¿Fue el corralito de 2001 —una bancarización forzada de la economía— un presagio de lo que nos deparará para el futuro? Si tomamos en serio las intenciones del presidente del Banco Central (BCRA), Federico Sturzenegger, la respuesta es "sí".

La nueva serie de billetes con animales autóctonos, a la que se sumarán los nuevos billetes de 200 y 1.000 pesos en el transcurso del próximo año, son, desde el punto de vista del BCRA, un parche que soluciona un problema circunstancial: durante los últimos nueve años de inflación desenfrenada, los billetes perdieron su poder adquisitivo, lo que dificulta el abastecimiento de los cajeros automáticos y encarece los costos de impresión. Para el futuro, sin embargo, el BCRA tiene planes abismalmente diferentes.

En el acto de lanzamiento del nuevo billete de 500 pesos, celebrado el 29 de junio, Sturzenegger brindó un discurso autocomplaciente que pasó en gran parte desapercibido por los medios. Casi como si se tratara de un acto de disculpas por lanzar este billete, al comenzar su disertación, Sturzenegger aclaró que la visión estratégica del Banco Central es "la eliminación del efectivo". Una frase que debería alertar a la población sobre el futuro de la economía.

Incluso antes de saber que Mauricio Macri iba a ganar las elecciones y designarlo como titular del BCRA, en la cabeza de Sturzenegger pululaba un plan de acción para llevar a cabo su idea de desterrar el efectivo de la economía. En una artículo publicado en 2015, el entonces diputado nacional del PRO sugería: "Obligar a que todos los individuos tengan una cuenta bancaria gratuita" y "obligar a su uso, haciendo que ciertos pagos deban hacerse por este mecanismo". La misma idea la reafirmó cuando asumió en funciones, casi un año después, al sostener su visión ideal sobre la economía: "Una economía sin circulante".

La explicación oficial para proponer la eliminación del efectivo es que facilita "la corrupción, la informalidad, la evasión impositiva y el narcotráfico". Sin efectivo, siguiendo esta lógica, no habría corrupción, informalidad ni narcotráfico. Un argumento pueril. Las cárceles, donde el dinero en efectivo está prohibido, ya nos ofrecen un vistazo de cómo el efectivo puede ser reemplazado fácilmente. Los presos usan su propia moneda, como los cigarrillos o las tarjetas telefónicas, que en su vida diaria funcionan como medio de cambio para acceder al mercado negro de los penales. Nada indica que para los que están fuera de las cárceles la situación sería distinta.

Mientras tanto, los ciudadanos obedientes de la ley quedarían bajo el estricto escrutinio de los ojos estatales. Esta es la clave para entender la motivación real de Sturzenegger de una bancarización total de la economía. Lejos de afectar a los que usan el efectivo para actividades ilegales, el Estado, y en especial los recaudadores de impuestos, se asegurarían un escenario ideal para controlar todos los aspectos económicos de la vida cotidiana de quienes no son narcotraficantes, ni terroristas, ni corruptos.

El dinero físico cuenta con grandes ventajas frente a los pagos electrónicos tradicionales. El efectivo es un sistema descentralizado que permite efectuar transacciones anónimas, sin posibilidad de ser rastreadas y sin la necesidad de recurrir a intermediarios. En otras palabras, permite resguardar la privacidad y llevar a cabo intercambios sin la necesidad de la participación de terceros.

La privacidad financiera no es una demanda exclusiva de aquellos que actúan por fuera de la ley, como suelen sostener los que descartan la importancia de la privacidad. Los mismos que invocan esos argumentos probablemente no accederían a publicar en las redes sociales sus estados de cuenta y sus resúmenes de tarjeta de crédito. Es comprensible, siempre hay cuestiones que las personas prefieren mantener al margen del ojo curioso de terceros. Y si de la actividad económica estamos hablando, esta puede ser muy reveladora. Cuestiones tan personales como los hábitos alimenticios, la orientación política o la identidad sexual pueden ser deducidas con facilidad de un resumen de la tarjeta de crédito o débito. En una economía totalmente bancarizada, no quedaría refugio para el ciudadano común alguno ante el Gran Hermano.

En una economía sin efectivo, todas las transacciones quedan documentadas y registradas, y el Gobierno (cualquiera sea su afiliación partidaria) obtendría una herramienta poderosa para llevar adelante experimentos de ingeniera social. Por ejemplo, ante el problema de la obesidad podrían imponerse límites máximos al consumo de comida chatarra, al ordenar a los bancos el bloqueo de transacciones una vez superado el cupo mensual. De la misma forma, podría implementarse fácilmente la prohibición de la venta de literatura sobre determinada ideología, o establecerse con facilidad las relaciones personales de cada individuo. El potencial es peligroso.

El efectivo, además, es el único medio de subsistencia para millones de personas que sobreviven gracias a la tan demonizada economía informal. Los evasores fiscales y quienes operan fuera de los registros del Estado lo hacen mayormente por una sencilla razón: de cumplir con todas las exigencias legales estarían condenados a cesar sus actividades y caer aún más en la pobreza. Un control absoluto, total, de la economía informal sería una sentencia de muerte para aquellos que comen gracias a ella.

Sería absurdo negar las ventajas de los pagos electrónicos. Facilitan la vida en muchísimos aspectos, al igual que el efectivo en otras situaciones. Eliminar esa alternativa sólo le otorgaría al Estado un poder desmesurado para ejercer un control total sobre la economía. Y el control total no es compatible con una sociedad libre, más bien una característica propia del totalitarismo.

 

@dubdam

 

El autor es coordinador nacional del Partido Liberal Libertario y director académico del Instituto Amagi.