Por Gustavo Fernández Walker.

Mike Wilson, autor de "Leñador" (Sebastián Rodríguez – Agencia Uno)
En el origen de la literatura está la enciclopedia. ¿Qué son la Ilíada y la Odisea si no enormes repositorios del saber de la Antigüedad, anteriores a las sistematizaciones de la filosofía y de la historia? El romance de Paris y Helena, la cólera de Aquiles, las aventuras de Ulises en su regreso a Ítaca son los nombres que Homero (si ese era, en realidad, su nombre) aplicó a ideas, sentimientos, profesiones, conflictos. En esas historias de largo aliento, entre las batallas y las genealogías, se escondían consejos prácticos, que podían ir desde cómo amarrar correctamente una nave en el puerto hasta cómo disponer eficazmente de los recursos de un hogar, una comunidad o una familia.
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El año pasado se editaron en la Argentina dos libros muy distintos, casi diametralmente opuestos en el tono, el estilo o la cadencia de la escritura, pero que sin embargo comparten esa obsesión por la clasificación y el inventario: Leñador de Mike Wilson (Fiordo) y Diccionario de separación. De amor a zombie de Andrés Gallina y Matías Moscardi (Eterna Cadencia). En ambos casos, la lectura avanza siguiendo el ritmo de las entradas de una enciclopedia, ya sea de la vida silvestre en los bosques del Yukón ("hacha", "oso", "inuit") o del ritmo vertiginoso de las relaciones en la sociedad contemporánea ("culpa", "duelo", "Tinder").
Incluso la fascinación que ambos libros ejercen sobre el lector se debe a motivos contrapuestos: los rigores de la naturaleza salvaje y del frío del Ártico de Leñador intrigan por la extrañeza, por la distancia que ponen entre nosotros y ese narrador sin nombre. En cambio, las voces del Diccionario de separación no podrían ser más familiares; hombres y mujeres intentando recomponer una identidad o una vida después de la experiencia traumática de la separación. "Me fui del país, buscando alejarme de todo, de la oscuridad, del pasado, de la claustrofobia, necesitaba respirar", apunta al comienzo el protagonista de Leñador. Y si bien lo único que se nos revela de ese pasado son fracasos como boxeador y como soldado ("combatí en una guerra, hace décadas en un archipiélago"), no sería descabellado imaginar también un desengaño amoroso. Como si la vida de leñador en el Yukón fuese también un intento por escapar del laberinto urbano que describen los autores del Diccionario.
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Civilización y barbarie
Las manías y humillaciones a las que se someten los hombres y mujeres del Diccionario de separación son retratadas con una mezcla de humor y compasión. Los autores no señalan con el dedo los excesos de los otros, sino que se miran a sí mismos y nos muestran un espejo en el que resulta difícil no encontrarse uno mismo, trágico y ridículo a la vez. Las citas a letras de boleros y a tratados de filosofía, la convivencia entre Ricky Martin y Deleuze, los argumentos de películas y los versos de Vallejo, la combinación de introspección y de parodia hacen del Diccionario un libro que se burla del género de autoayuda y, al mismo tiempo, les tiende una mano a los lectores, los invita a reírse con esas entradas que nunca terminan de explicar lo que prometen y que remiten a otras palabras, a otros delirios. Como si Sísifo empujara la piedra una y otra vez, cuesta arriba, pero cantando a los gritos una canción de Gilda.
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En cambio, todo lo que en el Diccionario de separación es exceso y dispersión, en Leñador es máxima concentración. Su ambición no es la de abarcarlo todo, sino la de fundir la propia voz con la de la naturaleza. Las casi quinientas páginas de la novela parecen moverse con una morosidad casi quirúrgica, deteniéndose en cada detalle de un paisaje aparentemente helado en el que sin embargo laten todo tipo de emociones apenas sugeridas.

Leñador comparte algo de la severidad casi mística de Moby Dick, otro libro-enciclopedia. Su protagonista se parece menos al héroe de El renacido de Alejandro González Iñárritu, en perpetuo y desigual combate con la naturaleza, que al Terrence Malick de La delgada línea roja y El árbol de la vida. Allí donde el personaje que encarnó Di Caprio buscaba afirmar su propia personalidad, mirándonos de frente en una actitud a la vez de desafío y de plegaria, el leñador de Mike Wilson nos da la espalda. Su mirada está dirigida a esa naturaleza que lo rodea y de la que aspira a formar parte. Los peligros y rigores que lo acechan no son pruebas a superar, sino oportunidades para acercarse más a la tierra y a sus secretos. "Aprendí cosas", nos dice al comienzo, antes de comenzar a escribir su propio diccionario.
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