Israel es un país contradictorio, pequeño, bien parapetado económica y militarmente en un territorio hostil, donde las agresiones son tema de todos los días. Un país que no ha conocido largos períodos de paz desde su nacimiento.

Y es también contradictorio para los que deciden en el mundo y para las mismas Naciones Unidas que cuestionaron sorprendentemente, hace pocos días, con la abstención de Estados Unidos, los asentamientos de israelíes religiosos ultraortodoxos en territorio palestino. Se trata de un grupo humano numeroso (alrededor de quinientas mil personas) que se ha instalado en Cisjordania, lo que vulnera acuerdos internacionales. La paz, entonces, queda en el filo de la navaja.

Los extremistas religiosos lo hicieron guiados por los textos sagrados (elaborados hace miles de años) que dictaminan que esas tierras le pertenecen al pueblo de Israel y los palestinos se tienen que ir. Esos asentamientos eran permitidos desde hace décadas, pero ahora han recibido la protección del primer ministro Benjamin Netanyahu, un veterano político ungido al poder representando a la derecha belicista. Mientras tanto, la centroizquierda, los pacifistas que se representan en numerosas ONG, los viejos representantes de los kibutz (granjas colectivas con una visión socialista de los ingresos y los gastos), que ya han sido transformadas en hoteles, talleres o fábricas, quedaron en minoría y deben recurrir a largas marchas para ser escuchados.

Los votos que consagraron a Netanyahu fueron los de esos religiosos en extremo y los representantes de la inmigración rusa que llegaron en oleadas a partir de 1990, una comunidad que vive su vida propia, separada del resto, pero que concurre sin falta el día de las elecciones a expresar sus puntos de vista. Se calcula que ese grupo humano representa a más de un millón de habitantes. No son para nada condescendientes con los términos de paz y diálogo con los palestinos.

Barack Obama, líder norteamericano, de un país que ayudó desde siempre económicamente y con armamento de todo tipo a los israelíes, buscó de todas las formas posibles, aunque sin resultados, el acuerdo de paz de Israel y Palestina. Tanto Obama, en su posible ineficiencia y Netanhayu se odiaban a nivel de piel, de personalidad y de ideología. Ahora Donald Trump ha sacado a relucir que tiene una carta de amor y fraternidad con Netanhayu. Condición que no promete más que elevar el clima de crispación en la región.

En muchos aspectos, el acuerdo primigenio no fue más que la ratificación de la creación del Estado de Israel, en 1948, como refugio de los judíos perseguidos y exterminados en Europa en un territorio compartido con los palestinos. Dos pueblos, dos Estados, pidieron las Naciones Unidas. A partir de allí vienen las contradicciones, las idas y venidas, los ataques a mansalva de los países árabes que se tradujo en tres guerras (la de nacimiento del país, la de los Seis Días y la de Yom Kippur) y una larga emigración de los palestinos que fueron maltratados en todo país árabe donde recalaban.

No hubo paz, no la hay. ¿La habrá? ¿Puede Israel seguir viviendo como una potencia militar en tensión sin descanso? ¿No son los asentamientos una provocación sin rumbo fijo? ¿No traerá nuevas Intifadas, revueltas palestinas contra la población israelí? ¿Volverán los cohetes asesinos desde Gaza, acallada luego esa región a sangre y fuego? ¿Seguirán generando conflictos los sectores extremistas de los palestinos como Hamas y Hezbollah? ¿Hay conciencia clara entre los dirigentes de uno y otro lado acerca de lo que está en juego? No hay signos de ello.

Hezbollah amenaza con usar cohetería extranjera de largo alcance desde el norte, mientras algunos miembros del gabinete de Netanyahu amenazan con ocupar directamente Gaza y Cisjordania.

Después de tanta sangre, de haber firmado tratados de paz definitiva con Egipto y Jordania, con la intermediación de los Estados Unidos, este era el momento para frenar los impulsos y establecer códigos de convivencia con dos pueblos, dos Estados. El intento de conseguir la paz tuvo víctimas. La más relevante fue la del ex primer ministro Isaac Rabin, en 1995, en manos de un joven integrante de una comunidad ultrarreligiosa ortodoxa que había sentenciado a muerte a Rabin "por haber traicionado al pueblo". Un último film israelí (Rabin: el último día) refleja un hecho que impresiona: la zona del asesinato había sido "liberada". El asesino se codeaba con los integrantes de los cuerpos de seguridad como si nada. Internamente, Israel es también una contradicción. Hay un problema de arrastre entre judíos laicos y judíos religiosos.

Por decisión de David Ben-Gurion, cuando se creó el Estado, los religiosos no pagan impuestos y no hacen el servicio militar que lleva dos años y requiere dedicación, eficiencia y muchísimo esfuerzo. Esta división de las aguas promete ser un problema serio a futuro en el frente interno.

Otro tema importante: la ciencia y la tecnología avanzan a pasos agigantados en Israel, que está en primera línea en medicina, en descubrimientos, en computación e internet. Algunos libros han explicado cómo surgen persistentemente emprendedores a partir de todo lo que aprendieron en el Ejército, especialmente en estrategia y rápidas decisiones.

Todo para el asombro, para tener en cuenta y aplicarlo en otros países de igual escala. Al mismo tiempo, en Israel hay mala distribución de los ingresos de la población, protestas por el costo de vida y familias desamparadas (algo inconcebible en el historial del país). Se ha acusado a un régimen de desigualdad que ha permitido que algunas pocas familias y escasos empresarios se queden con gran parte de la riqueza nacional. Hay también quejas sobre el alto grado de religiosidad que impregna los actos sociales. Simplemente porque Israel no es un Estado laico, desprendido de ciertos rituales.

Pero más allá de todo, si la democracia es la división de los poderes y la igualdad ante la ley, Israel es un ejemplo. En las últimas horas, la prensa europea informó que los servicios de seguridad visitaron en su domicilio al primer ministro Netanyahu por acusaciones de corrupción actuales y del pasado. El 23 de marzo del 2011, el ex presidente Moshé Katsav fue sentenciado a 7 años de prisión efectiva por los delitos de violación, acoso sexual y obstrucción de la justicia, más una indemnización de 35 mil dólares. El 15 de febrero de 2016, el ex primer ministro Ehud Olmert fue condenado a 19 meses de privación de la libertad por delitos relacionados con la corrupción, más cohecho y obstrucción de la justicia.

En las últimas horas, un sargento israelí, Elor Azaria, fue considerado culpable de homicidio por haber matado en Hebrón, con un tiro en la cabeza, a un atacante palestino que estaba herido en el pavimento. El asesinado y un acompañante hirieron con cuchillos a un compañero de Azaria.

Como se ve, en medio de la confusión, de la tensión bélica permanente, de los propios problemas económicos, ningún hombre está por encima de las leyes. Eso permite que Israel sea una rareza rodeado de un mundo árabe pleno de injusticias y caprichosos señores feudales. Es suficiente con ver  a Siria, donde la guerra civil se ha llevado más de trescientas mil víctimas desde que empezó.