La historia de la Argentina es la historia de la inflación. Desde que se creó el Banco Central (BCRA), en mayo de 1935, el país ha vivido un flagelo constante contra el poder adquisitivo de su moneda. Prueba de esto es que, entre 1941 y 2015, Argentina posee una inflación promedio anual de 148 por ciento. Más aún, tomando años más recientes, la historia no es muy distinta. La inflación acumulada de Argentina para el período 2008-2015 es de 517 por ciento. Lo interesante es que, para el mismo período, la región sólo tuvo una inflación promedio acumulada de 48% (exceptuando a Venezuela). ¿Por qué la región no sufre este flagelo?
La realidad es que los países vecinos tenían los mismos problemas inflacionarios que Argentina hasta mediado de los noventa. La diferencia es que ellos sí aprendieron la lección; en consecuencia, lograron controlar la inflación y la llevaron a un dígito. Incluso en muchos casos por debajo del 5% anual. Lamentablemente, la discusión acerca de la inflación sólo se da en Argentina y en Venezuela, mientras que en la región (y el mundo) ya es un debate obsoleto y superado. La lección aprendida por la región es simple: a mayor emisión, mayor inflación. En concreto, la inflación es un fenómeno estrictamente monetario. En la década de los noventa, la región moderó drásticamente la emisión de dinero y el resultado fue una inflación que se encuentra en un promedio del 7% para la región. Esta es la importancia de que el Banco Central sea independiente, actúe de manera autárquica, y no que responda a intereses políticos.
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En estos días, el BCRA de Federico Sturzenegger se encuentra ante una oportunidad única. Argentina tiene la posibilidad de converger hacia la situación regional si modera su emisión monetaria, tal como lo hicieron los países vecinos. En este sentido, tuvimos un buen comienzo. La variación anual de la base monetaria se redujo de 47% en diciembre 2015 a 24% en agosto. Debido a que los efectos de la emisión poseen rezagos de entre 12 y 18 meses, el impacto aún no puede evidenciarse. Pero lo que sí está claro es que, si se continúa por este camino, la inflación comenzará a ceder. La tarea no es sencilla, y además no es de corto plazo. Sin embargo, esto no debería ser un obstáculo. A los países de la región también les llevó varios años alcanzar inflaciones bajas de un dígito.
El riesgo se encuentra en el déficit fiscal. El BCRA podrá lograr una tendencia sostenida de reducción de la inflación en tanto y en cuanto continúe con su política contractiva y no financie al Tesoro Nacional. Seguramente esto no ocurra en shock, pero debería gradualmente apuntar a ese objetivo. Sólo así se reducirá la inflación de una vez por todas y Argentina se pondrá a tono con la región.
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En este contexto, resulta de suma importancia que el Banco Central explicite puntualmente las metas inflacionarias del 2017-2018. Cuidado aquí: está claro que se habla de un 17% anual para el año entrante, pero es importante aclarar que esa cifra sólo puede alcanzarse si se la mide punta final (diciembre contra diciembre) y no promedio. Debido a que estamos entrando en un proceso deflacionario, la inflación punta será menor a la promedio y esto es importante en lo que respecta a generar expectativas positivas.
Tal como se mencionó, lo ideal es que el Banco Central sea autárquico y no asista el Tesoro Nacional. Sin embargo, es poco creíble en el corto plazo. Por eso, suma mucho que el presidente del BCRA haya logrado un acuerdo con Alfonso Prat-Gay de que la entidad monetaria transferirá como máximo 120 mil pesos al Tesoro Nacional en el 2017. De cumplirse este acuerdo, la reputación y la credibilidad del BCRA crecerán mucho. De todos modos, es importante continuar reduciendo la dependencia aún más si queremos que los menores niveles de inflación se perpetúen en el tiempo.
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Finalmente y pensando más a largo plazo, una vez que la inflación converja al 5% anual, sería el momento de reformar la Carta Orgánica para establecer como único objetivo del BCRA la preservación del valor de la moneda y prohibir la asistencia al Tesoro.
En conclusión, eliminar el flagelo de la inflación de forma definitiva es posible en el largo plazo. Pero se debe, en primer lugar, respetar la autonomía y la independencia del BCRA. Además, generar credibilidad y reputación al acompañar con metas claras de inflación. Si recuperamos esta conciencia, las posibilidades de obtener estabilidad monetaria en el largo plazo comienzan a ser concretas.
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@ivancachanosky
El autor es analista económico de Economía y Regiones.
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