Dos miembros de la tripulación pasan con una suerte de cuenta ganado electrónico. Debemos permanecer quietos por unos minutos, casi como en el juego de la estatua. Supervisan que todos estemos a bordo antes de zarpar.
Saben bien del hipnótico efecto de encantamiento que produce el lugar y temen que alguien se extravíe en el ensueño. No es extraño perder las referencias de tiempo y espacio ante tan extrema contemplación de la maravilla. Una experiencia de inmersión en el más literal de los sentidos. Una circunstancia envolvente. Un instante único que te instala en el presente absoluto.
El momento no está exento de riesgos. Sumergirse en el mar del Coral en los meses del verano obliga a cubrirse cada centímetro de piel para evitar el roce de las temidas Jellyfish. Las aguas vivas que por mero contacto inoculan el tóxico más potente conocido hasta ahora. Una sustancia que te paraliza la respiración y mata en dos o, a lo sumo, tres minutos.
El temor a la irrupción de un tiburón en escena se conjura confiando con la atenta mirada de los guardavidas, quienes montan celosa vigilancia en la superficie con un bote neumático y en las profundidades, buceando con ojo entrenado.
Pero la magia del lugar es más fuerte. Con sus 2.600 kilómetros de extensión y sus miles de arrecifes, la Gran Barrera de Coral australiana es un espectáculo único y no sólo es Patrimonio de la Humanidad sino uno de los sitios más extraños y bellos del planeta. Desde el cielo son trazos de color aguamarina, en el mar, un despliegue arrasador de vida y colores. La patria de Nemo y su familia en tiempo real.
Los expertos dicen que la Gran Barrera se está muriendo, que el calentamiento global tiene efectos devastadores sobre la piel de alga que protege la larga vida de la Barrera, que en 2016 las corrientes marinas deterioraron de manera letal y que si no se toman medidas, más temprano que tarde morirá. Si este es el ocaso, cuesta imaginar cómo habrá sido en su tiempo de esplendor.
Caprichosas formaciones se superponen, un extraño e interminable jardín animal de raros colores superpuestos. El azul añil se destaca del resto. No sólo luce todavía encendido en los corales, sino que se repite en peces y otros inquietantes seres vivos casi fluorescentes, movedizos y presuntuosos.
Un arco iris de violetas intensos, verdes infinitos y amarillos ferrosos se amalgaman y superponen en la más gigantesca escultura natural viva de que dispone el planeta. Allí abajo el movimiento no cesa. Cardúmenes plateados, amarillos o negros, peces rayados o con circulitos negros dibujados. Es el hábitat natural de más de la tercera parte de la inquietante fauna marina.
Tortugas, caballitos de mar, tiburones y todo tipo de moluscos, ballenas y delfines libran la diaria batalla por el alimento entre algas, pastos oceánicos y anémonas. Y la aterradora estrella de mar corona de espinas, el depredador de los corales que devora algas devastando el arrecife.
Sumergirse en las aguas transparentes del mar del Coral, prestarse al detalle de esa inmensidad viviente jaqueada no sólo deslumbra, también obliga a pensar en la insondable diversidad en riesgo.
Los más esperanzados apuestan a la natural resiliencia de los corales, pero demandan más del Gobierno australiano y temen a Donald Trump y sus políticas.
El flamante Presidente norteamericano descree de los efectos del calentamiento global al que ha definido como una patraña creada "por y para los chinos" con el objetivo de aplastar la competitividad de los productos norteamericanos. Confirmando todos los temores, borró de la web de la Casa Blanca el tema de un plumazo.
Mientras los consensos obtenidos tambalean y en la superficie avanza el trumpismo, en el fondo del mar un inmenso tesoro sumergido lucha por sobrevivir asediado por corrientes marinas y a la temperatura del agua cada vez más alta y detersiva.
El hábitat de Nemo está en peligro. La Gran Barrera puede desaparecer. Los tiempos apremian. No es cuento chino. Es la cruda realidad. Los australianos, amantes de la naturaleza y celosos de la preservación del medioambiente siguen con preocupación la llegada de Trump al poder. Tienen miedo y los expresan. A la hora de votar, se quedan con Nemo.
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