Es fácil advertir, al ver las posturas que se adoptan frente a los casos de corrupción, que el gran problema que tiene nuestro país es que sus ciudadanos se sienten mucho más identificados con algún partido o líder político que con la bandera que nos cobija a todos. Así, se condena o se justifica un caso de corrupción según de qué lado esté —léase a qué partido pertenezca—, quién condene, justifique o sea responsable del acto de corrupción. No importa el daño que se le ocasione al país. Sólo se pondera la suerte partidaria. Lo recientemente ocurrido con el affaire Hebe de Bonafini ilustra acabadamente lo que se expone.
Algo similar sucede cuando hablamos de fútbol. Cuando juega, por ejemplo, algún equipo argentino por la Copa Libertadores, los simpatizantes contrarios hacen fuerza por el equipo extranjero, desean que pierda el de nuestro país. Sencillamente, nos falta identidad. A tal punto se exterioriza este extremo que son más los argentinos que no conocen que hay una única bandera argentina y que esta lleva un sol al medio que los que lo saben. Lo peor es que para muchos es indiferente cómo sea la bandera. No se me ocurre ningún otro país en el mundo donde sus ciudadanos no conozcan cómo es su insignia patria.
En la misma dirección, adviértase que nunca se evoca a nuestros patriotas ni a los Padres de la Patria, sino que siempre la referencia es hacia los líderes o los fundadores de los partidos políticos. Falta la raíz común, el tronco que una a todos los argentinos. No existe amor hacia esa historia que nos vio nacer, ni se vislumbra orgullo de compartir el origen. No hay más que ver lo sucedido con la estatua de Cristóbal Colón o la denostación que ha sufrido el general Roca en los últimos años. Daría la sensación de que se prioriza mucho más el partido al que se pertenece que el hecho de ser argentino. Allí encuentra explicación que a quien ha incurrido en actos de corrupción, desde su sector, en lugar de llamárselo por su nombre —corrupto o traidor a la patria—, se lo pretenda denominar preso político; o que se exculpen actos de terrorismo bajo la excusa de ser jóvenes idealistas. O que, por el hecho de presidir una asociación de derechos humanos, se considere que esa persona está por encima de la ley; paradoja aparte, que se considere defensora de los derechos humanos a quien ha defendido a la ETA, y ha celebrado y aplaudido el atentado terrorista a las Torres Gemelas.
La política argentina ha llevado todo a los extremos. Los trapos partidarios son más importantes que la bandera nacional. Los partidos políticos están por encima de las instituciones. Y todos conocemos que un país sin instituciones se descompone como nación. Por eso, si la Justicia investiga a ex funcionarios de un gobierno, enseguida surge de parte de ese sector que se está frente a una persecución política y no ante una investigación judicial. Sencillamente, porque la república no interesa; sólo la suerte de la facción partidaria es lo que manda. Y, a contrario sensu, muchas decisiones del actual Gobierno son justificadas poniendo la mira en lo que hizo o dejó de hacer su antecesor. Daría la sensación de que la grieta de la que tanto se habla, en rigor, no es tal cosa. Parecería que nunca hubo, o en su caso hace mucho dejó de existir, ese tronco común que una y vincule a todos los argentinos; luego, sin tronco común, no hay grieta posible. Lo que existe son bandos que precisamente no tienen nada en común. Y los bandos justifican o critican todo con el mismo ímpetu. Su única intención es destruir al otro. Corolario, lo que se prioriza y preocupa es la suerte del grupo, y no la de la república.
Lamentablemente, esto es lo que ha venido sucediendo en todos estos últimos años; y así el deterioro que como nación ha venido experimentando, año tras año, nuestro país. La nota distintiva, quizás, refiriéndonos a la última gestión, es que, al amparo de esa dicotomía, llevó la corrupción a su máxima expresión, no ya para favorecer políticamente al partido, sino para enriquecerse a sus expensas. Y a la postre, hoy pretende beneficiarse y eludir la responsabilidad penal de quienes se han enriquecido ilícitamente, al grito de que lo que está en juego no son las responsabilidades personales sino la suerte del sector. Lo triste es que, en un país con instituciones tan desacreditadas y debilitadas, la mentira cunde, las excusas valen y el país cada vez se resiente más en su identidad como nación.
@drrobertoj
El autor es abogado. Socio titular del estudio Doctores Porcel, fundado en 1921.
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