El presidente Macri, junto a los ministros Dujovne y Caputo. (DyN)
El presidente Macri, junto a los ministros Dujovne y Caputo. (DyN)

Precios nuevos, salarios viejos. La dificultad para revivir el consumo que enfrenta el Gobierno puede resumirse en esta ecuación, que no es nueva. Ya durante el kirchnerismo en el primer trimestre del año los bolsillos llegaban exhaustos por la inflación acumulada y recién a partir de las paritarias entre abril y mayo se producía la mejora del poder de compra por algunos meses.

El desafío ahora es inédito para la política económica, por lo menos la de los últimos veinte años. Consiste en conseguir la recuperación del consumo en medio de un proceso de desinflación. En la salida de la crisis post Convertibilidad, a partir de 2003, la demanda interna volaba, pero a costa de una inflación que se volvió galopante.

La economía ya está dando muestras de recuperación. Por ahora son planillas de "powerpoint" que los distintos ministerios distribuyen para mostrar la mejora del empleo, caída de la inflación anualizada o directamente de la actividad económica. Pero en la calle la percepción es diferente: las ventas siguen en baja y los sueldos alcanzan cada vez menos.

Conseguir que mejore la demanda interna en paralelo con la disminución de la inflación es un desafío inédito para la Argentina.

El campo es por lejos el sector que mejor reaccionó y ya está creciendo. La cosecha de trigo aumentó casi 50% en relación al año anterior y Mauricio Macri tuvo su gran recepción el viernes en la feria de la agroindustria en San Nicolás. Pero aún siendo el gran motor de la Argentina es una actividad genera poca mano de obra y que no "derrama" tan rápido, más allá del transporte de carga o los dólares que puedan aplicarse a inversiones inmobliarias.

La euforia de los productores contrastó con la virulencia de la huelga docente y la marcha de la CGT, protestas genuinas que se mezclan con fuertes presiones políticas.

Las curvas que miden actividad económica y expectativas vienen cruzadas desde que arrancó el Gobierno de Cambiemos. Durante casi todo el año pasado la economía iba para atrás pero la esperanza de una recuperación se sostenía muy firme. Pero ahora que la economía comenzó a mostrar signos de repunte, la expectativa sobre el futuro está en su momento más bajo desde que arrancó la nueva gestión. A esto se sumó la caída de la imagen presidencial luego de la fallida renegociación del Correo.

La preocupación ahora en la Casa Rosada es que la economía pegue la vuelta, pero sobre todo que esa reactivación le llegue rápido a la gente. Pero ninguno de los funcionarios del equipo económico está en condiciones de asegurarse al Presidente cuándo esta mejoría le llegará al público. El calendario no juega a favor del Gobierno porque se aceleran los tiempos electorales, incluyendo la conformación de listas en junio y las primarias en agosto, mucho antes que los comicios de fin de octubre. "Hoy parece que no vamos a mejorar nunca. Pero la economía te puede dar sorpresas y nunca sabés cuándo cambia el ánimo", explicó una alta fuente del gabinete.

La postergación del ajuste tarifario, el impulso al crédito y las paritarias serán las claves para cambiar el ánimo de la gente.

En las últimas horas ya se vislumbró cuál será el menú de corto plazo para conseguir ese cambio de "sensación térmica". Por un lado habrá una pizca del tan criticado "populismo tarifario", como lo define el economista jefe de FIEL, Fernando Navajas. La decisión de dividir en tres el aumento del gas y suspender la suba del transporte no difiere mucho del pensamiento kirchnerista: aliviar los bolsillos para que mejore el consumo a costa de un mayor déficit fiscal.

El otro componente es el crédito. El relanzamiento del plan Procrear (se otorgarían 30.000 millones de pesos) y la línea hipotecaria a 30 años del Banco Nación serán ejes importantes de la política económica en los próximos meses.

Pero para que sea exitosa hace falta que la inflación afloje luego del pico que va desde febrero hasta abril. Y también se apuesta a que los bancos privados salgan a competir con baja de tasas y más ofertas tanto en pesos como en dólares. Las entidades tienen mucha liquidez y ya no pueden ganar tanto con la compra de Lebac. La pregunta es si del otro lado estará la demanda.

Para desgracia del Gobierno no existe una fórmula mágica para que una mejora macro se sienta rápido en un incremento del empleo o en mayor demanda interna. Obviamente que además de aflojar con los ajustes tarifarios y de aumentar el caudal de crédito, un componente central serán las negociaciones colectivas.

La clave será que los ajustes salariales que se avecinan consigan una mejora en términos reales, es decir que superen a la inflación. De lo contrario se dará una vez más el fenómeno de "ilusión monetaria", o sea aumentos de sueldo que dan una efímera sensación de mejora pero que se evapora rápidamente por los aumentos de precios.

El 2,5% que arrojó la inflación de febrero puede explicarse sólo en parte por los ajustes de precios regulados como las tarifas de electricidad o las prepagas. Lo más preocupante es que también subieron los alimentos. La inflación "núcleo" –que no incluye aumentos estacionales- trepó a 1,8% contra 1,3% de enero.

El apuro por conseguir un buen resultado electoral, especialmente en la provincia de Buenos Aires, es lo que direccionará las medidas de los próximos meses. Pero también es lo que condiciona las decisiones de empresarios e inversores. Las discusiones de fondo, como encarar una reforma impositiva integral que le quite a las empresas una pesadísima mochila, quedaron para más adelante.

La única buena noticia que recibió el Gobierno está semana terminó siendo positiva a medias. La calificadora Moody´s mejoró la perspectiva de la deuda argentina de "estable" a positiva". Pero el analista a cargo de ponerle la nota, Mauro Leos, advirtió la suba de la nota tendrá que esperar: "Primero queremos ver el resultado de las elecciones de octubre, porque eso puede condicionar la marcha del plan económico y los objetivos de bajar el déficit fiscal". Una clara actitud de "wait and see", o esperar hasta que aclare, que es compartida por la mayoría de los grandes hombres de negocios pero también por el profesional y el pequeño comerciante.