La señora de Estela de Carlotto dijo que están preocupados por la violación de "otros derechos humanos en la Argentina". Sería interesante que la señora identificara cuáles son esos derechos violados hoy en el país y quién es el violador, porque una denuncia de tamaña magnitud no puede hacerse con ese grado etéreo de irresponsabilidad que siembra dudas por todas partes y da lugar a presunciones desagradables.
La señora de Carlotto y su organización han sido beneficiarios de enormes y complacientes favores durante el kirchnerato. En todos los casos, esos favores involucraron dineros públicos, fondos de todos nosotros.
El manejo de por lo menos parte de ese dinero nunca estuvo claro y la pátina de los derechos humanos siempre actuó como un escudo protector contra todo aquel a quien siquiera se le ocurriera la peregrina idea de preguntar.
Las organizaciones de este tipo siempre deberían cuidar muy bien su relación con el Gobierno. Se supone que el violador por excelencia de los derechos humanos es el Estado, con lo que el vínculo entre quien pretende protegerlos y su eventual violador debe ser siempre de desconfianza y distancia. Pues bien, durante el kirchnerismo ocurrió todo lo contrario.
Los Kirchner, que jamás habían levantado un dedo por esa lucha, se apropiaron, de la noche a la mañana, de esa bandera a fuerza de dinero, cargos y privilegios, y la explotaron políticamente a su favor.
Ese entramado turbio por supuesto que se ha modificado con el ascenso de Cambiemos al Gobierno y ese giro en el escenario ha puesto nervioso a más de un preocupado por la defensa de los derechos humanos.
Obviamente que la señora de Carlotto, que hizo ese comentario en ocasión de presentar al nieto recuperado número 121, olvidó que ese mismo día, cuarenta y un años atrás, probables camaradas de los padres de cuyo nieto Carlotto dio cuenta ayer entraban, a sangre y fuego, en una dependencia militar de Formosa y del aeropuerto de Resistencia y mataban, según el propio "parte de guerra" de Montoneros a más de cuarenta personas (a quienes ellos identificaban como enemigo).
La mayoría de las víctimas fueron conscriptos que estaban haciendo el servicio militar (y en ese momento durmiendo o duchándose), entre ellos Antonio Arrieta, Heriberto Dávalos, José Coronel, Dante Salvatierra, Ismael Sánchez, Tomás Sánchez, Edmundo Sosa, Marcelino Torales, Alberto Villalba y Hermindo Luna, como así también el subteniente Ricardo Massaferro y el sargento Víctor Sanabria.
La señora de Carlotto y, por cierto, el Gobierno de los Kirchner, nunca repararon en los derechos humanos de las familias de esos pobres muchachos. Ellos no eran "humanos", eran el "enemigo".
Quienes entraron a sangre y fuego ese 5 de octubre de 1975 a aquel lugar de la Argentina profunda sí fueron "indemnizados" por pertenecer a la juventud idealista y maravillosa que fue desaparecida por la dictadura militar.
¿Se habrá referido Carlotto a esa deuda aún pendiente respecto de los derechos humanos de los conscriptos del Regimiento de Monte?
Esa juventud fue la que habló de "guerra", de "enemigo", de "parte de guerra"; fue esa juventud la que libremente eligió disfrazarse usando uniforme y equipamiento militar para darse el gusto de jugar a los soldaditos con gente de verdad. Cuando la "guerra" fue respondida con "guerra" y resultaron derrotados en esa contienda, corrieron gritando como los chicos: "Señorita, señorita, me pegó".
Lo que ocurrió en la Argentina hace cuarenta años fue una desgracia por la que seguramente ningún país quiere pasar. Pero fue una desgracia con un origen. Ese origen es el que Carlotto, otras organizaciones como la suya y parte de la sociedad no quiere aún aceptar.
La pretensión de la toma violenta del poder, incluso cuando en la Argentina gobernaba el peronismo que había accedido al gobierno por la decisión de elecciones libres, no fue un invento caído del espacio como un meteorito. Fue la decisión enloquecida de un grupo elitista, soberbio y engreído que quiso arrogarse los derechos y las atribuciones del pueblo con el formato de un fusil.
Fue un gobierno civil el que ordenó "aniquilarlos" y un gobierno militar el que echó manos a métodos que jamás debieron utilizarse desde el Estado y desde la civilización: esos métodos eran, justamente, los que definían el accionar de la delincuencia que atacaba a inocentes; nunca debieron ser los que se usaran para defenderlos.
Por eso, no se puede decir hoy, alegre e irresponsablemente: "Hay otros derechos humanos que se violan en la Argentina", porque esa incitación velada, sin detalles, sin decir cuáles son los derechos y quiénes los violadores, es una manifestación ladina y tendenciosa que no hace otra cosa que recrear escenarios de los cuales el país precisa, justamente, salir.
Quizás muchos podrían esperar otras posturas de Carlotto, que, milagrosamente, se ha ganado un velo de inmunidad que nadie sabe de dónde viene. A mí, sin embargo, viniendo de ella, no me sorprende nada.
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