Margarita López Maya (foto: Jonathan Lanza)
Margarita López Maya (foto: Jonathan Lanza)

Caracas, enviado especial.

La historiadora Margarita López Maya es una destacada intelectual venezolana y una de las voces más lúcidas cuando se trata de comprender el proceso bolivariano, del que fue una entusiasta simpatizante hasta que en la campaña por la reelección de 2006, Hugo Chávez comenzó a hablar de la construcción del socialismo del siglo XXI. "Ya en esa época nadie hablaba de socialismo. Una cosa era la democracia participativa, que era una discusión antigua de la sociedad civil, y que se había incorporado en la nueva Constitución del 99. Pero ¿socialismo?". Por aquellos días, Margarita estaba dando unos cursos en Nueva York y ni siquiera regresó al país para votar. Chávez arrasó en las urnas, pero unos meses después, ella hizo públicas sus dudas sobre el carácter democrático del nuevo rumbo del Gobierno. El propio Chávez se encargó de regañarla en vivo por TV, desde su programa Aló Presidente: "La profesora López Maya debería cambiarse esas lentes", le recomendó.

Una década más tarde su desencanto es total. Sus hijas viven en México y Portugal, y ella se la pasa viajando por el mundo tratando de explicar el drama venezolano en foros académicos y seminarios. Pero siempre regresa a su casa de Colinas de Bello Monte, en Caracas, donde recibió a Infobae y en los primeros dos minutos de conversación resumió la deriva de 18 años de la revolución bolivariana.

—Esto empezó con un sistema democrático, con un Chávez que ganó las elecciones y cambió las Constitución, pero para hacer una democracia que dijo que iba a ser más democrática. Tratando de combinar dos modelos de democracia, la representativa y la participativa, para hacerla más robusta. Pero luego se fue metamorfoseando. En los primeros años, Chávez logró derrotar a una oposición que era antidemocrática, subversiva, que quiso hacerle un golpe de Estado, le hizo un paro petrolero salvaje… Pero él logró sobrevivir a todo eso y salió fortalecido mientras se debilitó y desprestigió la oposición. En 2006 obtiene su reelección con una victoria avasallante, hablando de un socialismo que era un significante vacío que cada uno interpretaba a su gusto: era solidaridad, igualdad, libertad. No era ir al modelo cubano. Pero ganó con el 63% y propuso enseguida una reforma de la Constitución para ir hacia el socialismo y pierde. Ahí comienza la deriva autoritaria porque él decide avanzar igual, aunque la voluntad popular había rechazado ese camino. Pasa a apoyarse menos en la ley y la Constitución y más en su liderazgo carismático y las redes clientelares apalancadas en el dinero que le entra a borbotones con el boom petrolero entre 2004 a 2014. Pero muere él y se muere el liderazgo. Con la mala suerte de que también cae el petróleo. Maduro, que fue ungido por el líder, tenía la posibilidad de ampliar su base de apoyo, pero decide reprimir, sustituye el carisma de Chávez por más autoritarismo y para eso necesita alagar al ejército. Entramos en un régimen sin carisma, sin dinero, y que decide apoyarse en las Fuerzas Armadas. Es, en teoría sociológica, un régimen tradicional patrimonialista. El derecho a gobernar es porque son los hijos de Chávez, los discípulos de Chávez. Lo convirtieron en una especie de Dios de una religión civil del Estado. Es el ladrillo sobre el que se legitima esta élite, que es la que interpreta el legado de Chávez y su revolución.

—¿Y cómo describe la coyuntura actual?
—Ya estamos ante un régimen completamente autoritario y no democrático, con una vocación totalitaria muy fuerte. Norberto Bobbio habla de una dictadura clásica y otra totalitaria. El totalitarismo, dice Hannah Arendt, es un cambio radical porque no solo busca aniquilar al adversario, sino destruir al ciudadano, penetrando en la vida privada, creando el "hombre nuevo" a través de una guerra psicológica, ficciones ideológicas y un sistema de terror, hasta convertirte en una masa sumisa. Los dos modelos totalitarios clásicos son el de Stalin y el de Hitler. Maduro no está en esa escala pero tiene esa vocación. Chávez también la tenía, porque habla del "hombre nuevo", ese es un lavado cerebral. La dictadura de Pérez Giménez asesinó, las dictaduras de Argentina y de Uruguay persiguieron y masacraron, pero esta tensión, esta búsqueda de meterse en la casa, con un adoctrinamiento que tiene respuesta para todo, que te atemoriza y no sabes qué va a pasar mañana… Esto de que tuvieron a (el ex general Raúl) Baduel 20 días desaparecido hasta que de pronto aparece… Ahora hay estudiantes con paludismo en El Dorado, violaciones de mujeres, dejaron morir a uno en una huelga de hambre. Y mucho amedrentamiento, discurso ficticio… Hannah Arendt dice que cuanto más ficticio, más efectivo. Ficciones ideológicas que cuanto más absurdas, tienen más efectividad. Todo eso genera una vulnerabilidad en el individuo que lo hace más sometible. No es una dictadura cualquiera. La de Pérez Giménez fue una cosa tecnocrática, pero esta es una dictadura con vocación totalitaria. A tantas cosas dijimos "No, no vamos a llegar a eso", y después se llegó, que ahora da miedo decir "no, eso no va a pasar".

El régimen totalitario no solo busca aniquilar al adversario, sino destruir al ciudadano, creando el ‘hombre nuevo’ a través de una guerra psicológica. Los dos modelos totalitarios clásicos son el de Stalin y el de Hitler. Maduro no está en esa escala, pero tiene esa vocación

—Al menos aquí existe una oposición visible, en las calles, protestando.
—Pero no ha habido una articulación entre eso y la dirigencia política, a la que le ha faltado visión y diagnóstico, al igual que a los analistas y a la clase media, que no creíamos que iban a llegar a esto. Les ha faltado malicia, entender la maldad. Barrington Moore, en su libro Bases sociales de la obediencia y la rebelión, analiza casos como el de los judíos en Europa, que eran muchos, gente instruida, de clase media y clase alta, y trata de ver cómo fue posible que les pasara lo que les pasó. Y es que simplemente no se lo podían creer y ya cuando se lo creyeron era tarde. Y eso le ha pasado un poco a nuestra dirigencia. Le ha faltado entender el nivel de maldad, y entonces se pelean entre ellos por tonterías, se hacen ilusiones descabelladas, siempre caen en la trampa. Piensan en construir consenso, en negociar, pero un gobierno totalitario nunca está negociando, está tratando de engañarte y hacerte perder el tiempo.

—Pero a pesar de todo, Maduro parece mantener algún apoyo en los barrios populares.
—No mucho. Hay redes clientelares importantes. Puede tener un apoyo del 20% del total de la población. Pero es cada vez más débil. A este edificio llega la bolsa CLAP [con alimentos básicos que reparte el gobierno] para los chavistas. Si te inscribes en la lista, te empiezan a llamar para las elecciones, para las manifestaciones y te amenazan que si no vas lo pierdes todo. Llegan cada seis semanas, te ayuda, pero no alcanza. Después tienen territorios controlados por la delincuencia, por los colectivos armados. Pero estas últimas protestas ya fueron importantes en los barrios más populares.

Margarita López Maya, el año pasado, al presentar su último libro, “El ocaso del chavismo”
Margarita López Maya, el año pasado, al presentar su último libro, “El ocaso del chavismo”

—Entonces, las próximas elecciones regionales deberían perderlas en todas partes.
—No necesariamente. Primero hay que ver las trampas que van a hacer, van a inhabilitar candidatos, a debilitarlos. Habrá una presión muy fuerte sobre los empleados públicos, que son unos 3 millones y medio sobre un padrón de 20 millones, que con sus familias pueden subir a 5 o 6 millones, que sí los amedrentan… Y Maduro dice a cada rato en TV: "Yo sé a quién van a votar". Es un sistema bien totalitario, van a hacer trampa, van a tratar de dividir a la oposición. Y hay estados donde todo el mundo vive del Estado. La oposición, que ahora tiene solo 3 estados, podría ganar 18 si no se hace trampa. Si le hacen zancadillas, podría quedar en 12 o 13. Por eso, yo no me la creo hasta que no ocurra. Que Maduro suelte 13 gobernaciones me parece casi imposible.

—En este contexto, ¿se imagina a Maduro realizando elecciones presidenciales limpias el año próximo, perdiendo y entregando el poder?
—Cuando uno ve la cantidad de privilegios y cosas que han aparecido en los últimos meses, uno se pregunta cómo van a soltar eso, los bienes, las mansiones, los aviones de PDVSA que usan para ir a visitar a los hijos a Miami, la mamá de Chávez vive en una mansión en Fort Lauderdale, la hija de Chávez vive en Nueva York, y después tienes el narcotráfico, contrabando de gasolina, delitos cambiarios, lavado de dinero… No veo cómo se puede salir pacíficamente de esto. La gente está muy decidida a resistir. La comunidad internacional está bastante plantada en que este señor es impresentable y tiene que volver al hilo constitucional, pero creo que la bisagra es la élite política opositora que no termina de mostrarse como capaz de hacer el cambio y gobernar. No se ponen de acuerdo del todo. Pelean por protagonismos en vez de armar un programa de futuro. No han logrado incorporar a la disidencia del chavismo, eso es crucial. Tienen una dirección electoral, pero no una dirección política unitaria, con un presidente para la transición, algo que le de confianza a la gente sobre cuál es el futuro. La catástrofe humanitaria de este país es tremenda, pero Zimbabue aguantó una catástrofe así y siguió. Y (Robert) Mugabe siguió ahí. Y no sé si estaremos ya a ese nivel. Y que Maduro siga.

La élite política opositora no termina de mostrarse como capaz de hacer el cambio y gobernar. Pelean por protagonismos en vez de armar un programa de futuro

—¿Cree que hay posibilidad de una salida negociada aún, garantizando alguna suerte de amnistía para Maduro y sus funcionarios principales?
—Yo creo que él está dispuesto a irse si le dan impunidad para que pueda vivir bien con su familia. Porque todavía tienen años para disfrutar de su riqueza y seguramente tienen ganas de hacerlo. Deben tener miedo por la persecución internacional y tampoco deben querer irse a Cuba o a Moscú… pero si les ofrecen París o Madrid, es otra cosa. Hay otros, como Jorge Rodríguez o Delcy (Rodríguez), que quieren seguir disfrutando de las mieles del poder. Esas cosas también son negociables, pero yo creo que lo que está parando esto es la delincuencia, las fechorías que han hecho. Esos delitos los cohesiona, porque son cómplices todos. Pero las mafias también se pelean entre ellos. Habría que lograr quebrarlos con algún señuelo. Para tratar de romper ese bloque de dominación que parece tan fuerte.

—¿Y entonces? ¿Qué cree que va a pasar el año que viene?
—Quizás se va a derrumbar (el Gobierno) y va a obligar a los militares a negociar una salida que será autoritaria. Yo no creo que aquí haya democracia. ¿Cómo se controla esta hambre y esta delincuencia? No lo veo con una democracia en el corto plazo. Aquí va a venir una represión. Las sanciones internacionales son duras y si se llega al default, el Gobierno se derrumba. Y entonces es muy probable un giro hacia la represión. Pero quizás ese régimen ponga un puente luego para buscar una legitimidad civil con algunos sectores de la oposición. Es un horror, pero aquí no se produce ni café, ni azúcar ni nada de lo que se producía… Prefieren importarlo porque es negocio para el régimen. La sociedad venezolana está postrada. La generación joven, profesional, talentosa, está fuera del país. Un país que vivió una etapa de oro en los 60 y 70, ahora está compitiendo con Honduras y Guatemala.

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