Hace un año, el triunfo de Cambiemos era sólo un sueño imposible. El kirchnerismo metía miedo con la pérdida de las supuestas conquistas sociales que devendría de un triunfo de la coalición, y Mauricio Macri respondía que nadie perdería sus beneficios y que no privatizaría ninguna empresa del Estado.
Con el optimismo y el fanatismo que suelen prologar nuestros grandes errores, preferimos creer que se trataba de un engaño para tranquilizar a los dudosos y que luego del triunfo se procedería a realizar los cambios imprescindibles para el restablecimiento de la sensatez y la ortodoxia en nuestro sistema económico.
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Hace justamente un año, en ese contexto, escribí, en esta columna, la nota que titulé "¿Y si Macri no miente?", para explorar la posibilidad de que el entonces candidato no estuviera mintiendo para conseguir votos, ni aceptando forzadamente una agenda que le era impuesta por su rival, sino que estaba siendo totalmente sincero con sus proyectos.
La nota resultó, lamentablemente, profética, y si se vence el tedio al leerla, se advertirá que tal profecía fue exacta y al detalle. Eso no demuestra ninguna condición ni mérito especial del autor, ni su capacidad de emular a Nostradamus o a la Virgen de Fátima. Simplemente, era obvio que Macri pensaba y piensa así. No sólo no es liberal, sino que honestamente cree en el desarrollismo o el proteccionismo en todas sus variantes. Cree en serio en el modelo de industria nacional protegida, en los mercados preservados de la competencia externa, en la generación de trabajo vía el Estado que concede privilegios y defiende "la soberanía industrial".
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Cree también que la obra pública debe ser desarrollada por empresas nacionales, como máximo mediante la formación de consorcios con alguna empresa extranjera, pero nunca cediéndole el control del joint venture. También cree en los sindicatos como coprotagonistas de un acuerdo tácito con ese modelo empresario, o como partícipe necesario.
Esa creencia se extiende a las empresas estatales, que no son más que mecanismos para que el Estado actúe de árbitro en la distribución de obras y beneficios, para extender su mano benevolente sobre toda la sociedad (y las sociedades). En ese modelo, es el Estado quien se endeuda, las empresas realizan seudoinversiones o inversiones mínimas, para tener el derecho de empezar a participar del juego de prebendas, contratos, protecciones y asociarse privilegiadamente con empresas estatales.
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Justamente por eso el objetivo de su Gobierno es crear una lluvia de dólares, de cualquier origen. El Estado se ocupará luego de administrarlos y distribuirlos, para generar así el crecimiento, el progreso y el bienestar para todos.
El modelo es el que se implantó en el país en los años treinta, al conjuro del admirado Benito Mussolini, que rápidamente el ejército tomó como propio, tanto en su función de gobierno como en su papel de empresario. No es casual que por muchos años las grandes empresas estatales estuvieran en manos de las Fuerzas Armadas, que cumplían esa función de árbitro de distribución de contratos entre privados.
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¿Habrá un modelo mejor para Mauricio que el que tuvo y tiene a su familia como protagonista principal durante tantos años? ¿Le será fácil pensar en un país de cielos abiertos con una Aerolíneas desguazada y finalmente cerrada, y un sistema de libre competencia privada con regulaciones razonables en razón de ser un servicio público? ¿Incorporará el criterio de requerir que la obra pública se adjudique en licitaciones internacionales (no con consorcios amañados), que provean su propia financiación, con sistemas modernos de adjudicación y remuneración?
¿Revisará todos los acuerdos de YPF, empezando por transparentarlos, e irá abriendo el mercado petrolero en todas sus etapas a la competencia internacional? ¿Hará lo mismo con las empresas de energía que fueron misteriosamente readjudicadas sin licitación alguna por el kirchnerismo a amigos sin financiación ni conocimiento del área, cómplices mudos de la situación en que estamos? ¿Expondrá a los responsables del caos energético desde el sector privado? ¿Eliminará de cuajo el sistema tramposo y alevoso de Tierra del Fuego, motivo ya de la burla internacional y del desprecio de los consumidores estafados por esta pantomima ridícula y desvergonzada?
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Ni siquiera abriré juicio sobre la honestidad de estos protagonistas o los procedimientos, pese a su enriquecimiento sin causa. Me limito a analizar la eficiencia de todos estos mecanismos. O a su ineficiencia. ¿Harán falta muchos años más de persistencia en este modelo, muchos gobiernos más, muchos optimistas más que crean que pueden hacer lo mismo pero bien, aplaudidos por beneficiarios multipropósito?
Es aleccionador ver cómo los mismos nombres aparecen en actividades muy disímiles, como si fueran especialistas. Claro, nuestros empresarios-contratistas-concesionarios-favorecidos no necesitan experticia en las áreas en que participan. Son expertos en mercados regulados, como con cinismo y sinceridad brutal definiera Repsol la incorporación-regalo de Enrique Eskenazi.
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El merecido enojo con el kirchnerismo por el sabotaje al país nos hace creer, por oposición, que el Gobierno de Cambiemos será distinto y renovador. Deberíamos ser más racionales. Lo que crea la ineficiencia es el concepto central del Estado protector, benefactor de pueblo y empresas, con expertos en negociar con los funcionarios, en convencerlos y en conseguir su bendición, su financiación y, eventualmente, su salvamento.
No se trata de hacer lo mismo pero mejor. Se va a fracasar en el mediano plazo, como siempre, porque lo malo es el modelo, no los ejecutores. Y Macri cree en este modelo, está en su ADN. Muchos de los empresarios que hoy viven del Estado y que son corresponsables del deterioro nacional son como tíos que conoce desde su infancia y que frecuentaron su entorno.
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Ver algunas cercanías y fotos recientes con quienes han firmado convenios con el Estado, que ni siquiera se pueden mostrar, da temor y rechazo. Y también anticipa que el sistema, desde las etiquetadoras de Tierra del Fuego a YPF, pasando por Aerolíneas, no cambiará.
Lo peor del peronismo no es la corrupción. Es el modelo económico que defiende, que facilita esa corrupción, pero que esencialmente destruye cualquier esperanza de sanidad económica. El único traidor a esa idea fue Carlos Menem, pero la corrupción lo llevó de nuevo al redil justicialista.
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Celebro con alegría el aporte de Cambiemos y de Mauricio Macri al sacarnos de la satrapía mortal del kirchnerismo. Pero no baso ninguna hipótesis de futuro en la idea de que usando el modelo productivo peronista se terminará estando mejor que con el peronismo. Lo que atrasa a la Argentina desde los años treinta es el modelo, que se lleva puesto a los hombres, por muy buenos y capaces que sean. Y Macri no puede cambiar eso. Lo que se aprende en casa no se olvida jamás.
Espero equivocarme, esta vez.
@dardogasparre
El autor es periodista y economista. Fue director de "El Cronista" y director periodístico de "Multimedios América".
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