
Lo de Antonio Vicente es contracultural. Hizo lo que nadie hacía. Y por eso lo consideraron un loco. Es la historia del loco que compró un pedazo de tierra y empezó a plantar árboles. A 200 kilómetros de San Pablo, Brasil, creó su propia selva porque su ecuación de la vida tenía una incógnita: él estaba comiendo los frutos que alguien había plantado. "Cuando empecé a plantar, la gente me decía: 'No vas a poder comer las semillas, porque la planta tarda 20 años en dar frutos. Yo les decía: 'Voy a plantar estas semillas, porque alguien plantó las que estoy comiendo ahora'. Así que las plantaré para que otros las coman". Así interpretó Antonio Vicente, el filántropo brasileño creador de 50 mil árboles.
Hoy tiene 83 años. Cuando tenía catorce se mudó a la ciudad y trabajó de herrero. En 1973 aprovechó que el gobierno militar de su país ofrecía créditos blandos para invertir en tecnología agrícola en una intención de reactivar la agricultura. Invirtió todo su capital en comprar treinta hectáreas de una región de montañas bajas, próximo a San Francisco Xavier, una localidad de cinco mil habitantes. Pero él no deseaba impulsar la actividad agropecuaria. Su misión era más noble: quería recuperar el bosque.
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Antonio Vicente fue criado en una frondosa familia de campesinos que padecían la proliferación de los campos. La flora, la fauna y los bosques nativos perdían la batalla de la capitalización contra la naturaleza. De nuevo hizo una lectura acertada: "Cuando yo era niño, los campesinos cortaban los árboles para crear pastizales y por el carbón. El agua se secó y ya no regresó. Yo pensé: 'el agua es valiosa, nadie fabrica agua y la población no deja de crecer. ¿Qué va a pasar? Nos vamos a quedar sin agua'", reflexionó en diálogo con la BBC. La expansión de la agricultura destruyó los recursos hídricos y regó de suelos erosionados la zona: no había vegetación que absorbiera y retuviera agua.
Hizo del bosque su casa: vivió bajo un árbol, rodeado de zorros y ratas, se bañaba en el río y dormía sobre un colchón de hojas. "Pero nunca tuve hambre. Comía sándwiches de banana de desayuno, almuerzo y cena", agregó. Se dedicaba a plantar, en un lluvioso ecosistema tropical, su paraíso de árboles. Estaba construyendo futuro. Casi 50 años después, el escenario es diferente.
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En su casa, Vicente tiene vivo el recuerdo del antes, del origen. "En 1973 no había nada. Era todo un pastizal. Mi casa es más hermosa que lo que ves aquí -le marcó al periodista de la BBC-, pero hoy no podrías tomar fotos desde ese ángulo porque la tapan los árboles, que son tan grandes". Su selva además de árboles recuperó el agua: cerca de 20 fuentes actuales superan al pequeño curso de agua que sobrevivió al siglo pasado. Y celebra el regreso de los animales: "Hay tucanes, todo tipo de aves, un gran roedor llamado apaca, ardillas, lagartijas, zarigüeyas, e incluso están regresando los jabalíes".
La historia de Antonio Vicente es apenas un oásis en una región paulista que perdió 183 mil hectáreas deforestadas de bosque atlántico en procura de la agricultura agresiva. La Fundación Bosque Atlántico SOS y el Instituto Nacional de Brasil para la Investigación Espacial -INPE- convirtió en porcentajes esta estadística: del 69% del estado de San Pablo que estaba representado por el bosque atlántico se redujo al 14 por ciento. "Si todo el mundo siguiera el ejemplo de Vicente, nuestra tarea sería mucho más fácil", apuntó Rodrigo Medeiros a The Guardian, vicepresidente de Conservación Internacional Brasil, una de las organizaciones que forman parte de La Alianza para la Restauración de la Amazonia. Es la historia del loco que vive con su familia de árboles, para que alguien coma las semillas que plantó.
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