
58 años antes de que Peter Benchley escribiera uno de los mayores éxitos de ventas de los Estados Unidos y de que Steven Spielberg llevara esa novela –Jaws– al cine, el país comenzaba a vivir lo que The Washington Post tituló como "La guerra contra los tiburones". Es que la nación se vio conmovida en el verano de 1916 por una serie de hechos inéditos para las crónicas de la época.
En diferentes puntos turísticos y remotos del país, cuatro personas habían sido devoradas por tiburones. Incluso el entonces presidente norteamericano, Woodrow Wilson, debió tomar cartas en el asunto y librar una cacería poco ortodoxa contra los peligrosos escualos.
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El terror por los tiburones tiene fecha y lugar de origen. Incluso un nombre: Charles Vansant, la primera de las víctimas que se sucedieron en apenas 12 días. Vansant, un corredor de valores de Filadelfia de 25 años, decidió irse de vacaciones a Beach Haven, Nueva Jersey.
El primer día de descanso, tomó su tabla de surf y se internó en el mar junto a su perro. A los pocos minutos, comenzó a mover los brazos. Desde la costa, muchos creyeron que estaba intentando dar con su mascota. Salvo los guardavidas, que salieron en su socorro. Era demasiado tarde. Sus padres, quienes estaban entre el público que se acercó para curiosear, vieron cómo se desangró en la arena.
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Seis días después, con la comunidad de Beach Haven aún conmovida, otro condado, Spring Lake, unos kilómetros más al norte, sufriría la paranoia por los tiburones. Esta vez, la víctima fue un trabajador hotelero de nombre Charles Bruder, quien decidió nadar junto a un amigo sin imaginarse cuál sería su destino. Fue golpeado por una bestia marina, comenzó a gritar, desesperado, buscando algún tipo de ayuda que lo salvara. Cuando por fin dos guardavidas lo rescataron, sus piernas estaban cortadas desde la rodilla. Fue demasiado para su cuerpo y para los socorristas, que no pudieron salvarle la vida.
Casi una semana después, el 12 de julio, un niño de 11 años y un hombre murieron como consecuencia de feroces ataques. Ocurrieron en Matawan, un pequeño pueblo de Nueva Jersey que sólo tiene conexión con el océano por medio de un lago y un serpenteante río. Un capitán de pesca llamado Thomas Cottrell vio, desde un puente, a un gigantesco tiburón y encendió la alarma en el vecindario. Nadie podía creer lo que narraba. Un grupo no escuchó la advertencia y decidió refrescarse. Entre ellos estaba Lester Stillwell, de 11. Mientras disfrutaba del agua, algo desconocido lo sumergió súbitamente.
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Sus amigos dieron la voz de alerta sobre el tiburón, ahora contando que Lester había sido devorado. El pueblo entero fue en su búsqueda. Uno de ellos, Stanley Fisher, era quien más empeño ponía en el rastrillaje. Una y otra vez se sumergía. Hasta que finalmente, cuando parecía que había hallado el cuerpo del niño, el tiburón lo capturó. La desigual pelea entre ambos, según los testigos, fue frenética. Fisher se defendió como pudo hasta que consiguió liberarse. Al ser recogido por otros pobladores, su pierna derecha estaba casi desaparecida. Su carne ya no estaba allí. Apenas se vislumbraba un hueso. A las dos horas, murió.

Pero Fisher no sería el último en ser atacado en el pequeño pueblo de Matawan. Otro niño que estaba lejos del lugar de los hechos también fue atrapado por la bestia marina que nadaba en busca de carne y sangre. Joseph Dunn, de 12 años, había llegado de Nueva York y no sospechaba que su vida terminaría de forma trágica. En un muelle, decidió colocar sus piernas colgando sobre el agua. Sintió que algo áspero lo rozaba. A los pocos instantes, el tiburón inició su cacería humana. El hermano y los amigos que estaban con Joseph tiraban de un lado, mientras el escualo lo hacía con furia desde el otro. Finalmente abandonó la pelea y se fue. La pierna desgarrada del niño quedó casi destrozada, pero logró salvarse.
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De inmediato, la paranoia por los ataques de los tiburones asesinos se expandió por todo Estados Unidos. El presidente Wilson, de Nueva Jersey, lanzó una masiva campaña para que se atrapara a los "monstruos". Los habitantes de Matawan decidieron colocar explosivos en diferentes puntos de los lagos y ríos para terminar con la vida del famoso animal marino. Era el comienzo de las leyendas armadas detrás de los tiburones en todo el mundo.
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