
En la fría inmensidad de un aeropuerto, un tipo al que apodan El Hombrecito mira la escalera mecánica y después a los dos amigos con los que se acaba de encontrar. En menos de una hora sale su avión hacia Perú. No es la primera vez que mira esa escalera pero sí la primera que se le hace imposible, monstruosa: un acantilado que, entiende ahora, no era tan fácil de subir.
–¿Qué hago? ¿Me quedo? –les dice, les pregunta a sus amigos– No sé qué hacer.
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Gustavo Penelli y Sergio Abdala lo miran como si después de esa frase se hubiera vuelto más chiquito aún. Se conocen desde hace más de veinte años, cuando jugaban en Aprendices de Casilda, y también conocen todo lo demás: que Analía, su mujer, le puso los puntos, que él le había pedido que esta vez viajaran todos juntos, toda la familia –con su hija, Sabrina, de 15 años, con su hijo, Alejandro, de 13, también–, y que ella le dijo que no, que los nenes ya eran grandes y de Casilda no se iban a ir. Es más, le dijo: que él, de Casilda, tampoco se debería ir. "Pero yo estoy preparado para dar el salto, te juro que puedo progresar", le decía él, y ella: "Nosotros no queremos plata o fama, Jorge; nosotros te queremos a vos".

–Me quedo –dice entonces Jorge, o sea, Jorge Sampaoli, después de mirar la escalera del Aeropuerto Internacional de Ezeiza una vez más–. No voy. Ya está, no, no voy.
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En Perú era donde le decían El Hombrecito. Ya había dirigido a Juan Aurich en 2002 (dos meses, ocho partidos) y a Sport Boys en 2003 (siete meses, 62 partidos), pero siempre mientras aprovechaba una licencia sin goce de sueldo en su trabajo, el contrato que le recordaba la otra realidad: secretario de juez de paz en Los Molinos, una localidad de dos mil habitantes que quedaba a 20 kilómetros de Casilda, su ciudad. Mientras Analía, su mujer, era maestra de grado, Jorge Sampaoli era un adolescente de 42 años que esperaba al borde de la ruta mientras hacía dedo para volver a su casa después de haber certificado firmas, después de haber hecho partidas de nacimiento, legalizar un casamiento, quizá. Los lentes, el pelo que se iba, los jeans que siempre le quedaban anchos: un adolescente que, a los 42 años (hoy tiene 57), lo único que quería era ser entrenador profesional.
"Pero entonces la familia lo puso en un brete", le dice Penelli a Infobae, otra vez en el aeropuerto, la escalera, la pregunta fatal. A Penelli le dicen El Penke, y si de algo se acuerda El Penke de ese día en Ezeiza, "es del precio del café, estábamos sequísimos, ni un agua podíamos comprar". Él y Abdala trabajaban en una empresa de transportes, y como vivían en San Justo, La Matanza, habían arreglado tomarse un bondi hasta Ezeiza para darle un abrazo al amigo antes de que se fuera, a ver qué onda, por tercera vez.
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–¿Qué hago? –se repite, les repite, Sampaoli.
–Mirá… si vos te quedás… si vos te quedás sin probar, digo… –se anima El Penke– te lo vas a reprochar toda tu vida. Es más, se lo vas a reprochar a ellos, Jorge. Ya está. Sacate la duda. Andá.
La escalera mecánica debe haber subido más lento ese día. Jorge Sampaoli tenía la misma valija que había usado en los otros viajes. Jorge Sampaoli volvió al cielo, esta vez, para contestarse una pregunta. En Buenos Aires quedó otro futuro posible. En el que finalmente ha sucedido, el técnico de la Selección Argentina abrazó a sus amigos y se fue.
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"Esa noche no dormí, me sentí un hijo de puta –todavía no cae El Penke–. Me quedé pensando si lo había aconsejado bien, qué iba a pasar con la familia, qué iba a pasar con él".
Al otro día, el amigo al que Sampaoli invitó hace un fin de semana, quince años después, a comer un asado en Buenos Aires, llamó a la empresa para la que trabajaba, Calicó. A quien correspondiera le dijo que no iría a trabajar, que no estaba enfermo ni nada, pero "mirá, me pasó esto, te juro que no me puedo ni levantar".

Lo que había pasado era algo que no suele identificarse demasiado: el peso de la historia en vivo, el momento en el que un nuevo mundo puede empezar.
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"Si tuviera que volver atrás –le dijo el técnico de la Selección Argentina al diario La Tercera de Chile en una entrevista que le concedió en octubre de 2013– quizás optaría estar con mi mujer, mis hijos". Los periodistas blandieron rápido el facón, le preguntaron: "¿Lo ha perdonado su familia?". "Entiendo que sí –les contestó el ex técnico de O'Higgins–, quien no se lo perdona soy yo".
"Fue un esfuerzo que hicimos todos, porque a todos nos dolió que se fuera –recordó Alejandro, su hijo, en un informe de Chilevisión, luego de que la Universidad de Chile ganara la Sudamericana 2011–. Pero si era su pasión, cómo no iba a luchar por ella. Por eso estoy contento, porque ése era su camino". O quizá no, porque si el camino era el destino, como desliza Alejandro, el de su padre no era ese, sino el que abandonó: un hombre de sueños sedentarios, el casildense municipal que había elegido no caminar la escalera mecánica que lo llevaría al avión.
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