Desde la llegada de Francisco al Vaticano, los argentinos hemos ido desvirtuando la figura y la esencia del Papa. Antes de que Jorge Bergoglio se convirtiera en Francisco, las visitas de cualquier argentino al Vaticano sólo estaban motivadas por una cuestión de fe. Uno iba, primordialmente, a satisfacer una necesidad religiosa, a estar un poco más cerca de la casa de Dios. Pero, sorpresivamente, desde que el cardenal argentino se convirtió en el jefe del Estado Vaticano, las visitas fueron transformando ese interés religioso en una peregrinación política. Desde ya que una foto con el Papa nunca fue despreciada por ningún aspirante a presidente, pero el interés político se agotaba allí. Hoy, peregrinar por el Vaticano se ha convertido en una necesidad insalvable para casi todos los dirigentes políticos argentinos.

No se me escapa que, hasta Francisco, ningún otro Papa fue argentino. Pero esa particularidad, en lugar de alimentar y contagiar la fe, de ser el ariete para acercar más fieles a la religión católica, en el caso de muchos argentinos, produjo el efecto contrario. Quizás encontremos la razón de todo este suceso en el hecho de que a Francisco la política no le es extraña ni indiferente; hasta se podría afirmar que alienta a que se participe activamente en política desde la propia Iglesia. Pero, claro, no descubro nada tampoco si digo que, las más de las veces, la política, en lugar de unir, separa. Y ello es precisamente lo que provoca tanta actividad política desde y hacia el Vaticano. Voceros que van y vienen, dirigentes que son recibidos con mucha simpatía y otros con no tanta. El Papa sabe que la política es gestual. Y, ciertamente, no escatima gestos. Según sea de qué lado se coloque uno, el prisma con que se valoren e interpreten esos gestos variará.

De lo que parecería que nadie duda a esta altura es de que la política se estaría imponiendo por sobre la evangelización o la actividad pastoral en lo que respecta a nuestro país. Ciertamente que una cosa es la política que pueda desarrollar el Estado Vaticano a nivel global y otra muy distinta, la injerencia que pueda tener el Papa en la política local de la República Argentina. Definitivamente, lo que no puede suceder es que el Papa se involucre en la vida política de nuestro país. No corresponde, ni en su calidad de jefe espiritual de los católicos, ni es su carácter de jefe de Estado. Esto último sería una intromisión inaceptable. Desde el costado de los funcionarios argentinos, también habría que llamar la atención en el mismo sentido. Es claro y elocuente el Código Penal, en su artículo 228, cuando castiga al funcionario que permita o facilite la intromisión de decisiones del Papa en la política local.

Por ello, todos los funcionarios públicos deberían ser muy prudentes en sus expresiones y sus gestos a la hora de visitar y transmitir mensajes del Papa. Sobre todo si ello puede tener repercusión en la vida política o judicial de nuestro país. Tener un Papa argentino es y debe ser materia de orgullo para todos. Transcurrieron más de dos mil años para que sucediera una cosa así. No podemos empañar este acontecimiento único con politiquería barata. Es responsabilidad de todos, especialmente del Papa y de los dirigentes políticos, jueces y funcionarios, que la ideología no se imponga a la religión. Mantengamos la religión y la política por las sendas que correspondan a cada una.

El autor es abogado. Socio titular del estudio Doctores Porcel, fundado en 1921