Uno de los más reconocidos periodistas políticos de la Argentina cuenta en esta nota cómo y por qué se dedicó a escribir una ficción sobre el lado más oscuro del fútbol y sus peores prácticas.

El protagonista de la novela de Fernando González no es un lumpen sino un muchacho de clase media.
El protagonista de la novela de Fernando González no es un lumpen sino un muchacho de clase media.

Desde que El Barrabrava apareció en las librerías, surge la misma pregunta cada vez que me toca hablar de mi primera novela. ¿Por qué ahora? ¿Por qué una historia de ficción después de escribir durante más de veinte años sobre la realidad política, económica y social de la Argentina? La respuesta es simple y, a la vez, compleja. Escribí El Barrabrava porque me gusta la literatura. Porque siempre me gustó escribir, aún antes de zambullirme en las aguas del periodismo. Esas que me llevaron de El Cronista a la revista Noticias, y de allí a Clarín, de nuevo a El Cronista, pero para dirigirlo, y nuevamente a Clarín, que es donde disfruto del periodismo en este tiempo de alta intensidad.

La faena periodística me brindó la oportunidad de conocer de cerca a los hombres y a las mujeres del poder. Y me permitió transitar por algunos de los abismos a los que se asomó la Argentina. No hay dudas de que esas vivencias aportan herramientas que después ayudan a emprender cualquier desafío literario. Pero escribir una trama de ficción significa recorrer un territorio en el que se amplían las fronteras hasta el infinito. Trabajar sin el alambrado de la realidad te arroja hacia un cielo de libertad y te obliga a transitar por el camino de los afectos y de las perversiones. Allí sólo están el autor y su historia.

Y El Barrabrava es eso. Simplemente una historia. La aventura de un chico que se fascina con la violencia que rodea el circo del fútbol. Facundo Gómez Lara es un pibe de clase media alta que se va metiendo en un laberinto que conocen mucho mejor los marginales y los quebrados. Esos que tienen bastante menos que perder.

Tapa de la novela.
Tapa de la novela.

Facundo, cuyo nombre trae reminiscencias de aquella Civilización y Barbarie de Sarmiento, se escapa de la casa cada fin de semana para explorar la aventura adolescente de meterse en el rincón más oscuro del fútbol argentino. El de los barrabravas. El de la violencia sin sentido. El de los golpes, la agresividad de barrio y el aprendizaje de la intolerancia. El tiempo pasa. El Barrabrava empieza a ser un joven inmaduro y la aventura de los sábados comienza a mostrar su lado más oscuro. Los hilos del poder. Los pequeños negocios. Los quiosquitos de la cancha, los trapitos, los acuerdos secretos con los políticos, la vecindad mafiosa con la Policía y las drogas de cabotaje.

Allí es donde el mundo de El Barrabrava se empieza a venir abajo. Y descubre el derrumbe en un viaje iniciático al Mundial de los Estados Unidos. El de 1994. El de las emociones fuertes, el de Maradona, el de la efedrina que nos dejó afuera del torneo y el de "me cortaron las piernas". Un momento de esos en los que aparecen las vísceras oscuras de la Argentina en toda su dimensión.

Fernando González (Crédito: Ana Gerschenson)
Fernando González (Crédito: Ana Gerschenson)

El Barrabrava quiere descubrir su vida. Velozmente, como en sus batallas suburbanas. Quiere saber si es amor o es comodidad lo que siente por su novia de la secundaria. Quiere romper las distancias de tantos años con su padre y empezar a sentir admiración en vez de sentir lástima por su madre. Pero quizás ya sea tarde. Quizás el destino le tenga preparada una trampa de la que no sabe si podrá escapar a tiempo. Al Barrabrava lo persiguen la incomprensión de los otros barrabravas, los más legítimos por origen y por desesperación. Lo persiguen la oscuridad de la política, la desconfianza de la Policía argentina y hasta la sospecha inesperada del FBI. Con todas esas mochilas va en busca de su sueño, el de vivir su Mundial para después detenerse y ver qué hará con su vida.

Escribí El Barrabrava en los años 2000. De un tirón, con el furor que la Argentina traía en el arranque dramático del nuevo siglo. La presenté en un concurso de apuro y el gran Abelardo Castillo, justamente el presidente del jurado, la desestimó por sus errores de edición y su presentación desprolija. Una decisión justa y sabia.

Y, como les ha sucedido a tantas otras novelas, la abandoné un tiempo hasta retomarla hace un par de años. La Argentina y el mundo barrabrava habían cambiado y se habían oscurecido tanto que necesitaba una reescritura y una actualización. La novela que acaba de publicar Editorial Sudamericana es el resultado de ese trabajo. Una historia de poder, de fútbol y de argentinidad. Un camino de victorias efímeras y de derrotas inevitables. El sendero de otro argentinito por el mundo que busca probarle al resto del planeta algo que nadie nos pide. Que somos excepcionales. Que tenemos un camino destinado a quedar en la historia. Y, mientras va en busca de la gloria, transcurre la vida. Siempre dispuesta a darnos las mejores lecciones. Las lecciones inoportunas de la tragedia.

 

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