La muerte de Nisman: una tragedia para la democracia argentina

Por lo menos debería quedar claro, a través de una investigación seria, profesional e imparcial, de qué modo ocurrió la muerte de Nisman

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La muerte violenta de un fiscal federal que había hecho pocas horas antes una gravísima denuncia contra la Presidente de la Nación es una tragedia para la democracia argentina. Las indebidas injerencias y presiones desde el poder, a partir del momento en que se conoció el hecho (y acaso desde antes), entorpecieron y frustraron la investigación. El actual Gobierno nacional ha dado todas las garantías para que jueces y fiscales trabajen con la mayor libertad y con todos los recursos necesarios. Ojalá que pueda avanzarse en una cuestión que enluta a nuestra sociedad.

Recordemos de qué modo abyecto el kirchnerismo intentó no solamente obturar la investigación, sino mancillar al doctor Alberto Nisman. Se quiso demonizar su figura, presentarla con contornos frívolos, convertirlo en un mero juguete de los servicios de inteligencia, esos que, casualmente, ellos mismos dirigían. La señora de Kirchner fue y vino con sus afirmaciones. Sostuvo con igual convicción que se suicidó y que lo mataron. Sus prosélitos aplaudieron ambas tesis con el mismo entusiasmo.

Pero, en general, el kirchnerismo apostó desde el inicio a la idea del suicidio. Quien transmitió esa línea oficial, y lo sigue haciendo, con mayor vigor fue el relator militante Víctor Hugo Morales. Para él, Nisman, horas después de interponer su denuncia contra Cristina Kirchner, advirtió que se había equivocado. Por eso, abrumada su conciencia (esa que al mismo tiempo le negaban) por la culpa, se quitó la vida.

El cuentito de Morales es tan burdo que ni el más encendido camporista le daría el menor crédito. Si Nisman se suicidó, el motivo no pudo ser ese. Pero la hipótesis del suicidio es inverosímil. Todo indica que fue asesinado. Probablemente nunca sepamos quiénes fueron los autores materiales e intelectuales, porque ya transcurrió mucho tiempo, pero por lo menos debería quedar claro, a través de una investigación seria, profesional e imparcial, de qué modo ocurrió. También debe investigarse la conducta desplegada por quienes debían custodiarlo y la de los funcionarios políticos del Gobierno de entonces que incumplieron su misión de garantizar la seguridad de quien más había que proteger por esas horas, así como los sospechosos cruces de llamadas ese fin de semana entre altos agentes de la ex Secretaría de Inteligencia.

Es necesario seguir honrando la memoria de alguien que perdió la vida en razón de su tarea en pos de la justicia, a sabiendas de que su denuncia lo enfrentaba a riesgos que otros habrían preferido evitar. La muerte de Nisman prolonga el drama de la AMIA. El inexplicable intento de otorgar impunidad a quienes perpetraron ese horrendo ataque terrorista es acaso el capítulo más negro de muchos años de desvaríos. No ahorremos esfuerzos para impedir que algo así vuelva a ocurrir en nuestra patria, que fue fundada sobre la idea de la república y la libertad.