El homenaje debe transformarse en aprendizaje

Ariel Gelblung

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Un frío 27 de enero, hace ya 72 años, las tropas soviéticas que atravesaban Polonia en la recta final de la guerra en su ruta a Berlín, al llegar a una localidad denominada Auschwitz, encontraron una fábrica de muerte. No un campo de prisioneros de guerra. Tampoco un campo de concentración de civiles. Hallaron un establecimiento de producción en serie de horror. El Ejército Rojo creyó haber descubierto para todo el mundo lo que el hombre era capaz de hacer con el hombre.

Meses después, el general Dwight Eisenhower mandó documentar, filmar y fotografiar el infierno que se trasladó a la Tierra porque suponía que en algún tiempo alguien negaría su existencia. ¡Cuánta razón tuvo!

Recién el 1º de noviembre de 2005, sesenta años después, la Asamblea General de las Naciones Unidas, por consenso de 192 países, declaró mediante la resolución 60/7 al 27 de enero como Día Internacional de Conmemoración de las Víctimas del Holocausto. E insta a los Estados miembros a que elaboren programas educativos que inculquen a las futuras generaciones las enseñanzas del Holocausto con el fin de ayudar a prevenir actos de genocidio en el futuro y rechazar toda negación, ya sea parcial o total, del Holocausto como hecho histórico.

El objetivo es que una vez por año, al menos, uno reflexione sobre el hecho de que no queremos tolerancia sino convivencia en la diversidad, y que disfrutemos de ser distintos. Que se ponga énfasis en el aprendizaje que dejaron los justos de todas las naciones y las religiones que decidieron salvar vidas. Aquellos que entendieron que el ser humano debe ser activo ante la presencia del mal.

Simon Wiesenthal, claramente sostuvo: "Para que el mal prospere, sólo es necesario que los hombres buenos no hagan nada". Casi una nueva versión del bíblico "¿Acaso soy guardián de mi hermano?".

Cada 27 de enero es importante porque los Estados toman como propia la necesidad, no la obligación, de insistir con la divulgación de estos valores. Son los países miembro de la comunidad internacional los que entienden que debe ser política estatal recordar que fueron humanos los que convencieron a una sociedad altamente educada que era adecuado borrar de la faz de la Tierra a otro grupo por el hecho de haber nacido como tal. Y hacerlo no debe ser mecánico, sino comprometiéndose en la transmisión de valores.

De otra forma, habrá todavía quien se sorprenda con hechos como los protagonizados por alumnos de quinto año del Colegio Alemán de Lanús, SEDALO, quienes se disfrazaron de Adolf Hitler para provocar a sus pares de la Escuela ORT durante el viaje de egresados en Bariloche y los comentarios posteriores en las redes sociales, llenos de racismo, xenofobia, negación del Holocausto y antisemitismo virulento. Esos profesores son los que sostenían asombrados que les llamaba la atención porque habían "tocado" el tema y el presidente de la Institución agregaba que sería enriquecedor un encuentro con los alumnos de ORT para que les cuenten a los de la escuela alemana "la otra visión de la historia" y que "el Holocausto fue un error del pueblo alemán".

El mundo no se enteró de la existencia de Auschwitz el 27 de enero de 1945. Los gobiernos aliados lo conocían de antes y miraron para otro lado. Luego de esa fecha, los liberados de los campos de exterminio tampoco fueron admitidos sin más por los países del mundo. En algunos países, como Argentina, era más fácil ser recibido como nazi solicitando refugio que como víctima liberada.

Habrá quien pregunte aún por qué es necesario recordar todos los años. No sólo encontramos hoy gente y gobiernos que niegan los hechos que nos privaron de un tercio de nuestras familias, sino que los banalizan, los ridiculizan y hasta los toman como objeto de burla.

La Shoá no fue ni es un problema de los judíos, sino de la humanidad toda que toleró su existencia. Que el homenaje se transforme en aprendizaje.

Unite a esta recordación en forma activa, que te sirva para reflexionar y saber dónde estás y si efectivamente tenés derecho a considerarte una persona buena que va a evitar que el mal prospere.

El autor es representante del Centro Simon Wiesenthal para América Latina.