El autor de Tiene que ver con la lluvia cuenta el origen de Los pájaros de la tristeza, su nueva ficción, nacida durante un viaje en tren a San Isidro

Durante los últimos doce años, casi toda mi vida, casi todo mi día, fue libros. Antes también, pero solamente la vida: los días, de a ratos, necesitaban de trabajos varios que nada tenían que ver con ellos. Después vinieron los años en librerías. Cuando no estaba vendiéndolos, estaba escribiendo para saltar, algún día, del texto al libro propio. Por supuesto que no llegó fácil, pero después de varios intentos –veinte– de novela, sucedió. Seguí trabajando en librerías y absorbiendo historias por todos lados. Después llegaba y, de algún modo, aquello que escuchaba lo deformaba un poco y quedaba una historia nueva. La originalidad siempre fue eso: pequeños cambios a lo preexistente. Seguí publicando y confiando en mi resistencia, en mi disciplina sobre el oficio. Llegado un día, renuncié y me dediqué a dar clases y a escribir. Las clases, en su mayoría, en casa. La escritura… también.
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A los pocos meses, por la noche, ya me sentía repetitivo. Los alumnos, aunque ricos en su camino, no servían tanto como el hombre común desesperado que la vida cotidiana ofrece durante los horarios de trabajo.
A mediados del 2015, desesperado yo, ahora, y aburrido, pensé en volver al mundo de las librerías. Por qué no al telemarketing. Era eso o empezar de cero como cosechador de algo en Tanzania, lejos, nuevo. Había escrito algunas novelas en algunos meses, efectivamente, terminadas y corregidas, pero todas demasiado parecidas, demasiado monocordes. Las salidas de mi casa eran apenas para caminar un poco o para asistir a eventos literarios. Acepté, entonces, un taller lejano. En zona norte, en mi vieja guarida: notanpuán, ex Boutique del libro.
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Una tarde de viernes, por aburrido y por salir temprano hacia el taller y por cargar la computadora de puro optimista, me senté en el patio vacío la librería y me puse a tipear sobre una voz que había escuchado –encontrado, cosechado– en el tren, una voz fuera de control, sin puntos ni comas, voz de niño, tan graciosa como turbia, algo maldita, y la respuesta agotada de la madre, por encima, derrotada. Así surgió el narrador de Los pájaros de la tristeza, Manuel, y por qué no su hermano Jaime, un poco más oscuro.
Dividí en dos a aquel niño. Y pensé, apurado y ya con el primer alumno esperando en el bar de la librería, que el padre no estaba, que se había ido, y que tenía que darle una vuelta de tuerca a la búsqueda del padre, por qué no, y supuse que sería interesante que sí, que lo buscaran, pero no para hacerlo volver específicamente a él, sino para hacer retornar el título al hogar, solamente el título del padre para dárselo a su continuador inmediato, el oscuro: Jaime.
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Desde entonces, él, Manuel, con su retraso, y Jaime, con su brazo derecho más corto, empezaron a buscar casa por casa, conocido por conocido, vecino por vecino, dónde estaba el padre, o el dato que los colocara frente a él para definir las nuevas jerarquías. El taller lo di, pero por primera vez abrí, consciente del peligro, la computadora en el tren. Y seguí tipeando.
Después de eso, por suerte, cancelé casi todo lo que estaba haciendo, me gané el odio de unos cuantos, y me dispuse a continuarla: en un mes estaba lista. En relectura, sentí que no era mía. Que la había escrito otro. Alguien con mejor oído. Porque eso era, precisamente, lo que buscaba: quitarme a mí de en medio. Volver a sentir esa adrenalina. El título, por supuesto, surgió mucho después, a la tercera lectura, quizá. Porque, a decir verdad, y por más que la novela esté repleta de acción, cada una se sitúa sobre una base ineludible: la lucha contra el asentamiento definitivo de la tristeza.
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Ahora, sin importar lo que suceda con ella –por más que sí: importa–, la tengo ahí cerca, editada, para que me recuerde aquella base fundamental de todo esto. Que un escritor que se precie como tal, si no sale al mundo, más que perderse esas voces que construirán su obra, se perderá casi todo. Sino todo.
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