Un problema recurrente que nos sucede cuando analizamos un tema político que acaece en otra nación, una elección, por ejemplo, es la dificultad que tenemos para colocarnos en el lugar de los habitantes de ese país que estamos analizando y leer la realidad en forma inteligente.
La popularidad de Donald Trump en los Estados Unidos es un ejemplo emblemático de la dificultad para comprender fenómenos políticos de otras latitudes en forma correcta, ya que tendemos a analizar una realidad desde otra realidad.
Trump es, para la mayoría de los argentinos que se ha interiorizado en las elecciones de los Estados Unidos, un fenómeno extraño, raro, un personaje que a nuestro criterio no iba a lograr más que unos cuantos votos provenientes de norteamericanos extraviados, reaccionarios y fuera del radar del mundo que nosotros percibimos desde aquí, desde la periferia.
En síntesis, el discurso de Trump, según esa óptica, sería el resultado de un extraño proceso político-social que está muy lejano de lo que esperamos que nos ofrezca eso que se conoce como Occidente a nuestros ojos. No representa la lógica, lo políticamente correcto, el disenso civilizado, el compromiso con las minorías, el respeto a la libertad sexual y con los que no piensan como él. Es decir, es un producto que no parece representar un dirigente político de la democracia representativa.
Pero no es así, en su campaña, Trump no solamente ha actuado con una lógica política diferente a todos los manuales de campaña, ha agredido, insultado (“This disgusting woman”, por Hillary Clinton). Jugó de provocador desmedido, un político distinto, que no hace política, que quiere mostrarse al revés, como un antipolítico, hablándole al pueblo norteamericano que lo apoyaba como le gusta y como lo hace el pueblo.
En realidad, todo lo simula, porque sabe hacer la política de otra forma, la que les llega a los ciudadanos norteamericanos frustrados y enojados con toda una clase política a la que culpa de desaprensiva y egoísta (¿Alguna coincidencia con lo que se expresó en la Argentina en el 2001?).
Ese personaje provocador, que durante toda su campaña no trepidó en manifestarse como machista y chauvinista antiglobalizador, que les echa la culpa a China y a México de la pérdida de puestos de trabajo, le gustó a miles de norteamericanos que lo votaron, disconformes con su presente y enojados con los políticos que en Washington “no se interesan por los problemas de la gente de a pie”.
Trump estuvo ahí y les dijo que se siente cerca de ellos y que escucha sus problemas; humilló a los hispanos para congratularse con el “Middle West” representativo de la decadencia económica y social de la población blanca, agradó a los “WASP” empobrecidos, los de menores recursos, a quienes la globalización los condena, a muchos de ellos, a ser ciudadanos pobres en el momento de mayor riqueza de la historia de la humanidad y en el país más rico del mundo, donde ellos nacieron.
Es decir, la primera conclusión que debemos sacar es que el crecimiento económico que se produce en la economía mundial no logra distribuirse equitativamente por sí mismo, no hay derrame automático para todos. En el interior de los estados, las sociedades nacionales se separan entre quienes se enriquecen con la globalización y quienes se ven perjudicados y excluidos por ella.
En los Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia, el crecimiento del nacionalismo y del proteccionismo se está llevando a cabo bajo las banderas que podríamos, sin mucho rigor científico, calificar como populismos de derecha, conservadurismos temerosos de la globalización.
Si bien Trump ha dejado de lado fronteras éticas para avanzar, ya sea del chauvinismo al racismo, en la mayoría de las democracias occidentales el fantasma del miedo al otro, que bien describía Jean-Paul Sartre, es lo que está imperando.
La idea es que los extranjeros son los culpables, que lo nuevo es malo y que el resurgimiento nacional solamente puede lograrse a través de la vuelta al pasado, a ese pasado glorioso, puro y blanco que no se ha sabido proteger y continuar.
A su vez y no debemos olvidar, los Estados Unidos hace 50 años se enfrentaban a la protesta racial, al rebelarse contra una ley que prohibía a un negro sentarse en un bus si había un blanco de pie y hoy tiene desde hace 8 años un presidente negro, brillante, que, a pesar de la fuerte oposición en el establishment, pudo gobernar y enderezar a su país, que se encontraba aislado internacionalmente por el grave error (ilegal) de la invasión a Irak. También supo finalizar con la Guerra Fría en la región latinoamericana, al poner fin al bloqueo diplomático a Cuba y apoyar el proceso de paz en Colombia.
Ahora, la eventualidad de que el Gobierno norteamericano, después de haberlo ocupado un ciudadano negro que rompió con la hegemonía blanca, lo sucediese una mujer, poco querida, también ha pesado para que un outsider como Trump haya llegado al poder de la primera potencia mundial.
@cfmayoral
El autor es diplomático. Ex representante permanente ante la ONU. Ex embajador en China y en Canadá.
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