Reproducimos uno de los textos que acompañan Desbordes, el libro que reúne la obra de la artista plástica argentina y que será presentado en estos días

En Mar Dorado, al sur de Villa Gesell, cuando se acerca el verano, hay un lugar, desde hace muchos años, que sólo está reservado para Alejandra. Llega con su familia a bordo de un clásico Volkswagen amarillo y verde de los años 70, y apenas estacionan la combi en el camping –como quien reacomoda sus muebles en el living–, empiezan a armar carpas, bajar lonas, mantas, bolsas, heladeras de mano, tuppers con lentejas, latas de tomate, bastidores, pinturas y pinceles. Para Alejandra es un lugar secreto, para los demás también. Aunque todos sepan donde está.
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Alejandra Fenochio vive hace más de veinte años en el barrio de La Boca. Su taller está en el fondo de su casa detrás de bignonias, sauces y bananeros gigantes. Para subir hay que trepar una escalera sin escalones agárrandose de una baranda movediza, saltar el agujero de un tablón que ya no está y tironear de una puerta amarilla que se vuelve a cerrar ni bien entramos. Más que un taller, más que un cuarto propio, tiene un búnker donde guarda sus tesoros: pinturas de más de tres metros de alto enfrentadas a las más de quinientas pinturas de no más de treinta centímetros. Así es Alejandra: pequeñamente inmensa. Puede captar un detalle en una enormidad, y una enormidad en un detalle. De eso se trata lo que viene pintando todos estos años, hace más de ocho eneros en Mar Dorado: Un mar de noche, una Acacia de día. El tema y sus variaciones. Porciones de ramas, como animales salvajes agazapados a punto de atraparnos, como sus brazos: inmensos y llenos de vida.

¿Cuántos somos los que miramos lo mismo una y otra vez sin ver? Fenochio cada año se sienta en la misma tierra. Cada noche camina por el mismo sendero en medio de los médanos. En sus cuadros hay carne, hay luz. Fragmentos que reconstruyen el universo como un gran calidoscopio. Llega a la orilla, pinta una luna en medio de las sombras. Y como el ojo de una cerradura, sus pinturas nos dejan conmovidos como si fuera la primera vez que viéramos la luna o un árbol; espiando lo que no podemos ver, pasando a otra dimensión: la de la inmensidad en un cuadro pequeño que abarcamos con la palma de la mano y nos recuerda que el mundo nunca se repite, solo se expande, nace y muere, una y otra vez.
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*El libro Desbordes, de Alejandra Fenochio, será presentado el jueves 20 de abril a las 18.30 en la Sala 37 del Museo Nacional de Bellas Artes por Luis Felipe Noé, Marta Dillon, Loreto Garín y Juan Chiesa. Av. del Libertador 1473
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