Renzi perdió, Italia en crisis

Las encuestas una vez más estuvieron muy lejos de los resultados reales, se equivocaron con la valoración sobre el voto en el exterior y erraron por mucho el resultado en Italia

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El 4 de diciembre pasado la mayoría de los italianos que viven en Italia votó "no" a la reforma constitucional propuesta por el primer ministro de centroizquierda Matteo Renzi (Partido Democrático), 60%-40% en 51 millones de votantes. La mayoría de los italianos que viven fuera de Italia (4.800.000) votó por el "sí", 60-40 por ciento.

Paradoja inexplicable, salvo que aceptemos lo siguiente: los habitantes de la península votaron contra el personalismo del primer ministro y una reforma demasiado compleja para entender, comprender y aceptar. En lugar de una pequeña reforma posible, apostó por el gran cambio.

En setenta años de vida republicana, Italia no pudo cambiar una coma de la Constitución; era poco probable cambiar bruscamente 47 de los 139 artículos del texto original. De paso, les cuento que este referéndum es el tercero en treinta años al que el pueblo dice que no.

¿Pero entonces qué votaron los ciudadanos italianos que viven fuera de la península? Sí a la necesidad de una reforma indispensable para modernizar un país estancado desde hace veinte años por un bicameralismo parlamentario que más que un pesado elefante para el país es, concretamente, un mamut.

No votaron contra Renzi, porque no viven con él en Roma, votaron a favor de un cambio. Este resultado lo adelanté hace pocos días, desde esta misma columna.

Las encuestas una vez más estuvieron muy lejos de los resultados reales, se equivocaron con la valoración sobre el voto en el exterior y erraron por  mucho el resultado en Italia.

Renzi personalizó el voto, se equivocó por mucho. "Si pierdo, me voy a mi casa", "si pierdo, abandono la actividad política". En los últimos meses fue a cuanto programa de televisión, radio, red social, etcétera pudo y finalmente instaló el "yo contra todos". Fue demasiado, la gente lo mandó a su casa, lo echó.

En Italia, votaron con la panza, con la bronca, con el fastidio, por cambios que no se perciben en la vida diaria con la claridad y la velocidad que la gente necesita. Fuera de la península, votaron con la certeza de la necesidad de un cambio. Esto no se lo explicó Renzi a los ciudadanos de la otra Italia, se lo explicamos nosotros, los políticos del territorio, y lo entendieron.

La crisis: espantado por el resultado adverso, Matteo se quiere ir ya, ayer, ni siquiera mañana. Intenta escapar. No para irse más rápido, por vergüenza por el resultado adverso, intenta hacerlo para ver cómo se reorganiza para volver. Incorregible.

Claro que no puede hacerlo, el presidente de la república, Sergio Mattarella, le recuerda que es responsable, entre otras cosas, de hacer aprobar la ley de presupuesto, todavía no votada en el Senado. Responsable de presentar un proyecto de nueva ley electoral que permita a los italianos votar ambas Cámaras. La vigente, Italicum, sólo considera el voto de Diputados, daba por abolido el Senado. Responsable de mantener el orden constitucional hasta que los mecanismos establecidos permitan regularizar, voto mediante, la vida política del país.

¿En cuánto tiempo puede ocurrir esto? En tres o cuatro meses, como máximo. Mattarella congeló la renuncia de Renzi, lo obliga a quedarse hasta poner las cosas en orden y luego se puede mudar sin problemas, no antes.

Italia tiene que demostrarle al mundo que es un país serio. Esta es una república democrática, no un capricho, por esto, los italianos en el exterior, los florentinos, los emilianos y los trentinos votaron por el "sí" y el resto de Italia, por el "no".