
Don Roberto De Vicenzo fue un niño humilde formado en la cultura del trabajo y del esfuerzo. Ser caddie no fue un destino de abrumadora resignación infantil. Ser caddie para él significó una oportunidad que la vida le puso como señal de un camino con sueños.
Cumplió con cada una de sus palabras llenas de sabiduría cada vez que se le pidiera dejar un mensaje: "Ser el mejor es no creérselo", "si soy bueno sin entrenar, soy mucho mejor entrenando", "si digo que soy deportista debo demostrarlo con mis actitudes".
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He tenido el placer de entrevistarlo más de una vez. Siempre me pareció que De Vicenzo no fijaba al periodista como sujeto de su definición. Antes bien, el Maestro sabía que el periodista no era otra cosa que un transmisor de su palabra y que ésta tenía como destinatarios finales a los deportistas que ya eran o a aquellos que querían serlo.
Nunca habló de él. Siempre habló del golf, de la sociedad, del deporte, de la amistad, de los sueños y de la importancia de la familia.
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Para quienes no lo hayan conocido valdrá la pena que repasen su actitud en el más grande torneo de golf del mundo, el de Augusta. Advertirán que De Vicenzo ganó ese Abierto de los Estados Unidos, pero cometió un error en la anotación de su tarjeta y dio a conocer el hecho "denunciándose" a sí mismo. Entonces aquello que había ganado a lo largo del torneo se convirtió en derrota priorizando el juego limpio sobre lo que hubiera representado el más grande e importante triunfo de su carrera.
Sobre su memoria girará a partir de hoy una referencia contra la especulación, la ventaja y la mentira para que el deporte rescate los valores sagrados e iniciales de un Fair Play perdido.
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Si es cierto que existiere un descanso en paz, este hombre que nos acaba de dejar lo merece como nadie, pues en vida fue eso: un deportista feliz, sin envidias ni reclamos. Sin quejas ni rencores. Nunca se le escuchó hablar mal de nadie, ni considerar al otro un enemigo. Por el contrario, supo distinguir a sus ocasionales rivales y ponderar sus virtudes con sincera generosidad.

Sepan todos que si en colegios, instituciones o empresas aspirasen a organizar un juego o una competencia y lo que estuviere en juego fuere, antes que nada, el Fair Play, ese certamen, torneo, competencia o lo que fuere no podría llevar otro nombre más justo que el de este hombre a quien emotivamente despedimos.
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Don Roberto me dijo más de una vez que Dios le había dado más de lo que merecía. Me permití profundizar ese diálogo. Claramente no pude convencerlo de que él fue la suma de sus esfuerzos y que su conducta dignificó al deporte tal como lo concebíamos.
En aquella oportunidad le respondí con el titulo de la nota. Y hoy también.
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