
Pocas ciudades tienen el controvertido orgullo de brindarle su nombre a una enfermedad. Menos todavía si ese bautismo resulta de una desaprensiva conducta que durante años, y en silencio, los canallas mantuvieron oculta con una única misión: ganar dinero. Hasta mediados del siglo pasado, Minamata era un pueblo pesquero en la isla Kyushu al extremo sur de un Japón que todavía no había accedido a la modernidad. Un lugar apacible del mar de Shiranui que escondía tragedia y desidia.
Los gatos del pueblo fueron los primeros en llamar la atención. De la nada, enloquecían y se tiraban al mar, como un suicidio. Más tarde fueron aves, cerdos o perros. Los animales empezaban a volverse locos. No faltaba mucho para que los síntomas alcanzaran a las personas: ataxia (la imposibilidad de coordinar los movimientos, alteración sensorial en manos y pies), deterioro de los sentidos (vista y oído), debilidad, parálisis y finalmente muerte. Entre 1953 y 1965 se contabilizaron 111 víctimas y más de 400 casos con problemas neurológicos. Madres que no presentaban ningún síntoma dieron a luz a niños gravemente afectados.
La enfermedad, lógicamente, provocaba terror. Más angustiante aún era no conocer qué la provocaba. Recién en 1968 el gobierno japonés ató cabos. Y dictaminó oficialmente que la causa era una intoxicación progresiva y acumulativa debida al consumo de pescado y marisco contaminado por mercurio. ¿El culpable? Una empresa petroquímica llamada Chisso, que aplicaba una curiosa teoría para deshacerse de sus residuos líquidos: si una sustancia no es absorbida por los seres vivos -explicaba- no había problema en volcarla al mar. Sólo les faltó un detalle: muchos metales pesados, como el mercurio, permanecen y se mantienen en los organismos.

Treinta y cinco años volcó Chisso sus aguas contaminadas al mar pocos kilómetros al norte de la bahía de Minamata. Ochenta y un toneladas de mercurio. Los peces lo acumularon y los japoneses, con una dieta principalmente marina, lo fueron incorporando sin poder eliminarlo. Más de tres mil personas murieron y los daños siguieron apareciendo en la descendencia de aquellos intoxicados. En la década del setenta, el gobierno japonés ordenó una remediación que demandó la remoción de más de un millón de metros cúbicos de arena contaminada del fondo del mar frente a Minamata. El 70 por ciento del costo lo debió afrontar la condenada Chisso.

Compañía que todavía debe resarcir a quienes padecen la afección que lleva el nombre de esa ciudad: la enfermedad de Minamata. Medio siglo después de iniciada la conducta criminal, la ciudad contaminada pudo recuperar sus costas clausuradas durante veinticinco años. También, con ese acto de justicia, pudo recuperar su nombre.
Cicatrices es una sección del programa Ambiente y Medio que se emite todos los sábados a las 16 por la Televisión Pública Argentina
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