Una política exterior pos bicentenario

Por Fernando Petrella

Guardar

Por decisión del Gobierno de Cambiemos, Argentina está recuperando su lugar en el sistema internacional, deja atrás más de una década de aislamiento. Una política exterior que consolide esa determinación deberá reafirmar y recuperar objetivos básicos del accionar diplomático que se interrelacionan entre sí. Estos objetivos son fundamentalmente tres: seguridad, territorialidad e inserción internacional y comercio.

El primero —la seguridad— tiene que ver con garantizar la tranquilidad de las personas que habitan el territorio, en el sentido de que no serán atacadas por actores externos o internos. Parece obvio, pero no lo es. El terrorismo y el narcotráfico constituyen "nuevas amenazas" que conviven, lamentablemente, con cada uno de nosotros. Para neutralizarlas hace falta fortalecer las propias capacidades, la máxima cooperación con otros países y con los organismos internacionales correspondientes. Una nueva política exterior debería también tener en consideración que el concepto de seguridad es ahora más amplio. Abarca la seguridad humana, que se expresa en un sistema de libertades individuales sólido, en tener empleo, salud, educación y retiro digno.

Aunque a simple vista no parezca que esto se vincula con la política externa, la experiencia indica que alianzas virtuosas, es decir, con países donde estos aspectos básicos no se malogran en los hechos, ayudan a generar el consenso social para ponerlos en práctica internamente y asimilar las medidas y los sacrificios inherentes a obtener esos objetivos. Sin seguridad personal, es difícil consolidar un Estado de derecho en que los ciudadanos confíen en su Gobierno.

Por esto es que la lucha contra el terrorismo y el narcotráfico aparece prontamente en las agendas globales. Eliminar la corrupción, endémica en gran parte de América Latina, hace directamente a la calidad de vida y por ende, a seguridad humana. De allí que suscribir y participar activamente en la instrumentación de los tratados internacionales específicos es un elemento insoslayable de la actual y futura política externa.

El segundo objetivo es el de la territorialidad. Se realiza en la posibilidad de proteger las propias fronteras y hacer efectiva la presencia reguladora del Estado en las áreas donde posee derechos exclusivos y excluyentes. Estas obligaciones no deben derivarse. La historia enseña que no hay seguridad colectiva que prevenga y eventualmente resuelva un conflicto si el Estado afectado carece de capacidad básica. En consecuencia, acercarse a países que ayuden a recuperar una fuerza militar razonable, sin afectar la propia ubicación estratégica, resulta una necesidad inmediata. Argentina posee territorios marítimos y aéreos inmensos, sumados a los continentales, que debe estar en condiciones de aprovechar y, consecuentemente, impedir presencias depredadoras que se amparan en nuestra ausencia efectiva.

En diplomacia, todo hecho nuevo ofrece oportunidades. El reconocimiento en las Naciones Unidas de los límites externos de la plataforma continental podría ser un elemento útil para retomar un diálogo con el Reino Unido basado en la resolución 2065/65, que no excluya a ningún interesado en el Atlántico Sur.

Algo similar sucede con el Brexit. Respecto a esto último, Argentina ya ha señalado oficialmente que la naturaleza del reclamo de soberanía no ha cambiado por el resultado del referéndum. Esa actitud del Gobierno argentino lleva tranquilidad y refleja madurez. Es que la relación con el Reino Unido debe dejar de lado la confrontación estéril, máxime cuando existen coincidencias históricas con ese país y nuestros derechos son reconocidos por la mayoría de las naciones. No obstante, debemos tener presente que ningún caso colonial se resolvió de manera sustentable sin satisfacer, de algún modo, tres requisitos: reconocimiento de intereses, protección de minorías y diseño de emprendimientos comunes a futuro. La diplomacia argentina incursionó con éxito en esos tres campos y logró siempre acercamientos importantes. Sería hora de retomar gradualmente ese camino.

El tercer elemento es la inserción internacional y el comercio. En esto, la nueva política exterior se ha manifestado con la mayor claridad. Los fructíferos encuentros del Presidente en Inglaterra, Estados Unidos, Italia, Francia y Alemania, así como los movimientos de la canciller hacia todos los rumbos demuestran que Argentina vuelve al mundo de manera inequívoca. En pocos meses, Argentina ha recibido más visitas de alto nivel que las que normalmente recibe un país medio-grande en un año. François Hollande, Matteo Renzi, Barack Obama, Federica Mogherini, entre muchas otras, respondieron a esa percepción de vuelta al mundo y a medidas internas concretas, como el arreglo con los holdouts, el levantamiento del cepo y la voluntad de comerciar inteligentemente con todos.

Una vez más, se evidencia que la política interna y la externa se complementan. En efecto, las inversiones vendrán si a una política exterior realista y confiable se le unen las acciones domésticas acordes. De allí que la lucha contra la corrupción sea un factor central y no lateral en la búsqueda de comercio e inversiones. Leyes como la del arrepentido, de limitación a la reelección en los cargos electivos y una Justicia independiente, son bases para asentar los fundamentos de un país que rechaza definitivamente la corrupción sistemática, la arbitrariedad y el clientelismo. Estas leyes tendrán un impacto muy positivo para las inversiones a largo plazo y los procesos de integración en marcha, esenciales para la política exterior. Son el corazón del tan buscado clima de negocios.

En conclusión, una política exterior para el pos bicentenario deberá tener una máxima capacidad de adaptación. Dada su estrecha vinculación con la política interna, profesionalismo, sencillez y claridad contribuirán indudablemente a su comprensión y su eficacia. Sin perjuicio de tomar aspectos de los gobiernos anteriores, será original porque original es el sistema mundial actual. El escenario de hoy es distinto del de hace sólo diez años. Por de pronto, para la diplomacia, el mundo se agrandó, en lugar de achicarse. Hay más vinculaciones horizontales, más diversidad, cultura, transparencia y comunicaciones, más actores estatales, no estatales, legales e ilegales. Todo ello impacta en el día a día del ciudadano. Ignorar estos fenómenos ha llevado a la desconfianza hacia las dirigencias, a la frustración y a la búsqueda de horizontes extremistas en muchas partes del mundo.

Argentina es un gran país, con una gran historia diplomática y, por ello, está asumiendo responsabilidades para ayudar a revertir esos desórdenes. Empezando por casa y los países vecinos, preservando la unidad del hemisferio, la integración, la seguridad nuclear y procurando alianzas políticas de mutuo beneficio, en armonía con los tres objetivos básicos de la política exterior que se mencionaron al principio.

Pero, sin perjuicio de pragmatismos y coyunturas, la nueva política exterior se apoyará en anclajes y valores irrenunciables. Estos son, la paz, el no uso de la fuerza en las relaciones entre los Estados, la democracia y los derechos humanos. De allí la participación en el proceso de paz en Colombia, el interés por la situación de Venezuela y Cuba, la crisis humanitaria en Siria y el respeto irrestricto de la Carta de las Naciones Unidas y de la Organización de Estados Americanos.

 

El autor fue vicecanciller de la Argentina y representante ante las Naciones Unidas