
No resultará tan fácil explicarlo. Hay párrafos en el texto de su renuncia que insinúan un estado de decepción. Marcelo Tinelli, uno de los hombres más poderosos del país, nunca logró entender las cuestiones políticas del fútbol y terminó esta etapa siendo víctima de su propio impulso.
Es absolutamente cierto que algunas de sus actitudes causaron disgustos en el Gobierno. Invitar a Daniel Scioli para que cerrara su campaña electoral en el "Bailando" no fue un hecho menor. Sobre todo porque el compromiso era que los tres candidatos irían al debut del programa y también allí cerrarían sus campañas. Macri y Massa vivieron esto con asombro y decepción.
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Para Tinelli la AFA fue un objetivo supremo. Desde la muerte de Julio Grondona, impulsado por Alejandro Burzaco y Rodolfo D'Onofrio, el sillón presidencial del fútbol era solo una cuestión de tiempo. Debía lograr que la Justicia le diera lugar a un amparo presentado en su nombre por tres de los más prestigiosos juristas del país: Rodolfo Barra (ex ministro del la Corte Suprema), Jorge Vanossi y Ricardo Gil Lavedra (ex ministros de Justicia de la Nación).
Para Tinelli nada resultaba imposible. Logró el amparo y también que los miembros del Comité Ejecutivo, presionados por la Justicia, por sus adeptos y por parte de la prensa, le permitieran ser candidato a presidente de la AFA sin los cuatro años de antigüedad obligatorios. Fue una decisión política que modificaba el Reglamento General y vulneraba la doctrina.
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No pudo ganar en las urnas en aquella recordada y vergonzosa elección que arrojó el 38-38. Insistió unos meses antes de la frustrada Asamblea del 30 de junio de 2016. Y cuando advirtió que el Gobierno pediría a la FIFA la intervención de la AFA, desistió.
La AFA fue la mayor frustración en la vida pública de Marcelo Tinelli. Creyó más en sus iniciativas, poder y energía, que en una realidad objetiva. Desoyó lo institucional y le dio la espalda a las recomendaciones políticas. Y hasta toleró, en procura de objetivos más ambiciosos, que en el tema de los derechos audiovisuales, en el que pocos saben como él, opinara e interviniera cada vez más gente hasta nivelar su distinguida experiencia sobre televisión con el de cualquiera de los demás miembros.
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El último episodio incomprensible resultó su brevísimo paso como Secretario de Selecciones Nacionales. Pidió enfáticamente que lo nombraran antes del partido frente a Chile. Y su designación la suscribieron Javier Medín y Pablo Toviggino. Esta es una lectura. La otra es que ni Armando Pérez (por entonces Presidente), ni Carolina Cristinziano (en ese momento Secretaria de la Junta Interventora), le firmaron el ansiado nombramiento.
Pero en cualquiera de los dos casos, a un dirigente con experiencia no se le podía escapar que el cargo para el cual fue nombrado duraría tan solo ocho días, el periodo que abarca entre el 21 y el 29 de marzo, fecha de la Asamblea con elecciones en la AFA. Pues una vez elegido el Presidente y con el nuevo Estatuto en vigencia, "solo podrán presidir Comisiones, aquellos dirigentes que resulten miembros del Comité Ejecutivo". Y Marcelo no lo era. Por lo tanto el Comité no tendría más remedio que poner por encima de él a otro dirigente.
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Ya en funciones, defendió a Edgardo Bauza. Una persona respetable a quien Tinelli, como vicepresidente de San Lorenzo, le valora y reconoce con sincera admiración la obtención de la Copa Libertadores. Pero nada pudo hacer por salvarlo. Participó de caóticas reuniones. Viajó con el Seleccionado. Se quedó en el vestuario con el sancionado Messi a ver el partido contra Bolivia por televisión. Trató de aportarle presencia y distensión a los jugadores de la Selección. Ofreció su generosa mesa a alguno de ellos para integrarlo a su grupo de afectos cercanos. Nunca obtuvo las mismas respuestas.

Le quedaba la Superliga. Y sabía que la Superliga es un emprendimiento de Daniel Angelici de punta a punta. Desde la propuesta, el desarrollo, la tarea persuasiva con los demás dirigentes de la AFA, las charlas, las presentaciones, los viajes, las invitaciones hacia los principales expertos de Europa para que la vinieran a explicar a la propia AFA, y fundamentalmente el interés manifiesto del gobierno nacional.
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Probablemente Tinelli haya llegado a algunas conclusiones fácticas. La primera es que no tiene poder para enfrentar a Chiqui Tapia ni a Daniel Angelici en el corazón político de la AFA. La segunda es que el Gobierno sostiene la idea de no darle ninguna gestión que pueda exhibir mediáticamente y que le permita potenciarlo hacia la política: la AFA no sería nunca su plataforma de lanzamiento. Y la tercera es que en el tránsito de éste errático camino, también comprobó que los actores del fútbol no son incondicionales.
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