
El cine y la literatura han abarcado las relaciones entre padres e hijos y si bien tratan el tema sin alejarse de la psicología, van de la mano de la poesía. Complicados, hermosos, ausentes, amorosos, estos vínculos definen la identidad del ser y proyectarán un devenir humano, con buena suerte, demasiado humano.
En el mundo de las películas encontramos escenificadas urgencias que confirman flujos familiares plenos de arrebatos con el afán de una vida mejor. El autoanálisis se hace urgencia, hay un deseo de transformación y lo que el buen cine logra: ser convincente.

En El regreso (2003), el ruso Andréi Zvyagintsev (hay cine después de Tarkovski) encara el nexo paternal desde la óptica más austera posible: un padre que vuelve tras doce años de ausencia y dos hijos que solo lo conocen por una vieja foto. No en vano las relaciones familiares se forjan a través de los años: este hombre pretende en pocos días (un viaje de ellos tres a una isla en medio de la helada y eterna Siberia) conocer y reconocer a su herencia. Rencores y desconfianzas por un lado, intentos de agrado por otro por parte de los niños preadolescentes, más una decidida dominación paterna hacen del argumento una dolorosa travesía. Un relato donde la ausencia varonil se funde con la exquisita fotografía, minimal, dramática y que apenas compensa la cálida presencia femenina de mano de la madre y la babushka. Zvyagintsev embellece regresos que no deberían ocurrir. Un paisaje de estepas donde emerge el hombre atormentado por un pasado gris y la imposibilidad de una paternidad digna más el valor psicológico de sentimiento de pertenencia: puro desasosiego.

Tim Burton, desde su característica perspectiva, tan colorida y angustiada, relata a lo largo de todo Big Fish (2003) las anécdotas que un padre recupera en su lecho de muerte. Atención: hay spoilers. Su hijo, alejado de él y radicado en París, vuelve para la despedida final y así rememora todas esas historias con las que el moribundo había llenado su infancia. Increíbles, imposibles, inéditas, con personajes propios de un circo y además, con la sospecha de parte del hijo acerca de la infidelidad del padre. Ya sin fuerzas, el hombre le pide a su hijo que haga los honores de relatar una historia. En ella, los dos huían del hospital hacia el río, donde lo esperaban todos esos amigos que llenaban sus cuentos, el padre se convierte en pez y huye río adentro. Muere, en paz, y en su funeral, el hijo ve llegar a todos esos amigos, personajes que creía una invención. Así, la demostración del padre que es capaz de todo y más por el bien de sus hijos se refleja en este entrañable film.

La interminable angustia, que no acaba ni con el final de la película, de Manchester by the Sea (2016), transcurre con el devenir de un hombre que ve interrumpida su paternidad y se ve obligado a ocuparse de su sobrino adolescente tras la partida de su hermano. Despojado de subjetividades, el director Kenneth Lonegran no echará mano fácil a dramatismo, vive el dolor, no lo supera, no quiere hacerlo. Construir una relación sobre bases que son cenizas es el trabajo más duro del protagonista. Como en toda red familiar, los silencios suelen ser más consecuentes que las palabras vacías.

En El Rey León (1994) la herencia shakespereana de Hamlet está presente en cada escena donde el pequeño Simba rememora las enseñanzas de su padre (que, como digna tragedia, es asesinado por su traidor hermano). El cachorro que recibe el reino como propio traduce el real sentido familiar: continuar las lecciones de vida -bondadosas y generosas- para lograr la paz. Esta película de animación de Disney ha hecho las mieles de las últimas generaciones y emociona a todos por igual.

En la literatura, Shakespeare fue quien, sino el mejor quizá el que más, supo describir las relaciones entre duros progenitores y atormentados vástagos. Los peores padres nunca antes vistos: desde el de Julieta que no le permite vivir su verdadero amor hasta Lear, quien verdaderamente arruina la vida de su hija. No solo es Cordelia su favorita sino que no tolera que su amor esté dividido entre él y su marido. La inseguridad vuelta hombre que pone en evidencia la lastimosa constatación de un mal padre.
Jane Austen fue quien supo destacar el papel de la mujer de sus tiempos y hasta adelantar un acto independista femenino pero también dotó de encanto a sus varones. En Orgullo y Prejuicio hay un hombre escondido, apenas asomado entre sombras: el padre de todas las mujercitas Bennet. Si bien puede llegar a reírse de sus hijas (no se había equivocado con respecto a Collins) es quien al final siempre tendrá la palabra justa y cariñosa para todo su clan que dará testimonio de los aciertos y tropiezos de la vida.

En La Muerte del Padre, el noruego Karl Ove Knausgard cuenta (como en las otras cinco novelas de carácter autobiográfico que agrupó bajo el título Mi lucha) los avatares de un padre alcohólico quien no dudó en imitar a Dylan Thomas a la hora de su muerte. Sin provocaciones, el nombre que congrega a las seis novelas, data de la propia epopeya del autor, quien se cobija bajo el refugio del rock para mitigar los excesos paternos. Un hombre deprimido, cruel, que no dejó más que mierdas que juntar a su muerte. Realmente Knausgard y sus hermanos debieron limpiar la casa para preparar su sepelio. Desnudo, relata el comienzo de una lucha cruda.

Philip Roth también apelará a lo biográfico. En Patrimonio, una historia verdadera, el Nobel de Literatura declara su intención de proyección (patrimonio viene de los vocablos latinos patri y monium, lo recibido por línea paterna). El amor sostenido por el temor. Un anciano enfrentado a un tumor cerebral, ya viudo, solo a pesar de su hijo y el repaso de rigor por una vida dura, inspiradora, que dibuja trazos únicos entre personas únicas. Recuerdos, aciertos, fracasos, alegrías y más lágrimas, tropiezos y arrepentimientos todo en una gran novela.
Como la vida misma, ni el cine ni la literatura recrean la figura del padre perfecto (no en vano los superhéroes llenaron las infancias de tantos niños). Sí uno maravilloso o tal vez uno digno de olvido, verdaderos axiomas que conmueven y resultan pilares fundacionales de las almas de sus pequeños. El padre crea al hijo, como el poeta crea a otro poeta, invención de la invención.
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