Las obras de remodelación de la Plaza de la Cooperación, en Mitre y Tucumán, en Rosario, depararon un hallazgo que nadie esperaba: debajo del nivel actual del suelo aparecieron cámaras y túneles subterráneos que corresponden al antiguo Mercado Norte, un establecimiento demolido hace más de cuatro décadas. El descubrimiento puso de nuevo la atención sobre un rincón de la ciudad que guarda, literalmente enterrada, una parte de su historia comercial.
El predio tiene raíces que se remontan a unos 150 años. Según los registros recopilados por el docente e investigador Eduardo Daniel Guida Bria en sus publicaciones de Matices de Rosario, ese terreno fue originalmente el primer jardín público de la ciudad, fundado por un carpintero conocido como “míster Haiser”, quien había llegado a la región en 1854 y en cuyo espacio la clase alta rosarina se reunía para tertulias.
Tres años después, en 1857, el mismo predio comenzó a albergar al Mercado Norte. Una etapa de construcción posterior quedó registrada el 4 de noviembre de 1876, cuando se adjudicó a Juan Razori la edificación de la parte exterior del establecimiento.
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El mercado ocupaba el sector comprendido entre Mitre, Tucumán y el pasaje Zabala —hoy pasaje Poeta Fabricio Simeoni— y llegó a contar con 68 puestos en su interior y otros 12 en el exterior. Lejos de ser un simple punto de descarga, funcionaba como mercado de abasto: los quinteros llegaban con sus carros cargados de frutas y verduras, que allí se distribuían y vendían para abastecer a los consumidores de Rosario. También era parada obligada de los vendedores ambulantes que luego recorrían las calles de la ciudad.
La historiadora y licenciada en museología Lorena Ratner, en su investigación sobre los antiguos mercados rosarinos llamada “La historia cotidiana: Los ámbitos del intercambio comercial - Los Mercados de Rosario”, explica que estos espacios fueron piezas del desarrollo comercial de una ciudad en pleno crecimiento.
A su alrededor se generó un paisaje social y económico propio, con trabajadores, comerciantes y actividades ligadas al abastecimiento cotidiano. El Mercado Norte, en ese esquema, era uno de los nodos donde se concentraba buena parte del flujo de alimentos que llegaba a la mesa de los rosarinos.
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Ese movimiento, no obstante, tenía un costo. En una nota publicada por La Capital el 16 de julio de 1905, describía las condiciones de las calles que rodeaban al establecimiento y lo calificaba directamente como “otro foco infeccioso”.
Según aquella crónica, los carros de los quinteros permanecían estacionados durante largas horas mientras los caballos ensuciaban el pavimento; a eso se añadían los restos de frutas y verduras que caían desde los vehículos y entraban rápidamente en descomposición. El diario reclamaba que se prohibiera el estacionamiento en las calles Progreso —la actual Mitre—, Tucumán y Libertad —hoy Sarmiento—.
Las quejas por la higiene no eran nuevas para entonces. El material recopilado por Guida Bria indica que ya en 1881 se habían realizado reformas para mejorar las condiciones sanitarias: se blanquearon sectores exteriores e interiores, se limpiaron las letrinas y se hicieron reparaciones en techos y pisos. Con el tiempo, hacia la década de 1910, mejoraron tanto la atención como las condiciones del lugar.
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Pero la misma expansión que había dado vida al mercado fue, con el paso de las décadas, la que lo condenó. Ratner señala que el crecimiento de Rosario hacia zonas periféricas, sumado a la evolución de los medios de transporte —primero los tranvías eléctricos, luego los ómnibus y los automóviles—, transformó la circulación urbana y convirtió la ubicación de varios de estos establecimientos en un obstáculo. Las instalaciones, pensadas para una escala determinada, acumularon actividades y movimiento que superaron su capacidad. La carga y descarga de productos generaba congestión en las calles aledañas, y el mercado había dejado de cumplir su función original de ofrecer precios más bajos que los comercios cercanos.
El final llegó en 1979, cuando la Municipalidad de Rosario decidió cerrar definitivamente el Mercado Norte. La medida desató protestas de los puesteros, pero no alcanzaron para revertirla. Un año después, en 1980, el edificio fue demolido por completo. Con él desapareció de la superficie todo rastro visible de aquel paisaje comercial que había animado esa esquina durante más de un siglo.
En su lugar, fue tomando forma el espacio público que hoy se conoce como Plaza de la Cooperación, aunque el nombre popular que la identifica en la ciudad es otro: “plaza del Che”, por el mural que la adorna. Durante décadas, las nuevas generaciones conocieron ese lugar únicamente como una plaza. El edificio había desaparecido de la vista y, con él, la memoria material de lo que allí había existido.
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Hasta que las obras de remodelación de 2026 removieron esa certeza. Los trabajadores encontraron las estructuras subterráneas —cámaras y túneles— por debajo del nivel actual de la plaza. El municipio trabaja ahora en alternativas para preservar el hallazgo, que también implicó intervenir sobre algunos árboles cuyas raíces habían avanzado sobre las estructuras y comprometido su estabilidad.
El subsecretario de Planeamiento municipal, Pablo Florio, adelantó que una de las primeras alternativas es colocar vidrios en el piso de la plaza para que los visitantes puedan observar las estructuras desde la superficie. La intención oficial es que el descubrimiento no vuelva a quedar completamente oculto bajo tierra.
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