La teoría realista, una de las más influyentes en la disciplina de las relaciones internacionales, concibe el cambio internacional sólo en términos de modificaciones (poco frecuentes) en la estructura internacional de poder. En tal sentido, no tienen mayor sentido ni relevancia las variaciones de poder registradas en el plano interno o doméstico, al interior de los gobiernos. Una Venezuela con Hugo Chávez al frente, una Rusia bajo el liderazgo de Vladimir Putin o unos Estados Unidos con Barack Obama en la Casa Blanca no movieron ni mueven el amperímetro del poder mundial. Tampoco a ese orden lo afectó el 11S ni el ISIS. Como producto de todo ello, autores realistas clásicos como Hans Morgenthau, John Mearsheimer, Henry Kissinger rechazan una concepción unipolarista para Estados Unidos y, por el contrario, desean acuerdos de balance de poder entre las potencias más gravitantes, como, por ejemplo, las del Consejo de Seguridad.
Los constructivistas, en cambio, adhieren a la posibilidad de la influencia de los cambios internos sobre el orden internacional. Fue el ascenso de Mijaíl Gorbachov al frente de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) —y no el papa Juan Pablo II, Ronald Reagan ni el fiasco soviético en Afganistán— el que terminó como acta de defunción del sistema bipolar construido tras la Segunda Guerra Mundial, en 1945. Los realistas no habían percibido, y de hecho subestimaron, tal evento doméstico. La realidad del poder mundial se alteró significativamente hace ya treinta años. La decadencia soviética desde los años cincuenta era pronosticada, incluso desde adentro del viejo imperio, por no pocos intelectuales, condenados al ostracismo académico. A pesar de las intenciones de Gorbachov de engrandecer a la URSS, terminó haciéndola implotar.
El triunfo del magnate Donald Trump en Estados Unidos ha tomado a todos por sorpresa, como el propio ascenso gorbachoviano. También hace ya largo rato se habla de la decadencia norteamericana, quizás desde tiempos de Paul Kennedy y su brillante obra sobre el auge y la caída de los imperios, en pleno tramo final de la Guerra Fría. Immanuel Wallerstein señala inequívocamente que la forma como se materializó el 11S al atacar el núcleo del poder norteamericano tan victorioso y poderoso, tras la caída de la URSS, mediante el secuestro de aviones con cortaplumas, para hacerlos estrellar en tierra, demuestra que el proceso de decadencia norteamericano hace rato que comenzó. Se percibe en muchos indicadores: la obsesión de todo un pueblo por las armas, los flagelos de la salud, como la obesidad y las drogas en los más jóvenes, las enormes desigualdades de todo tipo, los fracasos militares en Medio Oriente, la mediocridad de los presidentes desde Ronald Reagan.
Hoy muchos están preocupados por las supuestas luces rojas que se encienden con los discursos de Trump sobre el mundo. Profetizan guerras comerciales, muros por doquier, más xenofobia, más racismo, más proteccionismo y, como en el período de entreguerras, esta suerte de Adolf Hitler norteamericano, si no es detenido institucionalmente —incluyendo un potencial juicio político y hasta un magnicidio—, podría desencadenar hasta conflictos bélicos más graves.
Sin embargo, también podría ocurrir otro desenlace, algo así como el de 1989, al revés, incluso con efectos más benévolos, esta vez, al afectar a los propios Estados Unidos, como en su momento impactó sobre la URSS. Las políticas trumpianas podrían generar nuevas alianzas en el mundo: con Rusia e Israel, con Turquía, con Japón y no tanto con Europa ni China ni el sudeste asiático ni México. Todo ello no es necesariamente negativo. Tendrían otras consecuencias: el fin de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), por qué no el achicamiento de la propia Unión Europea, etcétera. Pero a nivel interno de Estados Unidos y esto es lo más grave, sí podría ser un cataclismo: estados como California y algún otro, que pretendan separarse de la unión; la amenaza pacífica pero persistente de México, tal como lo profetizó Huntington antes de morir; protestas sociales que tornen ingobernable al país; represión o militarización y severos cuestionamientos de parte del Partido Republicano a su nuevo líder, con un Partido Demócrata en una grave crisis. Todo ello puede ocurrir en los próximos meses o años. Por lo pronto, en diciembre, de perder el referéndum constitucional Matteo Renzi en Italia, ello podría desembocar en una crisis tipo Brexit y el año próximo, si llegan a vencer las extremas derechas del Front Nationale, en Francia y Alternativa para Alemania, en el país germánico, la Unión Europea corre serios riesgos de desmembramiento. Hacia 2018, el Consejo de Seguridad tendría cinco países, liderados por los ya conocidos Putin y Xi Jinping, pero a los ya agregados Trump y Therese May podría sumársele Marine Le Pen. Un balance de poder, como sueñan los realistas, pero con líderes totalmente desconcertantes, aunque no belicistas.
De 1989 a 1991, todo se precipitó y la URSS cayó como si fuera un castillo de naipes, si bien era concebida como todopoderosa hacía pocos años. Los Estados Unidos de Trump, tan preocupado por revitalizarlos como Gorbachov a la URSS, dan signos evidentes de desgaste e inviabilidad social e internacional. ¿El 8 de noviembre comenzó a escribirse la historia de su final tantas veces anunciado aunque imprevisto? ¿Será esa la verdadera causa de la euforia del actual líder del Kremlin, quien ahora visualiza cómo la historia tiene el "corsi e ricorsi" que él tanto esperaba desde su oficina de la KGB en Dresden, hace 27 años?
El autor es licenciado en Ciencia Política (UNR), magíster y doctorando en Relaciones Internacionales (UNC). Consultor y analista de temas internacionales.
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