Hay quienes nacieron ciegos. Hay quienes, por una enfermedad o un accidente, quedaron ciegos. Y hay quienes asisten a ese proceso cada día, en un presente continuo. Gustavo Serrano pertenece a este tercer grupo: un hombre que, 12 años atrás, manejaba, firmaba cheques y estudiaba en la universidad, que ahora sólo ve sombras y que sabe que lo más probable es que el proceso continúe hasta la ceguera total. Gustavo es ingeniero informático y tiene una enfermedad genética y degenerativa llamada Retinitis pigmentosa. Y desde Chile, donde vive, cuenta a Infobae que un día entendió que la lástima -la frase "pobrecitos, no pueden hacer nada"- provocaba entre los ciegos una implosión: se lo creían.
Gustavo creó la Ong Fundalurp y decidió hacer exactamente lo contrario. Lo contrario es inventar un programa para que la gente ciega aprenda a manejar mientras alguien vidente le va describiendo el camino desde el asiento del acompañante. También, organizar salidas para subirse a una avioneta y tirarse en paracaídas. O cosas que, a simple vista parecen más sencillas, como salir a andar en bicicleta: hacer equilibrio sin ver, dejar el bastón, confiar en la voz de otro. Y fue gracias a esa forma de entender el mundo que Gustavo dijo sí a un proyecto que al resto le parecía una locura: enseñar a los ciegos a sacar fotos.
El proyecto se lo acercó una cineasta argentina llamada Romina Ganduglia (42). "Primero empecé a investigar qué les pasa emocionalmente y cómo se mueven en la ciudad. Me di cuenta que muchos de ellos, los que aún no son ciegos totales, de día ven algo pero de noche o en la oscuridad no ven nada. Que para moverse en colectivo cuentan las paradas, las curvas y las lomas de burro. Que muchos trabajan, por ejemplo, en algún call center. Pero lo que más me llamó la atención es que todos, en algún momento, se habían encerrado en esa oscuridad y habían pasado por una depresión fuerte", cuenta ella a Infobae desde Chile, donde vive. Para ella también fue una búsqueda personal de aportar algo a la sociedad: antes, trabajaba en el mundo del entretenimiento.

Muchas empresas, fundaciones y escuelas para ciegos dijeron que no: que no le veían sentido al proyecto y que no era una salida laboral. Pero Gustavo consiguió financiación y en enero Romina arrancó el primer taller de fotografía para ciegos de Chile, con 4 ciegos totales y con otros 5 alumnos con muy baja visión.
"Comencé a investigar sus mundos, a conocer sus historias. Hay algunos que nacen ciegos y no saben lo que es un color. Por más que le digas 'rojo', nunca vieron rojo. Con ellos empezamos a relacionar los colores con texturas. Por ejemplo, algo suave es cálido, como naranja o rojo. Algo áspero es frío, como gris o marrón. Después están los que perdieron la vista: con ellos usamos la memoria imaginativa: ellos tocan una planta y su cerebro les dice de qué color es".
Luego les enseñaron qué es la nitidez: "¿Cómo le enseñás a alguien que nunca vio qué es algo nítido o algo fuera de foco?" Para eso hicieron manchas con témpera y les hicieron pasar la mano para que detectaran cómo se deformaban las formas. Fueron a los parques y les enseñaron, entre otras cosas, a medir la distancia de lo que querían encuadrar usando el bastón o usando los sonidos. "Fuimos, por ejemplo, a un pista de skaters: cada vez que oían que un skater saltaba, ellos disparaban".

Aprendieron cómo evitar un contraluz guiándose por el calor del sol en su cuerpo y aprendieron a hacer retratos. "Había una chica de 19 años que ahora no ve nada pero que conoció la cara de su mamá. Ella me contó que siempre había querido hacer un retrato de su mamá y se lo hizo: midió la distancia con el bastón, le pidió a la mamá que le hablara para poder encuadrarla y se emocionó mucho cuando pudo hacerlo", cuenta Ganduglia. Todo lo que hicieron estará expuesto en Santiago de Chile, en una serie de muestras llamadas Foto ciega.
Así, sacaron fotos en altura, desde una torre de 64 pisos. Y ya sobre el final fueron a la playa, en Quintay, a hacer fotos bajo el agua. "Nos prestaron cámaras Go Pro y pudieron bucear y hacer fotos debajo del agua. Ese día también fue muy fuerte. Se veía que sentían mucha libertad en el cuerpo: poder estar sin bastón, sin miedo a lastimarse, libres. Alguien dijo que sentía que era como estar otra vez en la panza de su mamá. Yo creo que se sentían más iguales, porque abajo del agua ni ellos ni nosotros veíamos con nitidez".

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