En vísperas del Día Internacional de las Personas de Edad, resulta oportuna una reflexión en torno a la lógica actual de participación de nuestros mayores en la vida social.
En primer lugar, una efectiva inclusión implica un proceso en tensión permanente, que, en el caso concreto de los ancianos, se debate en un contexto polarizado entre la vigencia y la obsolescencia. Están, por un lado, los aún aptos y, por el otro, los que atravesaron ya su fecha de vencimiento. Más allá de la ironía, es claro que la sociedad del consumo descarta lo que sobra, y lo que es viejo sobra, por lo que se fuerza su reemplazo. Es común hoy demarcar el terreno sobre la base de la utilidad, con una racionalidad eficientista que margina lo que no alcanza determinados estándares. Así, la caducidad de los objetos y los artefactos parece hoy extender su influencia hacia otra esfera: la de las personas.
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Pensemos cómo es la actitud que asumimos hacia los ancianos. La exaltación de la juventud como valor absoluto trae aparejado que nos empeñemos en parecer jóvenes, y que el tránsito hacia la vejez se vivencie de manera crítica. Pero hay algo más. Algo más profundo que va tallando nuestra percepción de la realidad y acomodando el foco de nuestro análisis dentro de un ambiente de usos múltiples: el paradigma actual ignora a los adultos mayores, vuelve la cabeza hacia otro lado, los relega a la periferia de la existencia.
Paradójicamente, la población mundial envejece a paso acelerado y desde el ámbito científico se multiplican los esfuerzos por prolongar la vida de calidad. No obstante, el sentido final de todo progreso se perderá inevitablemente si no atinamos a generar oportunidades reales de participación comunitaria y social para nuestros mayores. La segregación y el abandono se ciernen hoy como una sombra sobre cualquier avance auspicioso.
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En el nuevo escenario global, signado por la velocidad de la comunicación y la información, debemos estar presentes todos. Personas de edad inclusive. Es necesario que construyan su nuevo papel desde la permanencia, desde la búsqueda de la equidad dentro del colectivo heterogéneo y diverso que los contiene. Empoderamiento, superación de brechas, integración cultural, profundización del sistema de apoyos, respeto por la intimidad, reconocimiento de la dignidad intrínseca, afianzamiento de la solidaridad intergeneracional, revalorización de la experiencia: son propósitos de un plan de acción que coloca al adulto mayor en el centro de la escena. Es preciso instalarlo en la agenda pública y no sólo como destinatario, sino fundamentalmente como agente.
¿Si empezamos por la familia? Este será quizás el reto más arduo. ¿Cómo lograr una convivencia armónica? ¿Cómo asumir el propio papel en una dinámica compleja y cambiante? Abordar la problemática que se presenta a partir de la extensión de la expectativa de vida de sus miembros es un pendiente al que deben dirigirse nuestros mayores esfuerzos. Tal vez como nunca en la historia debemos aprender a vivir coexistiendo a la par de ancestros y descendientes; esto nos exige profundizar nuestra disposición empática, abrirnos a la diversidad y potenciar los vínculos a través del diálogo y el encuentro. Implica un compromiso vital y definitivo.
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Como seres humanos, caminamos hacia la vejez. Cuánta riqueza podemos hallar en el intercambio con los que nos preceden, cuánto más podemos aprender si disponemos los medios para que compartan su madurez y su sabiduría. Pues, es precisamente en la última etapa de la vida en la que los círculos de la trayectoria individual se cierran y adquieren sentido. Es en este período cuando la apertura al entorno arriba a un punto culminante: trascender en los otros. Proyectarse en los seres más próximos, en la propia descendencia, para retroalimentar así la experiencia vital. Con serenidad, redefiniendo tiempos y espacios, y avanzando decididamente hacia la plenificación personal.
Podemos vencer los estereotipos creando nuevas metáforas. Dejemos atrás los ocasos y emprendamos un camino en ascenso. Llegar a anciano es un privilegio. Sin dudarlo, próximos a la cumbre, nuestra visión devendrá en cosmovisión. Será, a un tiempo, panorámica y amplia, retrospectiva y profética, sabia e inclusiva.
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La autora es profesora del Instituto de Ciencias para la Familia de la Universidad Austral.
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