La foto funcionó como prólogo. Fue a fines de febrero. Las dos cabezas reclinadas, apenas rozándose, enfocadas hacia el mismo rincón, como compartiendo cierta complicidad. Y algo más. Quizás un trozo de futuro: una visión de país. El abrazo sintetizó dos linajes políticos: progresismo y peronismo. La eterna república sensible y el mejor intento que hubo por estas latitudes de institucionalizar el pulso popular. ¿Los protagonistas de turno? Margarita Stolbizer, adalid de la centroizquierda doméstica, y Sergio Massa, firme candidato a ocupar el trono de hierro del justicialismo el próximo invierno. ¿Instantánea descartable o tarjeta postal?
Hace unos días, desde el espacio político Ahora La Plata, organizamos la segunda Peña Opositora: un encuentro que reúne a actores de diferente estirpe —en este caso, unidos en la intención de forjar una alternativa a los minions— para discutir sobre asuntos candentes de la agenda política. La trama de esta última mesa fue, justamente, analizar las posibilidades de concretar un matrimonio (duradero, simétrico y saludable) entre progresía y peronismo. Mariano Schuster (Nueva Revista Socialista) y Pablo Touzón (Revista Panamá), cada uno con su agudeza analítica, fueron los motores intelectuales de la reunión.
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Dejando a un lado determinados interruptores —"gorilas", "populismo", "funcionales a la derecha", "fascistas", "cipayos" — que, por lo general, cortan la corriente del debate, el intercambio arrojó interesantes disparadores para reflexionar sobre la articulación entre ambos espacios.
Empecemos por los escollos. La familia socialdemócrata —desde Alfredo Palacios, pasando por Oscar Alende, llegando a don Raúl Alfonsín— ha señalado con insistencia la falta de vocación constitucional del peronismo. La hibris, la ignorancia acerca de las fronteras que separan los tres poderes republicanos, la escasa tendencia a rendir cuentas y el afán por hacerse vitalicio del poder han sido algunas de las acusaciones más taquilleras.
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Ese dedo acusador, en más de una ocasión, lo ha compartido con el liberalismo vernáculo: sociedad polémica, que le ha generado más de una puntada a su estómago ideológico. Y el peronismo se lo ha cobrado. Con su recurrente análisis de relación de fuerzas y su campo analítico dicotómico, el justicialismo les ha echado en cara a los rojos que, en los momentos bisagras de la historia argentina, han errado —con ganas— de vereda política.
La ingeniería fue otra materia donde afloraron los matices. La centroizquierda ha buscado siempre construir, primero, su proyecto político. El horizonte programático, en este sentido, ha sido el factor cohesionador para configurar la fuerza. En torno al ideario se armó el dispositivo, recién después apareció la necesidad de una conducción. En cambio, el peronismo ha optado por una arquitectura inversa: en primer lugar, consolidar un liderazgo de fuste, magnético y ganador, y, posteriormente, calzarle a este un proyecto político a su medida.
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Los hechos, hasta hoy, le han dado la razón a esta última fórmula: el peronismo no se cansó de ganar elecciones, mientras la progresía, víctima de discusiones interminables (a veces, por comas ideológicas), en escasas ocasiones ha alcanzado el estatus de alternativa concreta de poder.
Y siguiendo las huellas del poder, emerge otra diferencia considerable: el proceso de acumulación. El paladar del progresismo ha sido muy fino: su perímetro empezó y terminó en la clase media urbana. Limitación que, electoralmente, pagará cada vez con más intereses: el país, al galope de la economía mundial, está sufriendo una dinámica concentradora que desintegra su espíritu mesocrático. El edificio social está cambiando notoriamente su fisonomía: se ensancha en su base, pierde pisos en el medio y la terraza se convierte en un club exclusivo para una minoría.
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El peronismo, en sentido contrario, desde sus albores se prometió asimismo transversalidad. Ha tenido piel con la clase trabajadora, el pobretariado (es decir, aquellos que deambulan por los márgenes del sistema), la burguesía, la Iglesia, el Ejército, por mencionar algunos estratos.
Esta impronta oblicua le ha valido al peronismo rotundos triunfos en las urnas, aunque también una esquizofrenia ideológica que lo condujo a un proceso (aún inconcluso) de atomización. Dicha descomposición se intensificó durante el crepúsculo del Frente para la Victoria y promete continuar. Como dice el diputado provincial del Frente Renovador, Juan Amondarain, estaríamos ante la segunda ola del Big Bang del 2001: en una primera onda, aquella crisis pulverizó a la Unión Cívica Radical como vehículo de representación; ahora, en la segunda marea, en la era poskirchnerista, parecería que es el turno del Partido Justicialista.
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Pero no todo son ceniceros por el aire, reproches y celos en esta pareja. También hay feeling. Por ejemplo, la sensibilidad social. Ambos comparten la defensa de los trabajadores, las pymes, los excluidos y la clase media: química suficiente para mantener on fire el romance y llevarlo al altar electoral. Sobre ese pedestal, se puede —y debe— constituir un polo amplio, moderno y de centroizquierda que confronte democráticamente con el Gobierno actual. Por ahí camina su destino. "O inventamos o erramos", diría Simón Rodríguez.
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