La selección del nuevo ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, parece acertada. En sus primeras palabras en la nueva función reconoció que el Gobierno está "administrando recursos de terceros, de la sociedad", palabras que son lógicas pero que escaseaban en las bocas de los pasados ministros del área. Durante décadas la irresponsabilidad fiscal ha sido la norma.
Los titulares de los diarios expresan los tres objetivos que se plantea el nuevo ministro: "Bajar el déficit, subir el gasto de infraestructura y disminuir impuestos distorsivos". No hace falta ser economista para notar la obvia inconsistencia entre ellos. Haría mucho bien que el Gobierno sustituyera la idea de gasto público en infraestructura por incentivos a la inversión privada, a través de concesiones a empresas multinacionales especializadas en distintas áreas, que de hecho ha sido la norma en el desarrollo de infraestructura de la región en los últimos 25 años.
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Pero esta nota tiene otro objetivo, que es cuestionar las metas fiscales que se propone el Gobierno. En pocas palabras, el objetivo de Dujovne es similar al que tenía Alfonso Prat-Gay, en reducir el déficit fiscal primario de nación del 4,8% actual (a confirmarse en los próximos meses) hasta 3,3% para 2017 (aun cuando el presupuesto lo estima en 4,2%), del 1,8% para 2018 y del 0,3% para 2019.
El éxito del blanqueo y la esperada recuperación de la actividad económica ayudan a tener cierto optimismo de corto plazo respecto del cumplimiento de estas metas, pero bien podría ocurrir que las metas se alcanzaran y, sin embargo, el déficit fiscal consolidado, que es el que importa, se mantuviera en los preocupantes niveles actuales.
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En primer lugar, el déficit consolidado debería tener en cuenta tanto el que alcanza la nación como el que alcanzan las provincias y los municipios. Afortunadamente, Dujovne ha tenido en cuenta este factor, al menos en el objetivo de comprender a las provincias en algún tipo de ley de responsabilidad fiscal. No puede dejar de mencionarse aquí la defensa que ensaya Domingo Cavallo cuando lo atacan por su gestión en materia fiscal durante el menemismo. Lo cierto es que alcanzó cierto equilibrio fiscal en nación, pero los déficits que acumularon las provincias llevaron al país a la ruina. Por más que el ex ministro lo niegue, era su responsabilidad acordar un equilibrio fiscal en los tres niveles y no sólo a nivel nacional.
En segundo lugar, el déficit consolidado debe considerar los intereses de la deuda. Es sabido que Argentina emprendió este año un programa de transición excesivamente gradual apoyado sobre el endeudamiento público. La medida se justifica quizás en cuestiones políticas y sociales, pero lo cierto es que Argentina cuenta con una deuda que gradualmente elevará los intereses por la deuda pública.
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Si Argentina establece metas fiscales enfocadas sólo sobre el déficit primario, no contemplará el déficit que acumula por la vía de los intereses de la deuda. Bien puede ocurrir que las metas se alcancen, reduciendo, por ejemplo, el déficit primario de 4,8% al 3,3%, pero al mismo tiempo se eleve el déficit consolidado por la vía de los intereses de la deuda. La hipótesis resulta bastante probable considerando las necesidades de deuda que tiene el país para este ejercicio.
Argentina puede alcanzar la meta en 2019 de un 0,3% de déficit fiscal primario para nación, pero todo su alcance puede verse neteado si no se contiene el déficit de provincias, y si los intereses de la deuda aumentan en los próximos tres años.
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Nuestro país bien podría cerrar 2019 alcanzando las metas fiscales, pero con un déficit consolidado de 4,6 por ciento. Se podrían cumplir las metas fiscales, que las provincias mantuvieran el déficit actual y que los intereses se incrementaran un 0,2% cada año. No parece ser un escenario pesimista.
Fijar metas sobre el déficit fiscal consolidado tiene sus dificultades, pero al menos no se le estará mintiendo a la gente afirmando que el desequilibrio fiscal estará resuelto. Tal como están planteadas las metas fiscales, Argentina sólo cambiará la composición de las partidas, pero el déficit fiscal seguirá siendo parte de nuestra historia con sus obvias consecuencias lógicas: presión tributaria récord, altísima inflación, o explosión de la deuda y altos intereses para la inversión.
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