Desde lo político, existen dos razones de dificultad al efectuar un balance de los sucesos acaecidos en el mundo árabe-islámico durante el año 2016. La primera estriba en el acceso a información confiable sobre el estado de opinión y tensiones internas. Los escasos niveles de libertad política y libertad de conciencia han generado una imagen borrosa y estereotipada de las sociedades afectadas. Esta ausencia de nitidez, a la que contribuye Occidente con su desconocimiento habitual de la lengua y los códigos culturales locales, explica el carácter de la dinámica en las organizaciones terroristas y sus extravagantes resultados.
La segunda dificultad ha sido subestimar la confrontación sectaria hacia el interior del islam entre sunitas y chiítas, en los análisis regionales previos de Occidente. En este punto no deben soslayarse las consecuencias de eventos como las primaveras árabes, percibidas —erróneamente— como un proceso revolucionario inicial de democratización que, sin embargo, desde el principio era claramente un camino al fracaso dado el carácter involucionista de esos levantamientos que no despejaron el camino hacia la democracia. Más bien sucedió todo lo contrario.
Los hechos están a la vista en Irak y Siria. Cada vez que las sociedades musulmanas ejercieron, aun con limitaciones, su derecho al voto, lo hicieron en un sentido no sólo incompatible con la democracia, sino con la propia naturaleza de Occidente. En otras palabras, la democracia no parece ser buena para la región. Este fenómeno ha sucedido en Gaza, Túnez, Egipto, Marruecos y Líbano, cuyos resultados electorales en un sistema de elección totalmente libre serían menos favorables de lo que resultan a los islamistas.
Otro elemento del fracaso de Occidente en materia de libertad radica en establecer qué posibilidades de prosperar tiene la democracia en sociedades que no la desean ni la valoran, más allá de que algunas autoridades y pequeños partidos insistan en ello, aunque nadie procure en verdad un sistema libre en aquellos Estados construidos sobre la desconfianza exterior hacia Occidente y la represión interior hacia el pueblo y la democracia misma como fenómeno poco compatible con el islam.
Dicho de otro modo, la democracia liberal, basada en la garantía de derechos y obligaciones, es imposible sin libertad de pensamiento y sin libertad económica; aspectos en que los Estados árabes de fe musulmana son particularmente deficientes. Y ello se da por tres elementos definitorios: el fundamentalismo, la religión y la política, donde lo que parece evidente no necesariamente lo es, incluso si es lógico.
A la hora de entender lo que sucede en el mundo árabe es necesario alejarse de dos axiomas que Occidente da por sentado: la democracia como origen de todo bien político y la relación entre religión, extremismo y pobreza. Esta es una percepción errónea que asume como verdad conceptual lo que sólo es visual.
Durante 2016, Occidente continuó viendo esos factores a menudo juntos y, por simplificar, decidió que van siempre de la mano. Considerar lo contrario exige un esfuerzo intelectual que no ha estado dispuesto a hacer. Así, tal asociación de ideas da lugar al peor error. Ninguna de las dos es cierta, de allí que su aplicación sobre el terreno resultó siempre en fracaso.
La democracia, que en Occidente consideramos el paradigma político por excelencia, producto de un largo proceso de evolución política, no es más que un mecanismo de elección de gestores públicos, pero ese proceso no está permitido a los pueblos árabes.
Lejos de replantearse la bondad o no de la democracia en contextos inadecuados para su ejercicio, los países centrales e incluso el papa Francisco han descubierto una suerte de explicación universal para todo desde la relación entre pobreza, extremismo religioso y ausencia de democracia. Hay que reconocer que lo que sostienen es una explicación políticamente correcta tan perfecta como inexacta. Aúna todo en un solo argumento y hasta parece lógico, además nos excluye a nosotros, que no somos del todo pobres, que nos disgusta el extremismo religioso y además votamos.
Desde luego, las desigualdades no ayudan a explorar reformas políticas innovadoras, pero lo cierto es que la pobreza a la que refirió el Vaticano es el resultado de un deficiente sistema legal y económico de ausencia de libertad que no se visibiliza fácilmente como sí lo hace la religión o la pobreza, pero en realidad es el mar de fondo sobre el que navegan todas ellas. Es la ausencia de libertad en todas sus ramificaciones lo que condena a las sociedades árabes islámicas.
A pocos días de finalizar el año 2016, es claro que la victoria momentánea en la guerra de las ideas fue para los islamistas. Ellos han vencido al lograr restringir derechos civiles, generar la profundización de la guerra civil siria y llevar el terrorismo al corazón de Europa. El fracaso de la gestión Obama y el liderazgo europeo está frente a quien quiera verlo. Es de manual.
El islamismo es más una ideología que una religión, de allí la incapacidad para entender su versatilidad a la hora de configurar escenarios inestables. Como ideología, se erige en alternativa única en los Estados donde impera, por tanto, carece de sentido pretender que mecanismos formales de gestión de poder, por ejemplo, el democrático, sirvan para modificar su evidente dogmatismo. Como cualquier ideología omnicomprensiva y absoluta, sólo puede ser socavada con niveles crecientes de libertad individual, con la guerra o, como sucedió con el comunismo, su propia inutilidad e ineficiencia pueden acabar con ella.
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