Que la Argentina tiene un problema con la generación de energía no es ninguna novedad. Que se ha desatado una crisis y que ha dejado al desnudo lo arcaico de esa matriz energética, tampoco: en un mundo que proclama la necesidad de frenar el cambio climático, siete de cada diez kilovatios generados en nuestro territorio tienen origen en el gas o el petróleo, es decir, contaminan. O sea, atrasan.
Pero que en esa instancia se apele a gigantescas represas no convoca al futuro sino que remite al pasado, a un tiempo propio de hace cincuenta años en que domesticar ríos con faraónicos embalses suponía progreso. Los países más consumidores de energía, en vez de seguir apostando a esas "megaobras", las desmantelan. Y si esas represas están proyectadas en un sitio escasamente impactado, con pocos pero valiosos ríos y muchos y desaprovechados vientos, la idea suena más extemporánea.

Hablamos de embalses sobre el río Santa Cruz, en la todavía bastante poco impactada meseta patagónica. Hablamos de las represas Cepernic y Kirchner, antes Cóndor Cliff y Barrancosa, objeto de denuncias y megalomanías, pero también portadoras de amenaza al ambiente. La propia ley argentina de fomento de energías limpias califica de sustentable un emprendimiento hidroeléctrico si no supera los 50 megavatios. Las proyectadas en la Patagonia planean tener 26 veces ese tamaño.
También, y aunque no parezca, el calentamiento global las desaconseja. No sólo porque alteran localmente el clima (muchos recuerdan que Córdoba era seca antes de la ristra de embalses que la atraviesan) sino porque los grandes cuerpos de agua artificiales son enormes productores de gases de invernadero. Y devastadores son los efectos sobre el ambiente. El Paraná, por caso, ya no es un río sino una sucesión de lagos, con un impacto sobre flora, fauna e inundaciones que cualquier habitante del litoral podría atestiguar. Muchos recuerdan, por ejemplo, a Yacyretá como monumento a la corrupción. Muchos más le adosan el título de sepulcro al funcionamiento natural de un ecosistema otrora riquísimo.
Se dirá que hace falta electricidad. Podrá preguntarse, con apego a los tiempos que vivimos, si con semejante inversión e impacto la energía eólica o solar no son opciones más adecuadas.
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