El presidente Mauricio Macri, en su actitud de bondad universal, viene predicando, pese a las pedradas, la necesidad de eliminar lo que se dio en llamar la "grieta", un tajo en nuestra sociedad, máxima herencia kirchnerista. El Papa se ha sumado, si bien asimétricamente, a la misma prédica.
La paralela necesidad de gobernabilidad, fruto de la supuesta decisión democrática del pueblo en las últimas elecciones, ya se ha visto plasmada en muchas decisiones tomadas y no tomadas por Cambiemos.
Sería infantil creer que esa grieta es ideológica o política, o que la brecha se gestó sólo durante los últimos 12 años fatales, y también sería pueril pensar que sólo es uno el tajo que surca la piel de la república.
Más precario sería pretender que esas brechas se cerrasen como si tal cosa, por obra del acuerdo, el voluntarismo, el perdón o el olvido. Como un tejido infectado y muerto, que debe ser removido para que se pueda iniciar la cicatrización, muchos tajos en la piel de nuestra sociedad supuran e hieden.
El desprecio insalvable de una buena parte de la población hacia los jefes de la banda kirchnerista no se debe tampoco a reivindicaciones históricas; ellas fueron la excusa, la justificación, el relato de una destrucción masiva, pergeñada con fines de robo y toma de botín. Sólo se salda con la justicia.
Esa justicia está por verse. El riesgo de que se diluya en acuerdos que muchos adivinan y que se inician en la noche misma de la elección, en nombre del fin de la grieta, no es menor. La necesidad de gobernabilidad, trampa en la que caímos a causa de la boleta sábana, la lacra de nuestra democracia, puede ser la razón-excusa que se esgrima en ese proceso. El proyecto de ley del arrepentido duerme en el mismo estante donde yacen aquellos sueños de Laura Alonso sobre los contratos con Chevron y la investigación sobre las coimas de que se acusa a Pan American Energy en la concesión de cerro Dragón.
¿Qué grieta quiere cerrar Macri? No hay cicatriz posible entre Julio de Vido y Juan José Aranguren, y los actos y las conductas que representan. Tampoco es posible encontrar puntos de acercamiento entre cualquier persona decente y Hebe de Bonafini, no sólo por su accionar delictivo y depredador, sino por su actitud sociópata, irreconciliable con el modo de ser de alguien normal. Nadie quiere soldar el tajo con Estela de Carlotto, ni con Susana Trimarco, ni con Milagro Sala, cada una en su especialidad. Más bien esa brecha debería profundizarse y convertirse en un foso con cocodrilos.
No parece que una estudiante, un trabajador o un profesional tendrían interés en compatibilizar sus ideales y sus esperanzas con un barrabrava, un trapito violento o un golpeador. Ni con un homínido que cree que las mujeres quieren ser violadas y lo pregona por los medios, o con los muchos quemadores (sic) de género, o con los que inventaron 30 mil desaparecidos para darles subsidios compartidos a sus supuestos familiares y ahora defienden esa mentira para no ir presos.
¿Qué reconciliación puede haber con las cientos de Rosaditas que caracterizaron y viabilizaron el despojo al que se sometió a la sociedad con los que vaciaron el PAMI, entregaron remedios falsificados a los enfermos de cáncer, o destrozaron y destrozan la educación pública? Pregúntese el lector si quiere cerrar esa grieta o si más bien la quiere acentuar con rejas de por medio. Y habría que preguntarles a los tucumanos que pagaron la fiesta si quieren reconciliarse con José Alperovich, o a los santiagueños humillados si desean cerrar la brecha con Gerardo Zamora.
Elisa Carrió, que pronto volverá a ser llamada loca, pero esta vez por sus amigos de Cambiemos, sigue señalando con su dedo republicano a los portadores de los huevos de la serpiente que están enquistados en las nuevas estructuras. ¿Serán esas presencias, que se defienden tercamente, el modo de cerrar la grieta?
Los que blanquearon el fruto de su corrupción con el sistema de Cedines no fueron jamás denunciados por el Banco Nación a la Unidad de Información Financiera, como correspondía (Recordar que los bancos privados no quisieron participar del atropello). Pero tampoco ahora se remedia esa omisión dolosa, pese a la responsabilidad penal que pone la ley en cabeza de los funcionarios. Cerrando la grieta, se llamaría.
¿Alguien tiene interés en reconciliarse con los que asesinaron a Alberto Nisman y firmaron un pacto delirante, corrupto y antipatria con Irán? Y no se trata de los tres o cuatro delincuentes visibles que lo defendieron. Se trata de estructuras estatales comprometidas gravemente en aberraciones impensables.
¿Alguien se quiere reconciliar con los Moreno, Szpolski, Eskenazi, Báez, López (2), D'Elía, Fernández de Kirchner, Scioli, Aníbal, Zannini, para citar sólo los nombres de unos pocos de los ejecutores visibles?
No habría que equivocarse y pensar bondadosamente que se trató de unos pocos malos que contaminaron el sistema. Se trata de muchos, que se trasvasaron al kirchnerismo, pero que están escondidos en las estructuras institucionales y partidarias desde hace rato. Esos muchos que hoy siguen influyendo, opinando, recomendando, liderando y gobernando, conspicuamente o no.
Nuestro sistema democrático es monopolizado por los partidos, que si bien no son los inventores de la corrupción y del mal, los canalizan y viabilizan con envidiable eficiencia. Tienden un manto de anonimato, respetabilidad y dilución de responsabilidad sobre cualquier barbaridad que se perpetre contra los intereses de la población. A eso se le llama gobernabilidad y cerrar la grieta.
El kirchnerismo aportó nombres y prácticas demenciales nuevas. Recicló nombres de viejos protagonistas políticos, empresarios, sindicales, futbolísticos, los mezcló con nuevos canallas o los puso a su servicio, y así ganó su década. La pregunta de oro es si esa nueva clase se ha extinguido con la derrota electoral. La respuesta sigue siendo "está por verse".
Las concepciones económicas, gremiales y estatistas que destruyeron el país y que desembocaron linealmente en el robo desembozado del kirchnerismo siguen en pie. Sus representantes y sus beneficiarios dialogan a diario con el Estado, con el Gobierno y la oposición. ¿La grieta que esos factores han creado en la sociedad también debe ser cicatrizada? ¿Dejarán mágicamente de desangrar a la república?
¿Para ir un escalón más arriba tenemos algún punto en común los que creemos en la patria con los que creen que por encima de la patria está la patria grande? No hay puentes posibles. Ni debería intentarse tenderlos.
Se habla como si se creyese que, retirados de la escena algunos pocos responsables —suponiendo que se vayan a retirar—, el resto del país tiene intereses y conductas más o menos homogéneas, o por lo menos un pequeño grupo de ideales comunes. Ello puede ser otro acto de inocencia. La grieta es no sólo honda sino ancha, y está compuesta, a su vez, de un entramado de grietas que nos separan, concepciones de país que jamás se reconciliarán.
Tal vez no sea sano intentar cerrarlas. Entre los que están del otro lado del abismo y nosotros, entre esos tipos y yo, como dijera Joan Manuel Serrat, hay algo personal.
No hay una grieta. Hay una secesión virtual. Que no se efectivice es una cuestión técnica.
El autor es periodista y economista. Fue director de "El Cronista" y director periodístico de "Multimedios América".
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