
Cristina Kirchner le ponía a la búsqueda y denuncia de sus circunstanciales enemigos la misma pasión que Mauricio Macri a la convocatoria de inversores. Somos la misma sociedad que decide democráticamente cambiar de rumbo como si una veleta manejada por los vientos de turno nos enfocara hacia rumbos salvadores. Historia repetida que se encamina a ciclos exitosos que nunca pueden superar esa limitación, la de ser ciclos; etapas que vivimos como definitivas hasta que una nueva crisis nos anuncia que debemos volver a la realidad.
Hubo un tiempo donde privatizamos los servicios públicos, convocamos a la mano invisible del mercado hacia esos lugares donde al no haber competencia no hay mercado. Inventamos el festival del subsidio, dejando en manos privadas el destino de los dineros del Estado generando así una nueva variante de la corrupción. Y no solo dejamos esos servicios en manos extranjeras sino que, además, no nos ocupamos de controlar el nivel de sus ganancias, generando entonces un capitalismo de saqueo, pariente lejano de aquel de iniciativa privada, inversión y libre competencia que nos ofrecieron conocer.
Es difícil oponerse a algunas propuestas: la sociedad necesita esperanzas y la oposición a veces ofrece sólo el espacio de la crítica. Convocar inversores no es criticable, por el contrario, puede ser meritorio, siempre y cuando hayamos logrado construir juntos un modelo viable de sociedad.
Hubo Davos y anti-Davos, ambos grupos tuvieron fuerza y ocuparon espacio en el pasado reciente; en rigor, la crítica más concreta es que los intereses económicos no pueden ser los que ocupen el espacio de la política. Y es ahí donde uno encuentra las diferencias más profundas con el Gobierno actual.
Es importante asumir que uno volvería a votar por Macri y que es mucho lo que avanzamos en revalorizar las instituciones desde ese resultado electoral. Cada vez nos queda más claro que el posible triunfo de Scioli nos dejaba en manos de una rara combinación entre progresismo y corrupción, donde los avances en justicia social eran discutibles mientras la corrupción con sus resultados superaba la más fantasiosa de las expectativas. Eso para mí esta fuera de discusión, luego viene la pregunta de fondo: ¿alcanza solamente con ser mejores que aquella atrocidad que logramos superar? Y ahí nacen los espacios de la duda, porque si el Gobierno anterior jugaba al odio como motor de su crecimiento, la nueva administración no puede intentar otra patriada solitaria convencido de tener la brújula que nos saca del laberinto.
Concluyó el Foro de Inversiones con muchos halagos y pocos dólares para obras https://t.co/6mdAt2z3lD @SticcoDaniel pic.twitter.com/COkoioQcmw
— infobae (@infobae) 16 de septiembre de 2016
Necesitamos un Davos de la política, un debate entre todos para redefinir el rumbo que guía nuestro derrotero. Hemos recuperado el Congreso, hasta ahora es mucho lo avanzado en diálogo y en leyes; sólo derrotar a la secta de fanáticos hoy en disolución es en sí mismo un avance significativo. Pero no alcanza. Más allá de necesitar inversiones estamos obligados a revisar un conjunto de supuestas obligaciones que nos impiden crecer como sociedad.
Un amigo me decía que con apenas observar la lista de las grandes fortunas nacidas en las últimas décadas nos vamos a encontrar con que casi todas ellas están ligadas a quedarse con las riquezas del Estado. Incalculables riquezas reunidas a partir de incrementar la pobreza colectiva. Tanto Menem como los Kirchner hicieron exactamente lo contrario que hubiera hecho Perón, o Irigoyen o Frondizi, eligieron un camino marcado por la decadencia a partir de confundir liberalismo con falta de proyecto colectivo.
No propongo la imposición del anti-Davos, sostengo que la salida exige el esfuerzo de ponernos de acuerdo sobre qué inversiones necesitamos y qué proyecto de sociedad decidimos tener.
Soy un convencido de que nuestra verdadera decadencia arranca con el supuesto liberalismo económico de la última dictadura y se exacerba con la irracional destrucción del Estado llevada a cabo por el gobierno de Menem. Sobre esa decadencia nada hicieron los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner, ellos se ocuparon de perseguir a los disidentes pero nunca de ponerle límite a los saqueadores del Estado por todos conocidos. Peor aún, en la mayoría de los casos se asociaron con esos intereses tan nefastos para el desarrollo nacional.
Lea más:
–Alfonso Prat-Gay: "El Foro de Inversiones nos entusiasma, hay mucho interés por la Argentina"
Somos una de las pocas sociedades en el mundo que no apoya el desarrollo de sus pequeños y medianos productores; por el contrario, sin crédito y con impuestos desmedidos se dedica oficialmente a favorecer la concentración. Estamos dando algunos incipientes pasos en ese sentido, pero desde la desmesura del juego a la concentración de los supermercados todo indica que transitamos un camino que no nos lleva a buen puerto.
Pude leer con asombro una confrontación entre el Presidente de la Sociedad Rural, Luis Miguel Etchevehere, acusado de "demagógico" por un personaje que representa a ASU, la Asociación de Supermercados Unidos. Encontré en este enfrentamiento un límite real y concreto al supuesto y absurdo pensamiento que imagina que "todo lo resuelven las leyes del mercado". Lejos estoy de ser estatista, apoyo la iniciativa privada, pero esto implica luchar en contra de su peor enemigo que a veces es el Estado y otras muchas, la concentración de los intermediarios privados. Necesitamos inversores, pero antes definir el modelo de sociedad sobre el cual convocarlos a dedicar sus esfuerzos.
Mauricio Macri tiene dos caminos: uno, imaginarse dueño de la receta que nos saca de la crisis, con lo que estaría haciendo lo mismo que todos sus fracasados antecesores. Y el otro, convocar a un diálogo que nos permita elegir un rumbo colectivo. Solo este último nos permitirá salir de la crisis y a Macri trascender como gobernante. El resto ya lo conocemos, es transitar una esperanza pasajera.
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