El peronismo le declaró la guerra a Macri

El peronismo consigue que Cambiemos pierda por todas partes. Al aparecer cediendo ante la presión y el miedo. Al aumentar el déficit, los impuestos y la deuda, con las críticas de sus votantes y de los sectores productivos

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Asumamos, como dicen los economistas, una marabunta. Las hormigas se comportan de modos diversos. Muchas se concentran en devorar un animal muerto, otras se mueven en círculos o en zigzag, se juntan y se separan sin parecer tener un rumbo. Otra mancha gigante se trepa a los árboles y los despoja del verde en un rato, otros grupos se matan entre sí inexplicablemente y otro malón inmenso se come seres humanos en minutos.

Parecería que no tienen orden ni coordinación alguna. Y no lo tiene, ni tampoco un plan ni un jefe. Sin embargo, avanzan ciegamente con un único destino final, un único propósito, un mandato inexorable y ancestral impuesto por la naturaleza.

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Así se comporta el peronismo. Así se ha comportado siempre que no fue gobierno. Sectores diferentes actuando aparentemente sin coordinación y muchas veces en confrontación, pero en definitiva procurando retomar el poder por cualquier medio, para vencer con votos al enemigo que ha dejado exangüe y moribundo. Dentro de la ley a veces, al borde de la ley o fuera de la ley.

Nadie puede decir si se trata de un plan maestro o del ADN mismo del movimiento, cuyo creador y conductor un día escribió a la guerrilla asesina desde el exilio encomiándola y estimulándola, para terminar echándola de la plaza con aquello de "estos imberbes que ahora gritan" y decretando su aniquilación [sic].

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El peronismo actúa hoy otra vez con todas sus personalidades y sus disfraces: el Frente para la Victoria, la Cámpora momificada, el Frente Renovador, que apoya pero sabotea, los legisladores y las legisladoras vociferantes recalcitrantes del kirchnerismo, los legisladores buenos y comprensivos de un supuesto nuevo justicialismo. Los gobernadores que ordenan a sus senadores y sus diputados apoyar al Gobierno cuando les conviene, pero luego lo torpedean y traicionan una vez conseguidas sus ventajas. Los ex menemistas-kirchneristas convertidos en politólogos y opinadores. Los economistas de Daniel Scioli dando cátedra de estupidez presupuestaria sólo para dejar mal parado al Ejecutivo.

El sindicalismo bueno de la Confederación General del Trabajo (CGT) comprada por el enorme regalo del reclamo de las obras sociales, que únicamente masculla pero no actúa, por ahora. El sindicalismo malo de la Central de Trabajadores de la Argentina (CTA), que no existe bajo la ley argentina, pero cuya existencia no disputa la CGT, que se opuso siempre a la doble personería gremial que atacara a su unicato. Los gremios que actúan por fuera de su central cuando les conviene.

El sindicalismo de movimientos sin personería, entidad ni trabajadores, autoerigido en representante de los "vulnerables", como diría el ministro Alfonso Prat-Gay. Barrios de pie, Corriente Clasista y Combativa (CCC) y otros grupos que acaban de conseguir más utilidades gracias a la gestión de la ministra Carolina Stanley, que agregó algún punto adicional de déficit y consecuentemente más impuestos a los millonarios trabajadores privados, autónomos, cuentapropistas y pymes. Agreguemos a Justicia Legítima y a la Justicia sospechada fallando en contra de decisiones inevitables y urgentes.

La amenaza permanente de todos estos grupos —agitada por la prensa cooptada por el gramscismo— de crear una situación caótica a fin de año, que hace que el Gobierno, por miedo al helicóptero con que lo viven amenazando Luis D'Elía y sus secuaces, conceda prácticamente sobre tablas cualquier reclamo, o deba concederlo. El peronismo consigue así que Cambiemos pierda por todas partes. Al aparecer cediendo ante la presión y el miedo. Al aumentar el déficit, los impuestos y la deuda, con las críticas de sus votantes y de los sectores productivos. Al ceder ante un chantaje que no termina porque a los pocos días de hacer una concesión viene otro pedido. Los aliados que aparentemente había comprado ayer se reagrupan, cambian de careta o de argumento y vuelven hoy a pedir otro gasto, otro impuesto, otro aumento de déficit.

Y para colmo de males, otros sectores de la marabunta critican al Gobierno por haber hecho lo que ellos mismos demandaron, como cuando simultáneamente se lo ataca por crear inflación por conceder lo que el movimiento les pide, y por crear recesión al tratar de neutralizar los efectos de ese gasto con tasas altas de interés. Un escenario donde el Gobierno no solamente pierde, sino que aparece ridiculizado, inepto, miedoso, incapaz de garantizar la mera circulación por las grandes ciudades, con uno o dos piquetes diarios reclamando cualquier cosa, organizados por algunos de los peronismos que pululan, nacen y mueren todos los días y protegidos por la Policía Federal, Metropolitana o como se llame.

Todo este movimiento apoyado a la distancia en su tarea de socavación por el Papa peronista, por el populismo de los entes regionales, también parte de ese accionar coordinado por la naturaleza. El objetivo es que Cambiemos (y con él sus votantes) fracase. Primero, para quitarle toda chance en las elecciones de 2017, y en un paso más largo, para que deba irse como Fernando de la Rúa. El fracaso que garantizaría muchos años de festival populista y expoliación.

Tanto ha confundido a Mauricio Macri este accionar que ahora sus asesores estrella piensan en agregar peronistas a sus filas, un vulgar y remanido síndrome de Estocolmo con sus verdugos. En esa confusión, su ministro de Hacienda justifica con un "hemos hecho todos los esfuerzos" el aumento de gastos e impuestos que le impone a la sociedad productiva para pagar el rescate infinito e incesante que le cobran sus secuestradores institucionales. El gradualismo fue paralizado por el ácido fórmico.

Tal vez se podrán encontrar muchos justificativos, explicaciones y definiciones para cada una de estas acciones individualmente. Pero en conjunto constituyen lisa y llanamente una subversión en su más pura acepción. Es cierto e innegable que al mismo tiempo se notan enormes fallas en la conducción política y económica, en especial frente a los embates descritos, que también le hicieron perder un año vital e irrecuperable. No es fácil permanecer firme, suponiendo que se quiera ser firme, frente a semejantes ataques, si no coordinados por lo menos simultáneos y crecientes.

Las vacilantes convicciones de Cambiemos, fruto de su heterogénea alianza y también de la composición de un gabinete enorme y contradictorio, son llevadas por delante cada vez más notoriamente por una andanada de sabotajes diarios que le impide hacer lo que debe hacer y lo obliga, en cambio, a hacer lo que no debe.

Más que nunca, el país está dividido por una grieta insalvable. La discusión en Argentina y el mundo ya no es entre ideologías. Se trata de una masa de la mitad de la población que quiere imponerle a la otra mitad que le regale su trabajo, su ahorro, su esfuerzo, su talento y su innovación, en nombre de un supuesto derecho constitucional, religioso, social, moral o lo que conviniere, y que tiene que protegerla, subsidiarla y mantenerla. La grieta, la lucha, la disputa, ya no es por el poder. Es una virtual guerra, donde la mitad expoliada tarde o temprano reaccionará ante el despojo liso y llano al que está sometida. ¿Qué hará Cambiemos para evitarlo?

Mauricio Macri está ante su momento de decisión. Si no cambia, será víctima de la subversión, sin apelación. Si quiere cambiar, tendrá que revisar sus convicciones, su equipo, su política y hasta su actitud personal.

O cree que puede negociar y unirse a la marabunta que lo arrastrará y lo devorará, o apela a ser un estadista y convencer a la sociedad de que el camino es otro. Recurrir, convocar y convencer directamente a la ciudadanía es el recurso más importante de un presidente en las constituciones modernas. Aunque odiemos la palabra, o es líder o no lo es.

No tiene mucho margen. Los tiempos de la economía se han agotado, aunque los funcionales al peronismo ahora digan que no. Y las hormigas siguen marchando, cada vez más rápido.

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