestra de impotencia del poder.
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No es malo rectificar, Confucio, cinco mil años antes de Cristo, decía que gobernar es rectificar. El Gobierno, empero, debe comprender que la forma en que actúa, explica y resuelve los asuntos importantes del país (designación en comisión de los jueces de la Corte, tarifas, decretos de necesidad y urgencia no necesarios ni urgentes, tema Panamá Papers, vetar la prohibición de familiares en cuanto al blanqueo, el tratamiento y lo actuado con el tema del Correo, Arribas, la reformulación del cálculo de actualizaciones semestrales de jubilaciones) debe importar más que la naturaleza de estos.
Esa es la tarea de la política y lo que desde la crítica constructiva uno señala. Es tarea de la política evaluar medios, fines, valores, formas, oportunidad, resistencias, relación de fuerzas y conveniencia de las iniciativas gubernamentales. Aquí hay una falencia del Gobierno. La falta del diálogo político interno.
No es malo rectificar, dar marcha atrás. Sostuve un día antes de la conferencia de prensa del Presidente que el acuerdo al que se había arribado con Socma por el Correo estaba muerto, que no existía más, porque no podría quedar así.
Hizo muy bien el Presidente en entenderlo de ese modo. En política uno se puede equivocar, porque se resuelve muchas veces sin información, con los tiempos en contra, con apremios y urgencias. En definitiva, haciendo lo que se puede con lo que se tiene. La política es contingencia. Pero la contingencia es a la vez una oportunidad.
El Presidente no puede abusar de las equivocaciones. Porque ello no sólo le restará fortaleza política y erosionará su credibilidad, sino que esos errores reiterados pueden contribuir o ayudar a instalar la sensación de debilidad y el desconcierto que los sectores y los ardientes partidarios de los que quieren volver al pasado desean instalan.
Es bien cierto que la sensación de debilidad, por más que no sea real, genera y engendra debilidad. Es vital innovar para revitalizar la política. Innovar es descubrir problemas, nombrarlos, hacerles frente, no disimularlos, ocultarlos ni emparcharlos. Innovar es preguntarse si lo que se da por válido se ajusta a la realidad.
La política no debe replegarse, debe revelarse contra los que sostienen que el poder corrompe siempre y que no se puede hacer nada contra tal fatalidad.
No es cierto que sólo puede escapar de esa fatalidad el que no tiene poder. Los radicales tenemos ejemplos para mostrar que esto no es cierto. Esa demonización de la política sólo les sirve a los malos políticos, a los verdaderos enemigos de la política, a los que la envilecen y denigran por no tomarla como lo que es, un servicio.
La política debe llevar adelante su tarea revitalizadora, no descuidando más la primordial enseñanza de los antiguos: cómo se forman los ciudadanos. Sólo ello podrá hacer que se vean como virtuosos el desinterés y la tiranía de los intereses particulares.
Es necesario que el interés cívico por la cosa pública no sea sólo pasajero. Que la indignación y el desencanto se transformen en conciencia y memoria. Todo esto es lo que está en juego en la Argentina: si vamos a normalizar el estado decadente de la política o la vamos a revitalizar.
El autor es dirigente UCR CABA.
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