El 4 de diciembre pasado, el pueblo italiano decidió que las reformas constitucionales propuestas por el primer ministro Matteo Renzi (Partido Democrático, mil días de mandato) eran: difíciles de entender (47 artículos modificados sobre 139); escritas en un italiano poco claro; inconducentes, salvo la eliminación de un par de organismos que no sirven para nada; inoportunas, porque no le cambiarían la vida a nadie y la gente necesita cambios tangibles. En fin, una reforma poco convincente y esencialmente mal explicada, mal contada a la gente.
El pueblo nunca se equivoca, quienes sí lo hacen son los políticos. Siguiendo esta lógica, Renzi renunció. En verdad, no le quedó más remedio, no es que saltara de alegría. Pero, y en política siempre hay uno, si no, lo inventamos, no se va del todo. Inventa, se le ocurre, un Gobierno fotocopia.
Un nuevo premier, Paolo Gentiloni (senador, se sentaba a pocas bancas de la mía), ex ministro de Relaciones Exteriores, hombre de confianza de Renzi, obediente y confiable. Buena gente, conde de no me acuerdo dónde, un tipo "tranqui" como se diría en mis pagos porteños.
El resto del nuevo gabinete, los mismos ministros que en el anterior, rotados. De Interior a Exteriores, de jefatura de gabinete a Deportes, etcétera. ¿Misma gente, misma política, mismo final?
Nosotros, mi grupo político, yo en particular, hubiésemos querido para esta etapa de transición en Italia, hasta las próximas elecciones (en no más de seis meses), un personaje menos identificado con Renzi, para ir limpiando el terreno de malezas. El presidente del Senado, Pietro Grasso, es el personaje ideal para este tiempo. Ganó la puja el egocentrismo del ex premier, que no puede despegarse del poder. Así nace el Gobierno fotocopia (mala fotocopia, agrego).
Claro que a Gentiloni y su gabinete los propone el presidente de la República, Sergio Mattarella (tal como indica la praxis) luego de convocar una ronda de encuentros con todas las fuerzas políticas con representación parlamentaria, entre ellos, por supuesto, nosotros, el Movimiento Asociativo Italianos en el Exterior (MAIE).
Hoy, considerando lo ocurrido luego de los encuentros, estoy convencido de que Mattarella hace que escucha, sonríe, asiente y finalmente hace lo que quiere. Muy agradable, por cierto, una charla de minutos, interesante y definitivamente inútil a la luz de los hechos. Casi un tour por el palacio del Presidente (Quirinale), que aconsejo conocer, no como políticos, por cierto, como turistas.
Claro que después de Mattarella, el Gobierno Gentiloni tuvo que conseguir el apoyo del Parlamento. Entre nosotros se llama "fiducia", confianza en que haga las cosas bien, como Dios manda.
Me dije: "Este es mi momento, dado que no me convence este nuevo Gobierno, voto que no a la confianza y listo, se van a su casa" y de pronto: Grasso, primer ministro y nuevo Gobierno en serio.
Pero no fue así, consiguió la confianza por estos juegos aritméticos de senadores que no votan, que salen del recinto y bajan en quórum, otros que votan "sí" y otros "no". Balance final, tiene el nombramiento del Presidente y la confianza del Senado, ahora, a gobernar, que no es poco.
La verdad es que a este punto y agobiado por haber podido hacer poco en el intento de cambio de gestión política italiana, fui a escuchar la charla del presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, en el hotel Excelsior de Roma. Invitación y almuerzo mediante, por supuesto. Don Juan Manuel vendió una Colombia nueva, disponible para los negocios, segura, confiable, estable, que además había recuperado, vía el tratado de paz con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), casi la mitad de su territorio. Con una tasa de crecimiento de su PBI de cerca el 4% (la paz con las FARC le permitirá crecer uno o dos puntos más por año). Imposible no comparar, aun respetando las diferencias de todo tipo entre los dos países.
Italia del gatopardismo, que parezca que todo cambie para que nada cambie, léase Gobierno Gentiloni. Colombia, donde todo cambia en serio. Cambio gestionado por un presidente que también perdió un referéndum, al igual que Renzi, pero que tuvo la habilidad de dar vuelta el resultado en pocas semanas, en lugar de camuflar la derrota.
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