
Unos años atrás, regresaba a Buenos Aires por vía aérea. Nunca había imaginado que ese vuelo, uno más de los tantos que he realizado, me enseñaría la lección de negocios más valiosa de mi carrera profesional. El altímetro barométrico marcaba 37.000 pies, unos 11.300 metros sobre el nivel del mar, cuando de repente logré divisar un ejemplar de Griffon de Rupell, un buitre moteado de gran tamaño. Volaba aún con margen, sin mostrar un gran esfuerzo, cortando el aire con las alas desplegadas en su totalidad. En ese momento pensé en cómo se veía todo desde las alturas: todo parecía fluir en la más perfecta armonía y, seguramente, este magnífico ejemplar y yo compartíamos la misma percepción.
Al comenzar el proceso de descenso y a perder altura gradualmente, las nubes empezaron a mostrarse más densas. Con ellas se desvaneció la sensación de armonía. En un abrir y cerrar de ojos, mientras el piloto continuaba con sus maniobras, el avión quedó envuelto en una tormenta eléctrica. Era de intensidad media, pero la suficiente como para que al fuselaje entero le fuera imposible ignorar su existencia. Cuando al fin salimos de ella pudimos recuperar un poco la sensación de serenidad.
Todo el episodio duró apenas 20 minutos. Al finalizar, ya pude divisar el aeropuerto. En tierra los vientos soplaban con tal fuerza que era imposible pensar en un aterrizaje normal. La dificultad estaba dada porque los vientos soplaban justo en contra de la aeronave y los motores estaban exigidos al máximo para contrarrestar la fuerza natural. Pero gracias a la destreza del piloto, y algo de suerte, lo logramos. El avión utilizó un 1/6 de la pista que hubiese sido requerida en situaciones climáticas normales. Apenas se recorrió el trazado habitual.
En tierra, desayuno mediante, reflexioné sobre lo que había acabado de vivir. En lo alto todo era calma y difícilmente podía verse la tormenta que había debajo. Lo mismo ocurre en el ámbito empresarial. A veces, solemos quedarnos con la sensación de paz y armonía que se tiene desde la vista privilegiada, desde la altura provista por un rol jerárquico o desde la hermeticidad de una oficina. Creemos que prácticamente no hay oportunidad de mejora, en una clara desconexión con lo que sucede "en tierra". A medida que recuperamos la capacidad de descender, empezamos a notar las tormentas existentes que antes no percibíamos: ni siquiera sabíamos que existían.
Si llegásemos a ser aún más valientes y decidiéramos descender aún más, podríamos darnos cuenta de que no estamos en condiciones de alcanzar el destino trazado. A mayor jerarquía se necesita una mayor visión estratégica, pero sin dejar de prestar atención a lo que pasa en tierra, en la base y en los "medios" de la organización. Ese conocimiento no solamente permitirá aterrizar, sino también despegar a la organización cuando sea necesario.
(*) Maximiliano Rega es Project Manager de Softtek
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