
Lo dicen las ventas y también los regazos de hombres y mujeres en el subte, en el banco y en los cafés: la no ficción está de moda. No es que la ficción esté pasando por un mal momento: verdaderos tanques literarios como Cincuenta sombras de Grey o la serie para jóvenes adultos Bajo la misma estrella se mantienen consistentemente en las listas de más vendidos. No obstante, en los últimos años estas listas se han poblado también de libros periodísticos, divulgación científica, diversas formas de la autoayuda (La magia del orden, de Marie Kondo, probablemente sea uno de los últimos grandes casos de éxito de esos que incluso traspasan la frontera del prejuicio contra el género) y, tal vez el subgénero más de moda, las memorias, biografías y autobiografías.
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¿De dónde proviene este interés por, entre muchísimas comillas, "el mundo real", en una práctica (la lectura) que durante mucho tiempo implicó meterse en historias ajenas para evadirse de la realidad? ¿Cambió la demanda (los lectores), la oferta (los autores) o ambas a la vez? ¿La no ficción ocupa hoy el rol social que alguna vez ocuparon las novelas, u otro distinto? En esta nota nos proponemos, si no responder, ahondar en algunas de estas preguntas.

Lo viejo y lo nuevo
Autores y editores coinciden en que, si bien el boom de la no ficción puede ser relativamente reciente, sus orígenes hacen pie en una tradición que no tiene nada de nuevo, aunque sigamos llamándola "nuevo periodismo", y que tuvo un desarrollo muy interesante en América Latina.
"Creo que el boom se da como continuación del éxito de los libros de periodismo de investigación de la década del 90. La industria hizo un nuevo movimiento en el 2000 y apuntaló los cimientos comerciales del género crónica, que ya existía desde hacía mucho tiempo, aunque no con la potencia y las colecciones que han habido desde entonces", dice Javier Sinay, periodista y autor de los libros de no ficción Los crímenes de Moisés Ville: Una historia de gauchos y judíos (2013) y Sangre joven: Matar y morir antes de la adultez (2009).
A nivel mundial, muchos de los autores de no ficción hoy pueden reconocer como padres a escritores como Gay Talese, Truman Capote o Joan Didion, pero probablemente se iniciaron en el género con grandes de la talla de Rodolfo Walsh, Osvaldo Soriano o Enrique Raab (cuya obra periodística también fue reeditada recientemente, junto con la de otra representante de las posibilidades narrativas del periodismo como fue Sara Gallardo), o quizás más cerca con cronistas jóvenes pero ya consagradas como Leila Guerriero o Josefina Licitra.
Todos estos autores se caracterizaron, desde hace ya más de 50 años, por la utilización de recursos narrativos tradicionalmente vinculados con la literatura para contar historias verdaderas, combinándolas también con procedimientos característicos del periodismo de investigación. De modo que, si hoy estas historias verdaderas cumplen la función que las ficticias podían cumplir hace un par de décadas, no es porque esta mixtura sea novedosa: "Creo que la mezcla de recursos literarios con técnicas periodísticas tiene varios años. Seguramente en una parte (pequeña) de la no ficción, como es la crónica o algunos libros periodísticos, eso se desarrolló más, pero no diría que es el factor que está produciendo el éxito de la no ficción. Más que la escritura, tengo la impresión de que cambió el modo de pensar y encarar los temas, y eso es lo que probablemente haga a estos libros más atractivos", aventura Raquel San Martín, editora del suplemento Ideas de La Nación y coautora de ¿Dónde queda el primer mundo? El nuevo mapa del desarrollo y el bienestar (Aguilar, Penguin Random House). Para San Martín, entonces, son más las miradas que los modos de contar (que tuvieron suficiente desarrollo de los años 60 en adelante) las responsables del renovado interés en la no ficción.
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Pero, ¿realmente ocupan algunas no ficciones un lugar social similar al que las ficciones tuvieron al menos desde el nacimiento de la literatura, pongamos del Quijote hasta nuestros días? Sinay, que coordinó este año en la Fundación Tomás Eloy Martínez un ciclo de lecturas de no ficción (un ritual que claramente tiene raíz en la literatura y particularmente en la poesía), se muestra escéptico: "Creo la no ficción toma otro rol social; en mi opinión, más jugado y más concreto que el de la literatura de ficción. La literatura de no ficción puede operar sobre la realidad con menos filtros y menos metáforas que la de ficción. El periodismo que denuncia faltas sociales, políticas y judiciales es un ejemplo. Esos libros, y tantos otros, tienen una voluntad transformadora ya no del individuo, sino de la sociedad. El rol social de la literatura de no ficción está muy cerca, y a veces es el mismo, que el rol social del periodismo", contesta, al tiempo que confiesa que aunque su formación vino por el lado de la ficción ya casi no la lee.
En esta misma línea de polémica puede leerse algunas declaraciones interesantes de Svetlana Alexiévich, la periodista que ganó el Nobel de Literatura en el año 2015 y selló tal vez con él este revival de la no ficción: "el arte ha fracasado en su comprensión de muchas cosas sobre la humanidad", dijo hablando del estilo documental de su escritura. ¿Será más que un cliché eso de que la realidad supera a la ficción? Alexiévich parece pensar que sí: "estas cosas (las emociones de las personas en una guerra) son imposibles de inventar o imaginar, al menos no con este nivel de detalle".

Los límites de la etiqueta
Por supuesto que dentro de la etiqueta "no ficción" hay más que periodismo, y sus fronteras están en permanente disputa: quizás se trate de una categoría comercial pero conceptualmente poco operativa. "El mundo de la no ficción se hace cada vez más ancho, inclusivo y diverso. Parte de su atractivo para la industria y para los lectores, es que la no ficción le permite al mundo editorial reaccionar rápidamente ante fenómenos coyunturales (mucho más rápidamente de lo que reacciona la ficción) y también de manera rápida ofrecer explicaciones y análisis de fenómenos políticos, económicos y sociales de actualidad que se han vuelto muy complejos. Pero justamente creo que la etiqueta de no ficción abarca tanto que dice poco (dice lo que no es, para empezar, que no es un buen punto de partida para una clasificación…)", piensa San Martín.
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En el mundo de las letras incluso se discute sobre el límite vaporoso que separa a algunos textos de no ficción de la ficción, especialmente en el subgénero estrella del último boom, las memorias o lo que se llama, haciéndose cargo de su ambigüedad, "autoficción": "En el origen Gay Talese, Joan Didion, Capote, Tom Wolfe, Rodolfo Walsh y García Márquez en Latinoamérica estaban fascinados por todo lo que cambiaba alrededor: la cultura de masas, las relaciones entre hombres y mujeres, las luchas por los derechos civiles y ¡la revolución! en el caso de los latinoamericanos. Es como si una vez caídas las ilusiones utópicas de cambios radicales, solo queden nuestras almas y nuestras vidas para dar cuenta del mundo en que vivimos. Por eso estos nuevos fenómenos editoriales son más literarios (insoslayables los libros de Karl Ove Knausgård y Emmanuel Carrère) y creo que sería más justo ubicarlos en el amplio anaquel de las narrativas del yo en las que habría que incluir el teatro, el documental y las artes plásticas, por supuesto", aporta Ana Laura Pérez, editora en Penguin Random House y responsable de la edición de Black out de María Moreno.
En Estados Unidos ya se está utilizando la etiqueta "true fiction" ("ficción verdadera") para hablar de este terreno liminal entre la no ficción, incluso como forma de proteger a los autores de la acusación de "mentirosos" cuando, en pos de la literatura, suman a sus autoficciones historias no del todo verídicas (se hizo célebre el caso de James Frey, que tuvo que indemnizar a sus lectores por haberse distanciado mucho de la realidad en sus supuestas "memorias"). También se está empezando a notar que la categoría y el éxito de la no ficción trascienden por mucho el formato libro: el podcast policial Serial y la serie documental de Netflix Making a Murderer son ejemplos recientes de hits que, construidos con algunos procedimientos de la ficción, pusieron en el centro de la escena historias criminales verdaderas.

Las no ficciones imperdibles del 2016
Black out, de María Moreno: una de las mejores escritoras argentinas vivas escribe su vida desde su cuerpo. Dientes, olores, brazos con tatuajes de campos nazis y noches de dormir vestida para volver al bar en un libro orgánico, poético, brutal y emocionante.
El tenis como experiencia religiosa, de David Foster Wallace: como testimonia su novela monumental La broma infinita, a Foster Wallace siempre le fascinó el tenis. Este delgado librito traduce dos deliciosos ensayos sobre el deporte aptos para fanáticos y para los que no saben cómo se agarra la raqueta.
Economía feminista. Cómo construir una sociedad igualitaria sin perder el glamour, de Mercedes D'Alessandro: entre los muchos excelentes libros sobre feminismo que aparecieron en los últimos tiempos, el de Mercedes D'Alessandro se destaca por su estilo descontracturado y su enfoque original y riguroso sobre el modo en que la desigualdad de género afecta nuestros bolsillos.
El jueves 15 de diciembre a las 18.30 presentamos "Economía Feminista", de @dalesmm, en el auditorio de @GrandesLibrosOK. #Agenda pic.twitter.com/LZBxU04su2
— Grandes Libros (@GrandesLibrosOK) December 5, 2016
Los supremos, de Irina Hauser: publicado casualmente muy cerca del fallecimiento del juez Fayt, este libro ofrece una investigación tan completa como apasionante sobre los miembros de la Corte Suprema que se desempeñaron durante el kirchnerismo. Sus internas, sus fallos históricos, sus notas de color y la política de fondo.
Trayendo a casa todo de nuevo, de Fabián Casas: todos los ensayos publicados por Casas a la fecha más un libro inédito, El taller nómade. Fútbol, rock, literatura, Buenos Aires, los amigos, los amores y todas las obsesiones de Casas a través de estos años, en el tono amistoso pero no por eso menos poético que caracteriza su producción ensayística.
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