Existe un doble escenario que se requiere para que la nación arranque nuevamente. Por un lado, el deseo y la necesidad de que el país reciba inversiones de capitales extranjeros que estén dispuestos a apostar por el futuro de la República Argentina. Por el otro, que el blanqueo sea un éxito y que se repatrie el capital que los argentinos tienen en el exterior. La premisa para que ambas posibilidades prosperen es que exista previsibilidad, reglas claras y seguridad jurídica.

Previo aún a todo ello es que se dé el pacto de fiducia. Es decir, que el país inspire confianza. Todo muy complicado. Muchos funcionarios del más alto nivel han expuesto públicamente que prefieren mantener invertido su dinero en el exterior, por considerar que se trata del reaseguro familiar y que todavía no están dadas las condiciones para retornarlo. Ciertamente, difícil pedirle a un extranjero que confíe en el país si sus propios funcionarios no lo hacen. Lo mismo sucede cuando se traslada esta situación a la repatriación de capitales por parte de los ciudadanos argentinos invitados al blanqueo. Por un lado, ven que quienes los invitan a reingresar sus bienes no lo hacen con los suyos propios. "Haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago".

Paralelamente, se ofrece como incentivo para hacer más tentador el blanqueo invertir en bonos argentinos para sortear el impuesto a los bienes personales, pero inmediatamente surgen voces desde la oposición que sugieren gravar con un nuevo impuesto la renta financiera. A la luz de los atropellos que nos han tocado vivir a los argentinos a lo largo de los últimos 30 años, donde hemos sufrido "ahorros forzosos", "desagios", "corralitos y corralones", todas estas incertidumbres, definitivamente, no ayudan a generar convicción de que esta vez las promesas y el escenario serán distintos. Seguramente el dinero invertido fuera del país se exteriorice. No por mérito propio ni por la expectativa que genere el gobierno, sino por causas exógenas; ello es, por cuanto la lucha contra el lavado, el terrorismo y el narcotráfico en la que el mundo parece haberse dispuesto a confluir favorece a correr el velo del secreto y la privacidad, y a exponer, en consecuencia, al inversor frente al organismo de contralor fiscal. Pero una cosa es la exteriorización del dinero y otra muy distinta, la decisión de retornarlo al país.

Desgraciadamente, la Justicia nunca estuvo del lado del ciudadano cuando se rompió el pacto de confianza. Siempre avaló las medidas que atentaron contra su derecho de propiedad. Para el inversor extranjero, al igual que para el argentino que decida repatriar su dinero, la seguridad jurídica es un requisito ineludible, insoslayable. De momento, no descubro nada si manifiesto que todavía no están dadas las condiciones para confiar en nuestros jueces y nuestro Ministerio Público. Asistimos a diario a la confrontación interna que existe entre ellos. Entre los que quieren aplicar la ley y los que prefieren hacer política. Entre los que optan por investigar y los que se desviven por justificar y desalentar causas, o privilegiar su ideología. De uno y otro lado, son muchos más los cuestionados que los indubitados. Lo que está sucediendo alrededor de las tarifas tampoco ayuda a generar la confianza ni el orden que la nación debe transmitir y reflejar al mundo.

Dentro del propio Gobierno se levantan voces que cuestionan metodología y aumentos. Al final del día, ni las empresas concesionarias de los servicios, ni el Gobierno concedente, ni los usuarios saben cómo termina esta película. Todo muy desordenado e imprevisible; no hay reglas claras. Frente a este cuadro de situación, se representa como bastante improbable que el inversor extranjero vea a nuestro país como un destino atractivo para confiar y traer su dinero. Del mismo modo que cuesta creer que el blanqueo no se agote en una mayor exteriorización más que en una verdadera repatriación. El Gobierno recién está comenzando su administración, y lo conforman hombres de buena fe. Ojalá consiga imponer, en lo que viene, reglas claras que otorguen la previsibilidad y la certeza necesarias para hacernos atractivos al mundo y a nosotros mismos.

 

El autor es abogado. Socio titular del estudio Doctores Porcel, fundado en 1921.