Brasil comenzó 2017, al igual que Turquía, Irak y Nigeria, en forma sangrienta, pero por motivos distintos al terrorismo yihadista que volvió a golpear a las tres naciones mencionadas en último término. En Manaos, la ciudad más importante de la región amazónica, la finalización de tres motines carcelarios y a continuación una guerra de bandas en la principal cárcel de la capital del estado de Amazonas ha dejado el trágico saldo de unos sesenta muertos, la mayoría de ellos afrobrasileños, quienes componen una fracción muy considerable de la población carcelaria. De 56 víctimas, se informó que 30 fueron decapitadas y no se halló evidencia del uso de armas de fuego. Brasil cuenta con cien millones de afrodescendientes, casi la mitad de la población total del país más habitado de América del Sur, con poco más de 205 millones de habitantes.
Hay una población carcelaria del orden de los 622 mil reclusos en el país sudamericano, la mayor del mundo tras los Estados Unidos, China y Rusia, lo que permite inferir hacinamiento y pésimas condiciones habitacionales. Según datos oficiales, el 40% de los presos está detenido en forma provisional y por delitos menores. Las penitenciarías del estado brasileño indicado cuentan con 8.800 internos, 2,59 reclusos en el lugar en donde cabe uno. Este hecho lamentable, que muestra el desborde de una política de control interno, además sirve como un botón de muestra más para considerar que, al tercer año de iniciado el Decenio Internacional de los Afrodescendientes (2015-2024), las declaraciones de intenciones sólo parecen quedar en el papel. Las Naciones Unidas postularon este decenio con el fin de, como indica uno de sus tres objetivos: "Promover el respeto, la protección y la realización de todos los derechos humanos y libertades fundamentales de los afrodescendientes, como se reconoce en la Declaración Universal de Derechos Humanos".
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Lo acontecido en el penal de Manaos, como muchas otras situaciones de violencia que cotidianamente padece América Latina, permite vislumbrar y concluir que si, en general, la vida humana en estas épocas convulsionadas vale poco, la del pobre importa aun menos.
El afrodescendiente en América carga con el estigma, incluso hoy, de haber sido sus antecesores esclavizados en otros tiempos. En el pasado, entre 10 y 20 millones de africanos regaron la tierra con su sangre y su sufrimiento a lo largo de casi tres siglos y medio de trata y esclavitud, mientras las metrópolis coloniales se hinchaban los bolsillos. Esas jugosas rentas, producto de la gran trata atlántica, permitieron a Gran Bretaña preparar el terreno para llevar a cabo su fastuosa Revolución Industrial que la posicionó por décadas como la nación más poderosa del planeta. Del caudal de africanos esclavizados a América, una parte cuantiosa llegó a Brasil para dedicarse a trabajos como la siembra y la recolección de caña de azúcar en la región del nordeste, una actividad que demandó mucha mano de obra sumada a la escasa capacidad reproductiva de la población de esclavos, puesto que el perfil del africano ingresado entre cadenas era el de hombre joven y, si las mujeres fueron poco frecuentes en el tráfico salvo contadas excepciones, los portugueses en Brasil (y luego de la independencia también) buscaron renovar el stock a través de la compra-venta.
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De modo que, como resultado de un negocio millonario, en unos 350 años de historia brasileña ingresaron al territorio alrededor de nueve millones de esclavizados, muchos a cuenta de los traficantes británicos. Eso explica por qué hoy Brasil es la nación con mayor cantidad de afrodescendientes del mundo, sólo detrás de Nigeria. Los de origen africano, pese a la nobleza de intenciones de la Declaración del Decenio Internacional aludido, y no sólo en Brasil, continúan marginados, discriminados y no exentos en muchas situaciones de ser invisibilizados. En América Latina y el Caribe son alrededor de 150 millones de personas. El Decenio Internacional de los Afrodescendientes rescata la valoración de que a estos, parafraseando el objetivo citado arriba, se los considere personas en el sentido cabal del término, no rémoras de la extinta esclavitud colonial y hoy mano de obra barata ávida de ser explotada.
A su vez, otro de los objetivos del decenio es reconocer la diversidad cultural a la que contribuyen los afrodescendientes. En ese sentido, sería provechoso que los afrobrasileños fueran noticia por el aporte cultural (como en 2014, cuando el círculo de capoeira fue declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad), y no, en calidad anónima, objetos de tapas de diarios por noticias trágicas como lo ocurrido en Amazonas.
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