El acuerdo de cooperación para pacificar Siria —a través de una salida política— entre los Estados Unidos y Rusia ha sido cancelado, según fuentes de la Casa Blanca. Las razones de tal decisión de Washington se basan en el quebrantamiento al cese del fuego acordado semanas atrás en el que la administración Obama acusa a Rusia y al régimen de Bashar al Assad de incumplir lo acordado.
El hecho es que los países centrales no han comprendido que cualquier política de la dirigencia rusa o estadounidense que permita a los gobiernos árabes opresivos continuar con sus designios habrá de naufragar en el fracaso más estrepitoso. La única esperanza para revertir el avance del islamismo en los pueblos árabes consiste en centrarse en el individuo como ciudadano.
Al enfrentar la realidad, Moscú y Washington deberían tener presente que la historia siempre ha defendido el lugar de los justos, de los hombres y las mujeres de bien. Cualquier hecho o circunstancia que se pretenda distorsionar o falsear con respecto a la verdad histórica ha tenido y seguirá teniendo sus responsables, y ellos habrán de ser quienes ocupen el lugar del olvido histórico y la degradación.
En Europa, los Gobiernos de Francia, Bélgica y Alemania han decepcionado y desprotegido a cientos de sus ciudadanos al relativizar el peligro de la expansión islamista en sus países; así, sucumbieron en la vulgaridad de la mentalidad culposa europea.
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Conozco lo complejo que es provenir del mundo árabe, tener un criterio independiente, dar a conocer y sostener verdades históricas que muestran palmariamente cómo se ha destrozado la riqueza de una cultura milenaria hasta llevarla a lo más oscuro de la decadencia en materia de ideas que rinden culto a la desgracia y a la muerte.
No menos dificultoso es venir del mundo árabe y pretender ser libre. Hay que tener cierta fortaleza para alzar la voz contra las injusticias que los gobiernos dictatoriales llevan adelante sobre sus ciudadanos. Lo mismo para hablar del escaso porcentaje de alfabetización, la falta de políticas en materia de salud y educación, la migración de zonas rurales a las ciudades, la inequidad del desempleo entre los jóvenes, los descontrolados presupuestos y los gastos en armamento de las fuerzas de seguridad para reprimir a sus propios ciudadanos, y de los increíbles niveles de corrupción entre los dirigentes políticos.
Como sea, la problemática no se agota en estas situaciones de inequidad, como piensan algunos gobiernos occidentales. El virus endémico del terrorismo tiene raíces mucho más profundas, para desgracia de los pueblos árabes y se debe, principalmente, a una idea preconcebida, un marco mental que adquiere forma y se proyecta en la raigambre pesimista y fatalista sobre el futuro. Esto, lejos de justificar acciones violentas, genera una cosmovisión que da lugar a un sentimiento de desesperación difícil de superar, y facilita posiciones extremas aprovechadas en los últimos 60 años por no poca dirigencia política árabe inescrupulosamente criminal.
Así, pues, cualquier política de la dirigencia occidental, rusa o estadounidense, que permita a los gobiernos árabes opresivos continuar con sus designios habrá de fracasar estrepitosamente, como viene sucediendo hasta el presente.
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La única esperanza para revertir el avance del islamismo radical en los pueblos árabes y detener la violencia en Siria y otros países de la región consiste en centrarse en el individuo. Muchos Gobiernos árabes estimulan las posiciones sectarias augurando visiones de un futuro oscuro que genera impotencia en sus poblaciones; ello ha sido lo que llevó a la parálisis colectiva de la cultura árabe, como se aprecia hoy en día. Este marco no beneficia; por el contrario, ha provocado guerras, matanzas tribales, una espiral de odio que excluye cualquier esperanza, y ha sido el epicentro donde todos los males han tenido la posibilidad de instalarse, lo que facilita el camino a la propia destrucción de valores culturales que han precedido lo más rico de la historia de los pueblos árabes.
En otras palabras, si Occidente pretende tratar al mundo árabe bajo sus propios parámetros idiosincrásicos, sólo se dará de nariz con su propia frustración. Los pueblos árabes necesitan mirarse a sí mismos y comprender que, para acabar con sus males, deben germinar revoluciones con ideas innovadoras desde dentro, y ello no significa que los cambios deban ser traumáticos ni violentos. Los árabes tienen que aprender a ser y reconocer lo que son y no a vivir de lo que han sido o soñar lo que serán, menos aún en las actuales condiciones.
Occidente debe ayudar mostrando el camino para salir de la impotencia y el desencanto con alternativas e ideas que muestren un camino de esperanza y cambio, con un mensaje claro y directo al mundo árabe. Los pueblos sin esperanza y sin expectativas reales son pueblos condenados a la decadencia. Sus estándares de modernidad y progreso quedan en el más oscuro pozo del pasado, a riesgo de caer en la violencia y el descontrol, como el actual caso sirio.
En el mundo árabe actual será difícilmente posible un cambio positivo en pos de rescatar una cultura milenaria y rica, mientras haya violencia y dictaduras, sean ellas teocráticas o laicas. Si la realidad del mundo árabe es el conflicto sirio o los escenarios de destrucción como en Libia o Irak, donde el odio y los crímenes entre chiítas, alawitas y sunitas crecen en forma exponencial y alocadamente, habrá poca esperanza. Si las nociones sectarias acaban por dominar el imaginario árabe con ideas radicales, tampoco será auspicioso el futuro, más bien será sombrío. El mismo escenario desesperanzador y negativo tendremos si los fanáticos logran imponer su visión a la del resto del mundo árabe musulmán.
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La esperanza de los pueblos árabes islámicos en destrabar el controversial interno reside en cada ciudadano árabe. Cuando logren pensar y expresarse en libertad, sin sentirse inhibidos por aspectos religiosos, allí se habrá dado el primer gran paso hacia el modernismo. Hoy es difícil pensarlo, pero lograrlo es posible.
El final del camino no es oscuro para los árabes musulmanes, hay un futuro, pero deberán desarrollar un necesario e inteligente esfuerzo ético y moral para contrarrestar su propia historia. De otro modo, la libertad, paso previo y elemento necesario para que la democracia evolucione exitosamente frente al terrorismo islamista, no será más que una entelequia, un tema vacío y diálogos estériles condenados de antemano al fracaso eterno.
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