Cuando termine este blanqueo prematuro, primero, y desesperado, luego, probablemente se llegue a un total de adherencia muy importante, no necesariamente en la repatriación de efectivo, pero sí en la exteriorización de activos en el exterior, consideraciones que he sostenido desde su anuncio.
En términos de la economía, tal resultado no se transformará en inversiones, porque el sistema es antiinversión privada, ni tampoco hay lugar para grandes proyectos que no sean de gasto del Estado o de los socios del Estado. Sí es factible que aumente la recaudación al configurarse una base mayor o al crearse nuevas gabelas, como se intentará.
Tras disiparse el humo comunicacional, aparecerá el problema central: la economía negra. Parecería que se estuviera hablando de lo mismo, pero es otro fenómeno con mucha más trascendencia que la simple tenencia de activos no declarados. El 35% de la economía cotidiana y de los puestos de trabajo (usando un promedio grosero de las estimaciones) funciona en la marginalidad o cuasimarginalidad. Rápidamente vienen a la memoria las saladas y sus similares, las textiles en todos sus niveles y sus calidades, los "colombianos" de Mercado Libre, la industria de la construcción y la reparación de viviendas paraguaya y otros casos proverbiales, como el del servicio doméstico.
Se agregan los múltiples casos de "pasantes" en las actividades de salud, medicina y cosmética, los restaurantes, la compraventa de autos y otros bienes, y cuanta otra línea de actividad que el lector quiera aportar de su propia experiencia. A veces se trata de actividades y empleos totalmente marginales, y otras veces se utilizan mecánicas parciales de evasión de las que el consumidor es más o menos consciente. Manteros, pancheros, tacheros, dentistas, médicos, y siguen las firmas.
En una enorme mayoría de casos, no se trata de que mucha gente haya decidido que le apasiona vivir fuera de la ley y en la clandestinidad, sino de un sistema impositivo, legal, laboral, sindical y de legislación que hace inviable la existencia de la gran parte de las pymes, tanto por la agresión impositiva y normativa que sufren como por el resultado combinado de la fijación de salarios por métodos corporativos, a los que se agrega un sistema de cargas laborales insoportable y una parcialidad judicial donde el in dubio pro operario, traducido al argentino, puede llevar a la quiebra en un sólo fallo a una empresa familiar de cien años.
El legendario Hernando de Soto lo explicaba magistralmente en su emblemático El otro sendero, descripción que podría ser la constitución nacional de la patria grande, y que de algún modo toca esta semana el periódico The Economist en una nota bastante modesta. Lo que para un empleado de Shell o YPF, por caso, es trabajo esclavo, para un habitante del Conurbano sin otra posibilidad, puede ser la diferencia entre la vida o la muerte.
Luego del blanqueo y en un entorno mundial que no permitirá el dinero negro de cualquier origen (lo que colateralmente desembocará en que, luego de blanqueado, será gravado hasta el despojo), el problema en los países de América Latina en especial es un dilema de fondo. Si empujan a la bancarización de transacciones, como la obligatoriedad del uso de tarjetas de débito en los negocios tanto para comprador como para vendedor, por ejemplo, se hará desaparecer miles de empresas, que no tienen chance de transformación alguna, porque sólo son viables con este sistema y, con ellas, sus empleos precarios.
No descarto que algunos están haciendo fortunas con su actividad marginal y probablemente ellos podrían moverse hacia la formalidad sin cerrar, pero no será el caso en un número mayoritario de situaciones.
Pocas veces se notarán más claramente los efectos combinados de las cargas impositivas y regulatorias del Estado y del corporativismo y el monopolio sindical. Y para hablar sin tapujos, pocas veces se notará tan claramente el absurdo de los convenios colectivos por rama, que sacan del mercado a empleadores y trabajadores.
Un ortodoxo diría que una incorporación de toda la marginalidad al sistema ampliará la base tributaria y consecuentemente bajará el peso colectivo de esos costos, por ejemplo en IVA, impuesto a débitos y créditos bancarios, ingresos brutos, aportes patronales y personales, obras sociales, aseguradoras de riesgo del trabajo (ART) y otros gravámenes. Eso es sencillamente irreal. No ocurrirá.
Queda, por último, la realidad no descartable de que muchos consumidores pueden mantener un cierto nivel de alimentación y consumo comprando en estos negocios marginales, como ocurre visiblemente en las saladas y en tantos otros puestos de venta de frutas en las calles.
¿Qué camino se tomará? La percepción de riesgo y la coerción no alcanzan en estos casos. O se tratará de solucionar un problema y se crearán tres. Sería peligrosamente optimista creer que el corporativismo nacional puede producir el millón de empleos con que soñó Mauricio Macri, de todos modos una cifra mucho menor de la que haría falta para reemplazar el empleo ilegal, más el cuentapropismo ilegal.
Incorporar a todo el otro sendero a la economía formal implica un blanqueo del pasado en todos los órdenes. Fiscal, laboral, aduanero, marcario y, a veces, hasta penal. También implicaría aceptar que 35% de los trabajadores no puede conseguir empleo sino a esos sueldos marginales y sin los costos laborales pertinentes, y legislar para adelante en consecuencia. Un verdadero sistema de monotributo, más parecido al de las pymes italianas que al argentino. También requeriría un blanqueo para los cientos de miles de casos de marginalidad parcial, tanto comercial como laboral.
No hay ninguna razón para pensar que lo que no cerraba económicamente hasta ahora va a funcionar de aquí en más. Con lo que resolver el problema requeriría un consenso de todo el sistema. Primero, para perdonar el pasado y, luego, para aceptar que habrá discapacitados económicos a los que se deberá permitir competir de acuerdo con sus limitaciones.
Estos planteos suenan inviables, pero, antes de calificarlos, habrá que preguntarse si lo disparatado no es haber creado un sistema de proteccionismo empresario y sindical donde la competencia es escasa o nula y donde el precio del trabajo, compuesto del salario y todas sus cargas, se fija por mecanismos corporativos y por leyes y no por ninguna alternativa de competencia razonable o que guarde alguna relación con la economía real, ni la oferta y demanda. Y, por supuesto, un gasto delirante, irresponsable y suicida que condena al expolio impositivo.
Lo que hace viable nuestra economía de posguerra mussoliniana y prebendaria es la marginalidad. De lo contrario, no alcanza para todos. Es como un marxismo de derecha que termina siempre del mismo modo, con las mismas frases, las mismas explicaciones y las mismas consecuencias. La marginalidad es la respuesta de la calle a la prebenda, el proteccionismo, el robo empresario-estatal-sindical y el impuestazo sistémico.
No es el otro sendero el que debe eliminarse. Es nuestro sendero el que debe cambiar.
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