
La literatura nace de la literatura. ¿De qué libros, propios y ajenos, nació Hija? Podría decir, podría fingir que todo empezó con la lectura de una novela perturbadora: El quinto hijo, de Doris Lessing, en la que un hijo extraño, diferente, altera para siempre la tranquilidad familiar. Y siguió, quizás un par de años después, con una magnifica novela de Siri Hustvedt: Todo cuanto amé, en la que un adolescente desesperante, jamás rebelde, enloquece a los adultos mintiendo con su sonrisa encantadora. Ah, cómo me hubiera gustado escribir esta novela, pensé cada vez, en los dos casos. Y algo se coló en mis tripas: la necesidad de escribir acerca de la maternidad. También podría decir, podría fingir, que todo empezó con mi propia novela La muerte como efecto secundario: si allí descargué mi propia angustia de hija, quizás había llegado el momento de encarar mis dolores de madre. Puedo escribir cuentos y microrrelatos sobre casi cualquier cosa, pero para escribir una novela necesito un tema que me cale hondo, que me deje abierta y al rojo como una sandía.
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Podría decir, podría fingir que todo empezó con la novela histórica HhHh, de Laureant Binet, sobre el atentado contra Heidrich, jefe de la Gestapo, Praga, 1943. Junto con el relato de hechos históricos, documentados, Binet lleva un diario de su propia investigación, en el que no escatima sensaciones, fracasos, sentimientos. ¿Sería posible lograr algo equivalente con un libro de ficción? ¿Y si le contara a los lectores algunas de mis dudas, de mis trucos, algunos secretos sobre mi recolección de materiales? ¿Sería posible una novela que incluyera un informe sobre el proceso de su construcción? En una novela no es posible o no es aconsejable adelantar todo lo que el autor quiere hacer con sus personajes. Pero sí se puede describir la recolección de materiales y tal vez ciertas líneas generales por las que avanzará el discurso.
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Así, de a poco, se fue formando en mi mente la necesidad de esta novela, casi una ucronía personal: el personaje principal, Esmeralda, es un obvio alter ego de su autora. Los hechos podrían haberme pasado a mí en un universo paralelo.
En los setenta, después del asesinato de su hermana por la dictadura militar argentina, Esmé y su marido Guido se exilian en París. Cuando vuelven a su país, ya en democracia, consiguen, con muchas dificultades tener a su única hija.
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Esmé cría a su hija con amor, y con miedo, siempre en busca de la corona de la Buena Madre. Natalia es una niña hermosa, con una mirada inocente y una sonrisa mágica, destructiva. Guido parece adaptarse mejor a la paternidad. Pero toda seguridad se disuelve poco a poco, a medida que Natalia crece.
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A través de la mirada de la madre, el lector va percibiendo ciertas señales, ciertos detalles perturbadores. Y sin embargo ¿cómo culpar a una niña tan pequeña de egoísmo, o de manipulación? Esmé no ve más que la inteligencia y la gracia de su hija. Es obvio que la chiquita no ha tenido nada que ver con la muerte de la tortuga. Ni con la de su abuelo. Ni con el hecho de que falte dinero. Ni con el acoso a un compañerito enfermo.
Cuando su pareja se deshace, Esmé se queda sola con su hija, y concentra toda su energía en evitar que su hija se sienta injustamente culpable. Los culpables son siempre los demás. Pero el lector está inquieto. Y el voltaje sube. Poco a poco Natalia se va revelando como una adolescente y después una mujer a la que no le importa atropellar a quien se atraviese en su camino. Incluso literalmente. No es rebelde, no es mala hija, no contesta mal ni enfrenta a sus padres. Al contrario: mientras pueda manipularlos a su antojo, no se priva de ser encantadora con ellos. No se trata de maldad sino algo más ambiguo y más interesante: la amoralidad absoluta.
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¿Qué sabe uno de sus propios hijos? ¿Los padres son culpables de todo lo que les pasa, de todo lo que son? ¿No es injusto que a la culpa judeocristiana se añada la culpa psicoanalítica? Estos son algunos de los dilemas que esta novela plantea y no pretende resolver.
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