Cambiemos y el poder

¿Estamos dando pasos concretos para cambiar eso?

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Meses antes del triunfo de Mauricio Macri esta columna advertía sobre la inutilidad del gradualismo como mecanismo de cambio, tanto en el gasto como en cualquier otro aspecto de la economía nacional. Nos basábamos entonces en la historia del comportamiento del Estado, su flora y los parásitos de toda clase y decíamos que la capacidad de resiliencia del proteccionismo, la corrupción empresaria y política y el sindicalismo torcerían cualquier intento de corrección si se les regalaba tiempo.

Nos quedamos cortos. El gasto, el déficit, la emisión, el proteccionismo, el amiguismo, los contratistas, los regímenes de promoción, los sindicatos, los piqueteros, las organizaciones sociales están en el mismo sitial que hace un año, algunos más consolidados. Con un endeudamiento más alto, eso sí. Cuando se husmea en las reparticiones, los ministerios, los estados provinciales, el comentario es unánime: "Están los mismos K de antes, nadie se fue, entraron los de Cambiemos, pero no se fue nadie".

Bajo el lema: "Si no les damos lo que quieren, nos queman el país" y el sublema: "Después de las elecciones de medio término empezaremos el ajuste", todo está más o menos igual, con leves mejoras en algunos aspectos, con agravamientos en otros planos. Seguramente el sistema que obliga al Presidente a reelegirse, como dijera con tanto acierto Alexis de Tocqueville, hipoteca cualquier intento de grandeza, como se nota. También las elecciones cada dos años son un escollo continuo que lleva a la triste corrección política nadista. Y aquí tampoco pasó gran cosa. La reforma electoral y política, uno de los estandartes de campaña, terminó siendo una discusión gatopartdista sobre el formato de la boleta, sobre lo que ni siquiera se logró acuerdo serio alguno.

Ahora viene la segunda excusa que son las mayorías peronistas en el Congreso, que fueron persuadidas a un altísimo precio y un altísimo costo (el precio para ellas, el costo para la sociedad) en los temas que convenían a los políticos de todo sino: impuestos, obras públicas financiadas por el Estado, reparto a las provincias, endeudamiento. Pero no para cambiar nada que a la ciudadanía le importara en el largo plazo. Por ejemplo, el monopolio virtual que ejercen los partidos sobre la llamada democracia con el presente sistema malparido en 1994. Por ejemplo, la limitación al gasto y al endeudamiento y la emisión. Por ejemplo, una reforma judicial que asegure el funcionamiento auténtico del sistema republicano y la seguridad en todos los sentidos.

Si el Gobierno hubiera dispuesto de mayorías propias en el Congreso, ¿se hubieran hecho esos cambios? ¿No hay algún derecho a dudarlo, frente a las decisiones tomadas y no tomadas hasta ahora, y a las declaraciones y las acciones de muchos funcionarios de Cambiemos? Las escuchas que se han conocido recientemente en algunos temas como el espionaje y el fútbol muestran la podredumbre y la corrupción del sistema, no solamente la calaña de quienes nos arriaron durante 12 trágicos años. ¿Estamos dando pasos concretos para cambiar eso? ¿Lo cree el lector, con la mano en el corazón? ¿O sólo ha cambiado el concesionario y tenemos un lindo cartelito amarillo que dice: "Under new management"?

Estas observaciones no son retóricas. Son de profundo significado económico. Los 42 millones o más de habitantes no se mantienen con el agro, algunas concesiones extractivas y sus derivados. Para eso basta con los ocho o nueve millones de empleos y cuentapropistas privados que son los que hoy pagan la fiesta. Pero para salir de la informalidad, socia de la marginalidad, del subsidio, de la precariedad, de los ciclos de dispendio y default que nos acompañan desde hace 70 años, para eludir las inminentes crisis jubilatoria y de salud que se ciernen, para que el Conurbano sea parte de la nación, para que haya algún futuro posible, hacen falta inversión, proyectos, apertura comercial y mental, educación orientada a la innovación, austeridad del Estado y seriedad. Hace falta que se creen cinco millones de empleos privados en pocos años. ¿Eso se hará con este Estado, con estas leyes laborales, con estas rigideces, con costos inviables que llevan a clamar por más protección? ¿Con una moneda condenada a apreciarse hasta la implosión porque la importación está prohibida para conveniencia de muchos y porque el costo del Estado nos aplasta y asusta hasta volvernos ratones mentales con terror a competir?

Evidentemente, la acepción de la palabra "gradualismo" que maneja el Gobierno no es la del diccionario, si la tuviera. "Gradual" significaría hacer lo que hay que hacer a un paso más lento del que se debe. Pero ese paso, al menos, tiene que ser en la dirección correcta, no para atrás. Por supuesto que habrá que agradecer y prender velas porque la llegada de Cambiemos desplazó al vandalismo político y ético que gobernaba, por así decir. (Las velas por el milagro de la provincia de Buenos Aires, de clara inspiración divina). Pero el riesgo es que si en esta instancia no se consigue marcar un rumbo que la sociedad advierta como positivo, recaigamos en el pasado con mayor virulencia, para lo que tenemos una increíble propensión. El populismo debe morir aquí. Ese es el mensaje que no parece estar escuchándose.

En esa mística interna de ganar las elecciones del próximo término para después ganar la reelección, para después tener mayoría y hacer lo que hay que hacer (suponiendo que se quisiera hacer lo que hay que hacer), el Gobierno no funciona como un Poder Ejecutivo. Funciona como un comando electoral donde lo que importa es el relato propio, la posverdad, no decir ni hacer lo que no conviene políticamente aunque convenga funcionalmente. No tener funcionarios que urtiquen aunque sean buenos, aliarse con quienes convenga aunque sean malos, e ir manejando los escándalos y navegando falencias sin hacer demasiadas olas. Como se hizo exitosamente en CABA tantos años, y se hace.

Puede que ese mecanismo sirva para ganar el poder o más poder. Lo que cabría preguntarle a Mauricio Macri es: "¿Poder para qué?". El riesgo de esta filosofía de electoralismo permanente es que la terrible y mortal catilinaria del debate presidencial se pueda aplicar al Gobierno: "¿En qué te han transformado, Cambiemos?".

Lamento contradecir el creciente optimismo presidencial sobre el futuro y seguramente tener que recibir los epítetos de los lectores creyentes, pero visto desde aquí, el equipo homogéneo y unánime de Mauricio, más que un gobierno, parece un comité de campaña. Ese es el principal obstáculo que tiene que vencer.

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